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OCCIDENTE UNIVERSITARIO N° 56 (Ver todos los números)
▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬ Publicación informal, editada en la UNIVERSIDAD FRANCISCO DE PAULA SANTANDER –––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––– Director-Editor: JAIRO CELY NIÑO l 10 pp l MIÉRCOLES 18 DE ENERO DEL 2006 ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬
EDITORIAL (O ALGO ASÍ).
Claridad conceptual versus suspicacia
Dos mil seis será un año de cruciales votaciones, tanto en el país como al interior del Alma Mater. En relación con el país, el segundo domingo de marzo habrá elección de congresistas, la cual estrenará las figuras del «umbral», la «cifra repartidora» y el «voto preferente», y el último de mayo habrá la primera vuelta de la elección presidencial, que estrenará la figura del «presidente-candidato». Y al interior del Alma Mater, en la primera quincena de junio los estamentos administrativo, profesoral y estudiantil votarán para escoger rector por quinta vez, mientras ese mismo día los estamentos profesoral y estudiantil de la Facultad de Ingeniería votarán para escoger a su decano. Y «el suscrito» Director utiliza el término escoger y no elegir, por cuanto el estatuto general de la Universidad Francisco de Paula Santander establece entre las funciones del Consejo Superior la de designar al rector y a los decanos con base en los resultados de la votación universal, secreta y ponderada de los estamentos convocados, por lo cual, de conformidad con lo dispuesto en el mencionado estatuto general, el Consejo Electoral le presenta al Consejo Superior los candidatos que obtuvieron al menos el 20% ponderado de los votos. Por eso, al seno del Consejo Superior, una designación puede ser, ya obvia o expedita, cuando la diferencia ponderada porcentual entre el candidato más votado y el siguiente es concluyente (como ocurrió el recién pasado octubre con la votación de la Facultad de Educación), o bien «accidentada» o teóricamente inesperada, cuando dicha diferencia es casi imperceptible. Como ocurrió el recién pasado octubre con la votación de la Facultad de Empresariales, en la cual la votación profesoral produjo una diferencia de 2 a favor del candidato, mientras la candidata obtuvo a su favor una diferencia de 279 en la votación estudiantil, lo cual derivó en una diferencia ponderada porcentual de 2,459% a favor del candidato, y el Consejo Superior designó decana y no decano, con lo cual —o éso percibe «el suscrito» Director— consideró con más peso específico 279 votos estudiantiles que 2 profesorales. Y no es la primera vez que una designación es «accidentada». Pues en junio de 1994 se votó triestamentariamente para escoger por primera vez rector, y «el suscrito» Director ya no recuerda cuántas veces se reunió el Consejo Superior para designar, por votación dividida o por consenso, al rector entre los dos candidatos más votados. Como también ya no recuerda cuántas veces se reunió para designar, por votación dividida o por consenso, al primer decano de la Facultad de Ciencias Agrarias y del Ambiente, en cuya votación biestamentaria los dos candidatos se repartieron equitativamente la votación profesoral, mientras la estudiantil favoreció por un voto al decano designado. O, como lo registró «el suscrito» Director en el Editorial (o algo así) de la edición 54, el 18 de noviembre del 2002, tal vez en razón de que en primera vuelta y en segunda no hubo quórum de votantes para escoger a la decana de Salud, el Consejo Superior no designó decana a la candidata que obtuvo la más alta votación en ambas vueltas, ni siquiera a la otra candidata, sino a una profesora que jamás se le ha medido a la consulta. De modo que, «a la hora del té», es indirecta la democracia que se estila en las universidades estatales para elegir a la primera autoridad de la Institución y de una Facultad. (Similar a la de los Estados Unidos para la elección del presidente, donde los ciudadanos votan para escoger a los miembros de un «Colegio Electoral», el cual en principio elige al presidente. Y se registra que «en principio», pues, si el candidato más votado no obtuvo la mayoría de votos del «Colegio Electoral», la Cámara de Representantes elegirá al presidente.) Así que cada candidato a decano o a rector debe tener la claridad conceptual de que es una consulta lo que convoca el Consejo Superior, con lo cual no gastará tanta plata organizándole a los estudiantes más de una «furrusca a bar abierto», y repartiéndoles camisetas y lapiceros con agendas. Y sobre todo, más de un suspicaz dejará de preguntarse por el origen de la plata que paga todo éso, habida cuenta de que el sueldo de un profesor universitario es desmirriado. n ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬ Por única vez se parafrasea aquí la perogrullada que suele destacar una revista. Palabras más, palabras menos, que: De los conceptos que en Occidente Universitario expresa un columnista, responde sólo él. (Pues éso es una responsabilidad legal en todas partes.) n ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬
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Una carta de recomendación
GUILLERMO CARRILLO BECERRA, profesor Asociado emérito de la UFPS.
