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Un amor
platónico
(Lo que pudo haber sido y no fue)

Alexandra
Van Keller vino de Las Antillas.
No sabría decir de cuál de esas hermosas islas. De lo que sí estoy
cierto es que desde que la vi. por vez primera, supe que esa mujer
me iba a lacerar el corazón.
Venía como asistente ejecutiva del señor cónsul de Holanda en la
ciudad.
El señor Pharr era un anciano casi valetudinario y enfermo de gota,
razón por la cual necesitaba la asesoría de una persona eficiente.
Se decía que la señorita Van Keller era muy experta en cuestiones
diplomáticas y, por ende, la más indicada para tan altas funciones.
Yo llevaba dos años al servicio del consulado.
Me desempeñaba como mensajero, pero como siempre he sido creativo y
servicial, hacía, por iniciativa propia, toda clase de trabajos,
tales como cuidar el jardín, mantener ordenados los archivos y otros
menesteres de menor cuantía, con lo cual me había ganado el aprecio
y confianza no sólo del señor cónsul sino de su esposa, la señora
Pharr.
Ella -la señora Pharr- era un poco menor que su esposo, pero también
vivía quejándose de reales o imaginarias dolencias.
Tanto se comentó y se dijo sobre la señorita Keller antes de su
llegada que llegué a formarme una imagen bastante distorsionada de
ella.
Me la imaginaba bajita y regordeta, llena de gargantillas, anillos y
pulseras; descortés, mandona y, desde luego, negra por ser
antillana.
En esa línea
de apreciación, me fui preparando mentalmente para sostener con ella
una relación de subalterno que me permitiera mantenerme en el cargo
a la vez que ganarme su confianza.
El día del arribo de la señorita Alexandra, el cónsul me dijo:
-
Mira Enrique, en el tren de la tarde
llega una dama muy distinguida, diplomática de carrera, que viene
como secretaria ejecutiva de este consulado. Yo no la conozco, pero
tengo información de que es persona muy versada en los tejemanejes
de la diplomacia. En cuanto a si es joven o vieja, bella o fea, nada
se me ha dicho, pues estos detalles no cuentan en el oficio.
Prepara, pues, el coche, desempólvalo, púlelo y perfúmalo para que
la dama se forme una buena impresión y no vaya a decepcionarse de
nuestras atenciones. Como te digo, llega hoy en el tren de la tarde.
Tú la esperarás en la estación. Ella viene sola en el vagón especial
destinado a los dignatarios de la diplomacia. Quiero que sepas,
además, que le daremos una pequeña fiesta de bienvenida a la cual
están invitados los miembros del cuerpo consular y otros personajes
del alto mundo social de la ciudad. Espero, querido Enrique, que
estés atento a todos los detalles, cuenta las copas de Bacarat y los
cubiertos de plata que entregues a la servidumbre, pero
especialmente, vigila a los invitados que son, a mi entender, ¡los
mejores coleccionistas de esta clase de objetos!
-
Como usted ordene, señor cónsul,
-contesté con mi habitual cortesía y acatamiento, y me dispuse a
cumplir las órdenes al pie de la letra.
Llegué a la estación férrea en el mismo momento en que la locomotora
marcaba la última curva de la carrilera y, disminuyendo la
velocidad, se aprestaba a entrar con lentos resoplidos en el largo
galpón ferroviario. El último vagón era el de los dignatarios.
Espesas cortinas de brocado rojo cerraban todas las ventanillas,
impidiendo la vista hacia el interior del coche. Yo esperaba que al
abrirse la portezuela saliera por ella una señora de pelo
enmarañado, chaparra y gruesa, cargada de collares, pulseras y con
voz áspera me dijera en un endemoniado lenguaje:
“
Ea,
muchacho, hazte cargo de mi equipaje, apresúrate a sacar esas
maletas y llévame pronto al consulado!”.
¡ Cuál sería
mi sorpresa cuando al abrirse la puerta, veo aparecer en eIla a una
dama joven, alta, elegantemente vestida, de ojos azules como el mar,
de labios carnosos y sensuales, y una mata de pelo lustroso y
ondulado que le caía como una cascada de azabache sobre los hombros
broncíneos desnudos!
¡Su piel de canela clara contrastaba con el rosado de su blusa y la
falda negra, que cayendo en pliegues obedientes sobre sus torneadas
pantorrillas, dibujaba la redondez de unas caderas firmes!
