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EL TREN

Estoy aquí
como detenido en el tiempo. Sentado sobre un banco frente a la vieja
estación, ¡esperando ese tren que nunca llega!
No sé cuánto ha que lo espero. He perdido la cuenta de los días y he
olvidado el motivo de mi viaje.
En términos ferroviarios, esta es una estación de bandera. El tren
no se detiene totalmente sino que aminora la marcha y pasa lento
como un ciempiés frente a un espejo.
Desde que espero el tren han pasado muchos inviernos y muchos
veranos. Mi maleta viajera se ha descompuesto a la intemperie y mis
prendas de vestir yacen desparramadas por el suelo, húmedas de
lluvia y podridas de tiempo.
Espero el tren porque debo viajar a un lugar que se ha borrado en mi
memoria y debo realizar no sé que importantes diligencias....
Cuando vine a esperar el tren, la carrilera era nueva y la estación
brillaba de blancura bajo la fronda de los tamarindos. Ahora están
deshechas las traviesas y carcomidos de óxido los rieles.
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Cuando recién llegado -recuerdo como en sueños- que el jefe de
estación me saludaba desde la puerta con su mano enguantada y era
gracioso verlo enfundado en su uniforme azul y tocado con su kepis
ribeteado de rojo.
¡Hace tiempo
que no me saluda, ni se asoma a la puerta, ni toca la campana!
Desde mi banco sólo veo por el opaco vidrio de la reja la copa de su
kepis y creo que ha dejado el vicio de fumar, pues ya no flotan en
el aire las volutas azules de su pipa.
Supongo que está enfrascado en la lectura.
O que se halla ocupado anotando en los libros de la estación, ¡ el
número de trenes que jamás han llegado! Esto me consuela.
Confieso, ahora, que empieza a fastidiarme la espera. ¿Me habré
equivocado de estación? ¿Acaso me habré dormido, justamente, cuando
el tren pasaba? ¡No puede ser!
Tengo la certidumbre de haber velado todo el tiempo y estoy seguro
de que esta es la estación, porque no hay otra línea férrea por
estos contornos.
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Hoy
han llegado a la estación unos hombres adustos. No contestaron mi
saludo y pasaron junto a mí como si no me vieran.
Entraron en la oficina del Jefe de Estación y quitaron el kepis de
su calavera, desabrocharon a tirones la chaqueta y sacaron el
esqueleto de su uniforme. ¡La pipa apagada se deshizo en pavesas en
el viento
Lo metieron en un ataúd junto con sus escasas pertenencias y
cargándolo a hombros se marcharon así como vinieron, ciegos y
silenciosos.
La campana venció la resistencia de su cuerda podrida y dio contra
las baldosas del piso, exhalando un redoble semejante a un gemido.
Ahora la estación está vacía, ¡llena de telarañas centenarias y más
sola y tétrica que nunca!
Han crecido las yerbas en los sardineles
y sus paredes desconchadas están llenas de moscas verdes y
lagartijas amarillas. ¡ Y el tren no llega!
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Tengo
los ojos largos, como los ojos de los caracoles, de tanto escudriñar
los horizontes. Esos horizontes que se tragan la línea férrea tanto
a mi izquierda como a mi derecha. ¡Y el tren no llega!
No importa de dónde venga el tren ni hacia dónde vaya, lo importante
es que pase lento, por la estación de bandera, como un ciempiés
frente a un espejo, ¡para que yo haga el viaje a ese lugar borrado
en mi memoria y pueda realizar las importantes diligencias que ya no
recuerdo!
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