Para ser efectiva, la carta de recomendación debe ser expedida por una persona conocedora del candidato, en sus aspectos: l Personales: modales, respeto y convivencia. l Laborales: conocimiento, responsabilidad y pertenencia. Y que a su juicio lo hagan merecedor del cargo al cual aspira. El asunto se pone peliagudo cuando nos la solicita un guache ignorante, que no nos inspira confianza y que, de pasada, sabemos que nos va a hacer quedar como un chocato. Y peor, aún, si el boludo es nuestro pariente, o familiar de un amigo de uno. ¿Qué hacer? Lo mejor es escribir un texto enredado, un galimatías, una cantinflada. Al fin y al cabo, los jefes de personal de las empresas privadas son unos tesos para leer entrelíneas y, en seguida, caer en cuenta de que el remitente le está echando bolas negras al candidato, para no endosarles un problema y para no herir susceptibilidades cercanas. Así como en nuestra querida Colombia la CANTALETA ha pasado a ser el género literario favorito de nuestras féminas, la CARTA DE RECOMENDACIÓN se ha convertido en la máxima expresión de importancia de la burocracia. Para un burócrata no hay algo que le cause más estrés y lo haga entrar en un surmenage, que no sentir el placer de contribuir a la disminución de la tasa de desempleo, gracias a sus buenos oficios. Político que no tenga recomendados en la nómina oficial, es un político condenado al fracaso. Cualquiera piensa que para ocupar un puesto se requieren aptitudes y talento. Este criterio sencillo no es tan válido en el sector público. El favor, la palanca y la recomendación pesan más que el saber. Los cargos mejor remunerados, en el ámbito estatal, son para los apellidos supuestamente ilustres, no interesa si el tonto o la tonta no saben ni redactar un telegrama ni llenar un cheque. Lo que importa es tener el aval del mandamás de turno. En cambio, para José Dolores acceder a una desteñida corbatica, el único recurso que tiene es el de mendigar una pinche carta de recomendación a un petulante e inmamable chupasangre del erario, o a cualquier personaje jailudo. Existen casos curiosos y ridículos en la forma de llenar las vacantes, como este:
Aprovechando los días festivos navideños, salí a recorrer distintos lugares de la ciudad, con el fin de saludar a diversos amigos y parientes, y a la vez desearles el rutinario “feliz navidad y próspero año nuevo”. Entre ellos, me encontré un viejo conocido de años ha, condiscípulo de secundaria y a quien, ocasionalmente, veo en el parque Santander, santuario de los pensionados sin oficio. Por naturaleza, él es un tipo ameno, dicharachero y gran mamador de gallo; es decir, lo que llamamos un “buena vida”, totalmente despreocupado por la problemática ajena. Pero, ese día, andaba todo adusto y con cara de pocos amigos, y casi hostil. —¿Qué le pasa, Pepe? ¿Está enfermo, o es que su suegra salió bien de la operación? —le indagué. —Déjese de tochadas, Guillermo: vuélvase serio. Venga y le cuento —me respondió, agriamente, y me narró que: —Resulta que mi hijo Lucas se graduó, a finales del 2004, de ingeniero civil en la Universidad Francisco de Paula Santander, con muy buenas notas y con grandes sueños de triunfar en su profesión y en su vida personal. Le hicimos tronco de fiesta, con amanecida incluida. Nos acompañaron algunos de sus amigos y unos cuantos profesores ingenieros, que se gozaron la pachanga, a más no poder. A propósito, Guillermo, ¿todos los maestros de la U chupan como esos condenados secantes? —No, Pepe; algunos jubilados no son secantes: son esponjas. Continúo con su relato, y agregó: —Pasada la euforia del grado, empezó la mula a padecer. Cartas a los empresarios, entrevistas con