-
¿Es usted Enrique? -me dijo en un buen
español con cierto acento extranjero. Temí no encontrarlo, pero ya
veo que es usted muy cumplido.
-
Si no me equivoco -contesté-, es usted
la señorita Alexandra Van Keller y estoy para servirla en cuanto sea
necesario.
-
Gracias, Enrique -me contestó con una
sonrisa encantadora, como si me
conociera desde siempre y con una amabilidad sólo comparable a su
belleza.
Insistió en sentarse a mi lado en el puesto delantero del coche y
sonriéndome angelicalmente me dijo:
-
Si no tiene inconveniente, le
agradecería me diera unas cuantas vueltas por la ciudad, antes de
llegar al consulado, pues quiero conocerla un poco ya que aquí voy a
desarrollar mis actividades profesionales.
La paseé por las más amplias avenidas y le mostré los principales
parques y edificios, para que ella se formara una idea optimista de
nuestra cultura y de nuestro progreso. Y creo que logré mi objetivo,
pues lo observaba todo con gran interés y lo aprobaba mirándome con
sus bellos ojos azules y una sonrisa tentadora en sus labios.
En el pórtico del consulado esperaban el señor y la señora Pharr.
Ellos
-
como yo-, se sorprendieron al ver a la
nueva asesora diplomática, tan joven y tan bella. Haciendo honor a
su oficio, quisieron ser tiesos y fríos, pero ella se lo impidió
abrazándolos con entusiasmo y besándolos tiernamente en las
mejillas. Los señores cónsules no cabían en sí mismos de la dicha.
-
Es joven y amable -dijo la señora Pbarr.
-
¡Y bella, demasiado bella! -farfullé a
media voz el señor cónsul, mientras me guiñaba picarescamente sus
ojillos verdes.
La fiesta fue agradable pero breve. En consideración a que la
señorita Keller debía estar fatigada por el viaje, una vez terminada
la cena se pasó al salón de fumadores para tomar el café, donde las
damas y algunos lechuguinos empleados de las distintas embajadas y
consulados, compitieron en elogios y ditirambos.
A las diez en punto, el señor Pharr dio por terminada la recepción.
Todos se marcharon haciéndose lenguas de la belleza y donaire de
Alexandra Van Keller, la nueva “consulesa”, como ya la llamaban.
Yo dormí poco aquella noche.
Al día siguiente, a muy temprana hora, me presenté en el consulado.
Puse en orden la oficina de la señorita Keller, corté las mejores
rosas del jardín y aderecé un hermoso ramillete en un jarrón azul, y
lo coloqué sobre el escritorio.
El gran reloj de rinconera marcaba exactamente las ocho, cuando la
señorita Keller entró en la oficina.
-
Qué bellas rosas, Enrique, cómo le
agradezco este detalle, es usted muy gentil.
Acaricié las flores con sus delicadas manos, aspiró suavemente su
perfume y colocó el jarrón sobre el archivador, mientras decía sin
mirarme:
-
Me parece que ese es el puesto más
adecuado.
Yo tomé mi morral de mensajero y me fui a la calle a cumplir con los
deberes de mi cargo. Pero ya no era el Enrique de ayer. Algo se
había distorsionado en mi personalidad, me sentía lerdo y
olvidadizo. Tuve que apelar varias
veces
ala libreta de apuntes para retomare! hilo de mis actividades. Algo
me está pasando -pensé-, es un poco de sueño, no dormí bien
anoche...
Pero la verdad era otra. Yo no estaba realmente en mis diligencias
habituales. Los ojos de mi corazón estaban en la oficina de la
señorita Ke!ler contemplando su belleza, percibiendo su aroma,
inundándome en la luz de sus ojos azules, que como dos luceros
parpadeaban en mi corazón. Sorprendido, descubrí que estaba
enamorado, ¡terriblemente enamorado de Alexandra Van Keller!
A medida que pasaban los días, mi pasión crecía. La señorita Keller
era el ángel de mi guarda o tal vez el demonio devastador de mi
tranquilidad. Era la imagen última en el calidoscopio de mi memoria
cuando en la noche silenciosa de mi alcoba me iba venciendo el sueño
y era, a su vez, la diosa de la aurora al despertarme en las
mañanas. Siempre ella, con su piel luminosa, su dulce sonrisa y sus
hermosos ojos como dos puñales clavados en mi corazón.
