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Los Motilones tenían también algunas prácticas idolátricas, del
mismo modo que los Chitareros. Poseían vaga noción acerca de un
principio creador general, según puede inferirse de un ídolo
hallado, representativo de la Autoridad Suprema, así como del
vocablo Maruta, con que en su lengua designan a un Dios Omnipotente.
Los Chitareros, refiere Aguado, «tienen sus santeros o mohanes que
hablan con el demonio, el cual les hace entender que él hace llover,
entre los cuales hay uno que es principal, y éste es un Capitán del
pueblo llamado Cirivita, que los españoles llaman Hontibón por la
similitud que tiene a un pueblo de indios moscas (Muiscas) que está
a legua y media de la ciudad de Santa Fe del Nuevo Reino de Granada
de este nombre; este santero les hace entender que habla con su Dios
falso, y les dice lo que les ha de suceder, y a éste veneran y
ofrecen sus ofrendas. Es gente que no sabe guardar nada, porque en
cogiendo sus labranzas se convidan unos a otros y en bebida y comida
lo gastan todo sin dejar nada; sus cantos y borracheras y entierros
son como los de los indios moscas; son muy grandes herbolarios y así
se matan unos a otros muy fácilmente y con poca ocasión».
El culto y la veneración por los muertos demuestran sus
costumbres religiosas. Enterraban los cadáveres, aprovisionándolos
como para un largo viaje, poniéndoles una olleta llena probablemente
de su licor favorito de maíz, y otros menesteres de su rústica
haciendilla. Esta costumbre, seguida asimismo por otras tribus,
revela que inconscientemente creían en la inmortalidad del alma.
Poseían cementerios, a juzgar por las diversas osamentas encontradas
en los caseríos del Escobal y Agua Sucia, y momias halladas dentro
de curiosas cavernas en las poblaciones de Bochalema y Gramalote.
De este último lugar dice el inteligente escritor doctor Samuel
Darío Maldonado, en un reciente opúsculo en que trata puntos de
antropología venezolana: «La capacidad craneana por su pequeñez,
tipo de ciertas razas, Broquimanes, Andamanes, la confirmamos en los
Tunebos, habitadores de la Sierra de la Salina de Chita, en
Colombia, y vecinos nuestros. Como en aquellos la cabeza está en
relación con la talla. Y por excavaciones practicadas ex profeso o
accidentalmente, sé de cráneos muy chicos, extraídos en la vecindad
de Gramalote, en la misma República, y que remontan a tiempos
coloniales o precolombinos». El autor de estos apuntes vio en la
hacienda de Iscalá (Chinácota), un cráneo perfectamente conservado,
no de reducido diámetro, prominente la región frontal, desenterrado
en una loma de difícil ascenso cercana a dicha hacienda, de un lugar
que por lo profundo y escondido, pudo ser osario o cementerio de
indígenas.
Con ocasión de practicar excavaciones para construir una casa en
1894, en un cerro llamado La Defensa, al Poniente de
Arboledas, se encontraron gran número de fosas, cerca de doscientas,
que contenían esqueletos y huesos indígenas. Había dentro de estas
sepulturas varias vasijas y utensilios de barro, que se rompían o
deshacían al menor esfuerzo a causa de su antigüedad y en una de
ellas, probablemente tumba de algún mohán, se halló en buen estado
de conservación una figura humana de barro, de veinte centímetros de
alto, que desgraciadamente desapareció o fue arrojada al acaso por
la ignorancia de los excavadores. Concuerda esta noticia con lo que
refiere la tradición acerca de la tierra que gobernó el indio Cínera,
que era una de las más pobladas y adelantadas de esta comarca.
Conocieron los Motilones el procedimiento de los Chibchas para
embalsamar los cadáveres, y seguramente lo aplicaban con sus muertos
distinguidos. Son curiosas las noticias que da el P. Julián acerca
de este punto: «En una de las selvas que rodean la ciudad de Ocaña
hay ciertas cavernas donde se hallan indios muertos sin corrupción
alguna; de suerte que si por accidente se hallaran por acá en una
sepultura o mausoleo, se dudara si eran cuerpos santos e
incorruptos».
El mismo autor refiere que el Virrey Messía de la Zerda hizo llevar
a su palacio de Santa Fe una momia hallada en. las inmediaciones de
Ocaña, y la describe así:
«Entre otras cosas curiosas se mostraba en palacio esta alhaja
muerta. Era un indio según la traza y fisonomía; ni estaba derecho
en pie, ni tampoco echado, sino como decimos, en cuclillas,
abrazando con las manos cruzadas las piernas hacia las rodillas, y
tenía una mortal herida de espada o sable en el cuello. No echaba
mal olor, era un cuerpo disecado y sin jugo, ni era tampoco
petrificado, como se ven árboles petrificados en los llanos de
Neiva, en el Nuevo Reino; mas parecía leñificada, porque se parecía
a un leño sin corteza, dejado por muchos años en el suelo al sol y
al sereno Los médicos de Su Excelencia, según su facultad llamaban
Carne Momia, y así quedó en Palacio por entonces; no sé si después
fue transferido a España por cosa rara y particular».
Acaso esta momia fue el cadáver de algún guerrero de la tribu de
los Carates o Motilones, muerto en uno de los combates con Alfínger;
así parece indicarlo la herida de espada o sable que tenía en el
cuello, y consta por otra parte el honor con que estos indios
sepultaban a sus muertos ilustres.
En materia de ídolos Motilones, nos ha dejado Ancízar una
descripción completa de uno con que tropezó este ilustre viajero en
el páramo de Potrero-Grande, poco distante del pueblo de San Pedro:
«Entre los nichos y anchas quiebras de las rocas se hallan
esqueletos antiguos, restos de los indios Motilones. Los cráneos de
hombre presentan la frente comprimida y plana, predominando las
prominencias correspondientes a los órganos de la industria, el
orgullo y las pasiones físicas: era manifiesto que había sido
achatada por medios mecánicos, pues las suturas laterales se velan
trastornadas en parte. La costumbre de achatarse así la cabeza
caracterizaba peculiarmente a los indios Caribes, moradores del
Orinoco en las cercanías del mar. ¿La recibirían de ellos por raza o
por tradición los Motilones, tribu pusilánime avecindada en lo
interior de los Andes Granadinos?
«Un ídolo de barro cocido, hallado en estos sepulcros, representa el
tipo de la belleza ideal motilona: frente plana, erecta y menguada;
ojos saltones; gran nariz reposando en la boca de pródigas
dimensiones e intachable gravedad; y el cuerpo en actitud de
inmovilidad sentado sobre los talones, como lo hacen todavía los
indios de la cordillera; nada de vestiduras salvo una mitra cuadrada
de la cual descienden hasta los hombros dos gruesas borlas, símbolo
de la autoridad y nobleza que llevaban también los Caciques de
primera categoría».’
En el Olimpo de los Chibchas figura como principio eterno de las
cosas un Dios llamado Chiminingagua, que esparce la luz en el
espacio y reviste de follaje los árboles y de verdor y lozanía los
prados. Quién sabe si el ídolo descrito por Ancízar sería el
Chiminingagua de los Motilones, a juzgar por las insignias de mando
y de poder de que estaba revestido, o tal vez fuese ese tradicional
Maruta, el más bello en su concepto, grave e inmóvil como el senador
de Roma que estropeó el soldado galo, tranquilo en su soberanía
universal, pero cuyos atributos se esconden en el impenetrable velo
que rodea aquella rudimentaria teogonía.
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