los políticos, llenados de formatos, y nada que conseguía alguna oportunidad para ejercer su profesión. Así pasaron los primeros meses del 2005, y mi chino Lucas tirando quimba de arriba pa’ bajo. Cómo se pondría de arrecha la situación, que me tocó financiarle hasta los pasajes del bus urbano. »En vista de verlo en ese enredo y temiendo que se fuera a deprimir, decidí hacer uso de todas mis palancas sociales, políticas y religiosas. De entre todos los personajes con los cuales tuve una interviú (¿qué tal el terminacho?), hubo un ex gobernador que me dio la solución: “Pepe —me dijo el ex—, el Gobierno Nacional tiene un programa de empleo masivo, que es una berraquera. Vaya a la sede del Sena, ubicada en el barrio La Merced, y diríjase a una oficina llamada SERVICIO PÚBLICO DE EMPLEO, que es la encargada de ubicar a los postulantes que buscan chamba. Allá, su muchacho llena los formularios correspondientes y, oportunamente, le darán una respuesta, por lo general, positiva. Ánimo, Pepe, que la peor lucha es la que no se hace”. »Dicho y hecho. Al otro día nos dirigimos a la mencionada oficina a cumplir con los requisitos exigidos, luego de hacer una cola como de media cuadra, pues esa era la tabla de salvación de una muchachada expectante. Pasaron los días y las semanas, y luego de tres meses sin recibir respuesta, se me empezó a revolver el tripero, de la pura piedra que sentía. Y en un rasgo de fortuna, cual Saulo en el camino de Damasco, me deslumbró el rayo divino: le voy a escribir al Presidente de la República. »Efectivamente, me fajé tremenda misiva, agradeciéndole por todo lo que ha hecho en favor del país, sin parecer zalamero, y le expuse el caso, sucinto y concreto, para no hacerle perder el tiempo. Es apenas obvio que la carta la firmó Lucas, como si fuera de su autoría. »Pasados unos cuantos días, ¡pum!: llegó un correo certificado, con membrete de la Presidencia. Lo logramos... estamos hechos... ¡viva la reelección! Pero, nanay cucas, don Tomín. Era una respuesta muy amable, llena de frases encomiables, con un párrafo que decía: “... Esta Presidencia, por intermedio de la Secretaría General, acusa recibo de su petición, y respondiéndole, como lo hace en los casos similares, le hemos enviado carta al Director General del Sena, coordinador del programa de empleo del Gobierno Nacional, exponiéndole su caso que, esperamos, le sea favorable”. »De todos modos, la cosa pintaba bien, pues se trataba de la mejor carta de recomendación que alguien pueda recibir: la del gran jefe plumablanca. Aquí sí que no había tutía. A obedecer las órdenes, vergajos burócratas, o los ponen de patitas en la calle. A este patrón no le maman gallo, como al anterior. »Una vez más llegó el cartero, con carta certificada y sobre de manila con membrete del Sena. “... Siguiendo las recomendaciones de la Presidencia de la República, nos hemos dirigido a nuestra oficina regional en Cúcuta para que, encarecidamente, se sirva atender su petición laboral. Atentamente, Gerencia General del Sena”. »Huy, qué suerte la suya, mijo. Le va tocar trabajar en Cúcuta. Se acabaron sus angustias. Voy a empeñar el equipo de sonido para comprarle ropita para el día de la posesión. Somos pobres pero decentes. »Y vuelve el cartero con su bendita carta certificada, esta vez del Sena-Cúcuta. Me temblaban las manos. Me sudaba la cara. ¿Qué puesto le darían? ¿Cuánto será el sueldo? ¿Cuándo asumirá el cargo? ¡Lucas —le dije al chamo—: abra este sobre y lea rápido esa carta, que estoy que me canto! Él cogió la carta y dijo: “Ahí va, papá: “... En atención a la petición de la Gerencia General, y con el ánimo de cumplir con sus aspiraciones de trabajar como