Mi amor era apasionado, pero mi carácter y mis buenas maneras me
ayudaban para disimularlo. Ante ella, era respetuoso y obsecuente,
aunque un poco retraído, siempre estaba atento a los más mínimos
detalles. La señorita Keller me tomó confianza y algunas veces me
hizo confidente de pormenores diplomáticos sin tomarse el trabajo de
advertirme que eran confidenciales. Yo lo sabía y obraba en
consecuencia.
¿Cómo declararle mi amor? ¿Cómo decirle que mi alma se desvanecía en
la incertidumbre por su culpa? Que mi corazón agonizaba en un
delirio de esperanzas muertas y que ella, sólo ella, era la medicina
milagrosa que podía curar mis heridas. ¡No, yo no decía nada!,
simplemente le llevaba rosas todas las mañanas y tocaba con delirio
las cosas que ella tocaba, especialmente la silla donde reclinaba su
cuerpo bello y voluptuoso.
Una noche de insomnio tuve una idea que consideré salvadora: le
escribiría una carta en la que escanciaría toda mi ternura, toda mi
pasión refrenada, le diría mi amor con las palabras más ardientes,
pero no firmaría con mi nombre, simplemente la observaría desde un
escondrijo previamente escogido y según sus reacciones, tal vez me
atreviera a descubrir mi identidad, a decirle de viva voz toda mi
pasión, todo mi amor por ella.
Y
escribí la carta. Puse allí mi alma y mi angustia. La miel y la hiel
que hervían en mi corazón como un volcán. La firmé “Ramiro” y la
metí en un sobre rosado. La daté con la dirección del consulado y la
introduje en el buzón del correo urbano de un barrio apartado y
distinguido de la ciudad.
Eso fue un miércoles. El viernes siguiente yo mismo me sorprendí al
reconocer el sobre que ya tenía impreso el respectivo matasellos del
correo y estaba con el resto de la correspondencia en el apartado
aéreo del consulado.
Asustado y sudoroso puse el paquete de cartas sobre el escritorio de
la señorita Keller y corrí a situarme de inmediato en el lugar que
previamente había escogido para espiarla.
Entonces pude ver cómo se sobresalté cuando tomó el sobre rosado y
vio su nombre. Con la calma propia de una diplomática, lo abrió
cuidadosamente con el cortapapeles, sacó la carta y acomodándose en
el sillón empezó a leerla con toda lentitud.
Su bello rostro era imperturbable. Solo al final de la lectura
arqueó las cejas y una leve sonrisa se dibujó en su boca. Luego,
volvió a doblar el papel por sus quiebres iniciales y lo colocó
dentro del sobre, abrió el archivador y lo guardó en la carpeta de
su correspondencia privada. No hizo comentario alguno.
A mi me devoraba la impaciencia. Me acerqué varias veces a la
oficina con algún pretexto, pero con la secreta esperanza de que me
hiciera alguna confidencia, pero todo fue en vano. ¡ Su silencio al
respecto fue total!
Su actitud me animé a seguir escribiéndole todas las semanas hasta
el punto que ella se acostumbré tanto a las apasionadas cartas de
Ramiro que todos los viernes leía su contenido enarcando las cejas y
esbozando una leve sonrisa. Después la guardaba en su archivo
particular donde conservaba todas las cartas atadas con una cinta
roja.
El escribirle tan apasionadas misivas me fue domeñando la pasión. Mi
amor por ella se fue haciendo cada vez más sereno y mi corazón
atormentado cayó en un remanso de paz y sosiego.
El consulado marchaba a las mil maravillas. No había problema para
el que
Alexandra Van Keller no tuviera solución apropiada. Ahora el señor y
la señora Pharr tenían todo el tiempo libre para comentar sus
achaques y dedicarse a la recíproca conmiseración de sus dolamas.
Pero toda felicidad tiene un límite y la mía estaba al borde de
precipitarse en un abismo.
Una mañana, la señorita Keller me miró con sus ojos azules y con
cierto dejo de tristeza me dijo:
-
Le pido el favor de ayudarme a poner en
orden este montón de documentos, pues quiero dejar todo muy bien
arreglado, ya que me marcho la semana próxima.
Al oír sus últimas palabras el corazón me dio un vuelco, y tuve como
una especie de vahído, me puse pálido y un temblor inevitable se
apoderó de mi cuerpo acompañado de un sudor pegajoso.
-
¿Qué se va la semana entrante? -pregunté
con voz entrecortada y temblorosa-.
-
Sí Enrique, la semana entrante. Viajo a
Amsterdam, pues el gobierno me ha transferido a un alto cargo en el
Ministerio de Relaciones Exteriores de Holanda y quieren que me
posesione cuanto antes.... ¡Cómo siento dejarlos! Han sido tan
buenos conmigo.... Créame, Enrique, me voy precisamente cuando
empezaba a amar la ciudad y a sus gentes. Me cuesta trabajo pensar
que tengo que dejarlos a todos cuando, posiblemente, a mí también
empezaban a quererme. Pero ese es el destino y nadie puede detener
sus designios.
Con algún pretexto me fui al baño y lloré en silencio toda la
amargura, toda la desesperanza de mi corazón.
Los días subsiguientes al viaje de Alexandra fueron los más crueles.
Pasaba las noches en vela con la imagen de ella grabada en el alma,
pegada a la retina de mis ojos, corpórea e incorpórea a la vez en mi
pensamiento.
Y llegó el día del viaje. El señor Pharr, quien tampoco podía
disimular su disgusto por la inesperada partida de Alexandra, me
ordenó en pocas palabras llevarla a la estación esa tarde. Después,
junto con la señora Pharr, se recogieron en sus habitaciones
privadas para no dejarse ver sino a la hora de la despedida.
Cumpliendo un deseo de Alexandra, salimos del consulado con una hora
de anticipación. Volví a pasearla por la ciudad y finalmente nos
dirigimos a la estación, para que ella, con tiempo suficiente,
pudiera acondicionarse sin premuras en el vagón especial.
Ella subió al lujoso coche y yo empecé a llevar su equipaje
constituido por varias maletas y algunas cajas de cartón repletas de
libros.
Terminada esta labor, venía la parte dolorosa.
Debía despedirme de Alexandra, ¡pero no sabía como hacerlo!
Temía decirle algunas imprudencias o ser incapaz de detener el
llanto, o cometer el desafuero de abrazarla, estrecharla contra mi
pecho y besarla apasionadamente.
Completamente perplejo, ido y como evaporado de la realidad, me
quedé parado en el pasillo del vagón, sin ver ni oír lo que pasaba
en el entorno donde, por estar bajadas las cortinas, reinaba una
penumbra propia para la realización de un anhelo largamente esperado
o para el acometimiento de un suicidio romántico.
De pronto sentí muy cerca de mi cara la dulce respiración de
Alexandra y de improviso sus tibios y hermosos brazos, que se
anudaban a mi cuello mientras que su boca de durazno en sazón se
pegaba a mis labios como una abeja dorada al panal codiciado. Con
voz trémula y sedosa me dijo al oído:
-
Mi adorado Ramiro, mi querido Enrique,
cómo te he amado, cómo los he amado a los dos, al Enrique real y al
Ramiro imaginario.
Entonces, el volcán que llevaba dormido en el alma erupcionó con
violencia telúrica, con fuerza tan arrolladora que por instantes me
parecía hundirme en un abismo o a veces como si un aquilón
formidable me arrebatara a las alturas.
Mi
alma naufragaba entre la dicha y la duda. ¿Sería cierto que ella me
amaba? ¿Que la tenía prisionera entre mis brazos y besaba su boca?
Esa boca tan largamente deseada, tan apasionadamente esperada.
¡Sí, era cierto!, me lo hizo comprender la sirena de la locomotora,
que rompió nuestra pasión en pedazos con la estridencia de su
aullido, anunciando la hora de partida.
Anonadado, tundido, triste y alegre a la vez, salté al andén de la
estación en el mismo momento en que el tren iniciaba su marcha.
Permanecí clavado al sardinel, estático, tenso, rígido, borracho de
emoción y dolor hasta que el último vagón del tren marcaba la
primera curva de la línea férrea.
Entonces pude ver un pañuelito blanco que se agitaba en la distancia
diciéndome adiós.
Desde lo más profundo de mi alma brotó un grito desgarrado que se
fue en pos de ella en alas de la brisa: Adiós mi amor, adiós, adiós
Alexandra Van Keller.
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