ingeniero civil, le rogamos acercarse a nuestras dependencias, ubicadas en el barrio La Merced, oficina SERVICIO PÚBLICO DE EMPLEO, para que llene los formularios respectivos y pase a formar parte de la lista de aspirantes a ocupar un cargo”. »Todo fue una burla... mi Luquitas está más golpeado que reloj de borracho... aquí es más importante una Laisa moviendo el jopo, que un buen profesional... por eso estamos como estamos... usted, Guillermo, se sonríe, porque toda la vida fue un burócrata de la educación... ¡abajo la reelección!... mejor, charlamos otro día: estoy embejucado». (Cúcuta, enero de 2006.) n l POST-SCRIPTUM. Aunque un poco tarde, pásenla por Inocentes. La historia de Pepe es producto de las mentiras del autor. n
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Polémica por una ensaladilla
CARLOS HUMBERTO AFRICANO, profesor Asociado emérito de la UFPS.
NOTA DEL AUTOR Este texto fue hecho una semana antes de conocerse la fatal noticia del fallecimiento del Hermano Rodulfo Eloy en Bogotá, a la edad de 91 años, hecho que mencioné en Occidente Universitario N° 54. Sea entonces, un homenaje a su memoria. l “La voz ensaladilla no figura en las preceptivas literarias, ni los diccionarios registran esta acepción. Ensalada sí, y la definen como género métrico caracterizado por ser un conjunto de versos sin medida, ni ritmo, ni rima. La ensalada se ha generalizado bastante en muchas poesías modernas”, dice, en su libro La ensaladilla en el folclor de Norte de Santander, Ramiro Pinzón Martínez, conocido entre nosotros como “el Hermano Cristiano Rodulfo Eloy”. (Hasta que al fin entendí la “poesía moderna”: una ensalada de nada.) Continúa el Hermano Rodulfo Eloy su disertación sobre la ensaladilla indicando que puede asimilarse con los Fableaux franceses: pequeñas fábulas cuyo tema era la vida de los animales; pero que, a diferencia de aquéllas, no tienen un fin moral, sino el de hacer reír. Hará unos 25 años oí por primera vez de boca de mi suegro, que se la enseñaba a su nieto (mi hijo), una ensaladilla que él tituló: La ensaladilla del perro y el jumento. En ese tiempo no le paré bolas. Pero hace como 6 años volví a oírla, esta vez de boca de mi suegra, quien se la había aprendido y se la enseñaba a mi hija. Pensando que estas joyas se pierden en el tiempo —pues generalmente, como era el caso, se transmiten por tradición oral—, la recogí y se la pasé a “dora”, la que “computa”. Allí se quedó dormida durante este tiempo. Hace poco más de dos meses, haciendo una consulta bibliográfica, me di de manos a boca con el libro del Hermano Rodulfo Eloy. Ávido, me lancé en busca de la ensaladilla en comento. En efecto, ahí estaba; sólo que la versión no coincidía con la anterior y tenía otro nombre: La vida de tres animales: el burro, el perro y el toro. En mi parecer, el toro fue agregado después. La versión que presento no contiene esta parte por razones de espacio; pero, si la obra completa la contiene, la publicaré en otra entrega. Comparadas las dos versiones encontré que, mientras la primera parecía ser fiel en su composición —pues conserva los giros idiomáticos y el léxico usado en extenso en la composición literaria de la obra—, la segunda parece más fiel en la extensión, mas no así en la composición. Picado por el gusanillo histórico-literario, con mis pocos conocimientos sobre el tema me di a la tarea de reconstruir la ensaladilla y casi lo logro. El trabajo en algunas partes fue relativamente fácil, pues el Hermano Rodulfo Eloy respetó la versión que le dieron, y en ella se nota la falta de composición. Respetando yo también las dos versiones, lo que hice fue cotejar las piezas del rompecabezas. Así, por ejemplo, la primera estrofa, que está en el libro: Salió una tarde un jumentoa una hermosa sabana a revolcarse en la grama y a darse carabinazos fue reconstruida a partir de la primera versión. La tercera estrofa está escrita así en el libro: El burro con impaciencia le dijo: con vos son chanzas el tener siempre mis lanzas ya sabes que es natural nunca me he portado mal desde que te estoy tratando
Es evidente la falta de composición. Sin embargo, hay versos que forman parte de la ensaladilla, pues aparecen en la otra versión. De modo que tomé las estrofas segunda, tercera y cuarta de la primera versión, eliminando el adefesio, y así siguió la reconstrucción. Reemplazos de piezas originales como: pensaba la so figura, en lugar de: pensaba esta figura; en después las angarillas, en lugar de: mas después las angarillas, fueron posibles a partir de las dos versiones. Son estos giros los que le dan el sabor y la gracia a la ensaladilla. Los versos: tan grande como un cajón; y, yo me espezuño latiendo, los encuentro algo chuecos, pero no fue posible reconstruirlos. Y bueno, no quiero alargarles más el cuento. La nueva versión la quiero presentar convocando a una sana y amena polémica a quienes conozcan otras versiones, de modo que se pueda reconstruir lo más fiel posible, esta maravillosa ensaladilla, como la califica el Hermano Rodulfo Eloy, para el bien de la cultura nortesantandereana. Esta joya de nuestro folclor popular, cuyo autor es Marcos Jurungo, seudónimo de don Marco Antonio Rincón, merece ser recopilada y difundida para el conocimiento y disfrute de todos. Ahora bien, mi plan en noviembre, después de entregar el artículo Modismos Cucutoches (5) para el edición 54 de Occidente Universitario, era publicar la ensaladilla en la edición 55, a modo de “regalo de Navidad” a los lectores. Pero justo el día en que se publicó la edición 54 (21 de noviembre) murió el doctor Virgilio Durán Martínez y el día siguiente, tras la inhumación, el Director de Occidente Universitario nos informó que la edición 55 estaría dedicada al doctor Durán Martínez y nos puso, a los “columnistas compulsivos” —como jocosamente nos llama—, la tarea de escribir cada uno su semblanza de Virgilio. De modo que, ahora como “regalo de Año Nuevo”, les presento la nueva versión “corregida y aumentada”. Hela ahí; gócensela, pues.
LA ENSALADILLA DEL PERRO Y EL JUMENTO
Salió una tarde un jumentoa una hermosa sabana a darse carabinazos y a revolcarse con gana
Oyó el perro los pomazos y salió a ver qué era el caso el burro con impaciencia le puso orejas de punta
Guarda tus armas conyunta yo soy el guardián de aquí yo nunca para con ti quise la desavenencia
Desde que te estoy tratando nunca te he tratado mal eso de cargar mis armas tú sabes que es natural
Y así vamos disputando cada uno de su suerte yo quisiera que la muerte diera fin a mis tormentos
Ya ves que para el jumento siempre la vida es amarga pues no me bajan la carga y mi comida es garrote
Ya me tienen como un pote de darme por juntos lados me niegan los concertados el pasto para comer y hasta el agua para beber me la niegan los sirvientes
Y para hacerme correr me clavan una garrocha, si acaso se les esmocha entonces son garrotazos
Fuera de un tal y cual planazo que me tienden por la nuca más huevos que en la corruca tengo en mi triste pellejo
Desde el más chico hasta el más viejo tienen la conciencia dura mírame esta peladura que tengo aquí en la cadera
Me la hizo una cocinera con agua que taba hirviendo porque me taba comiendo una tal y cual basura
Pensaba la so figura era quemarme el hocico pero más ligero que un mico le voltié la gurupera
Se me hizo una gusanera que me puso en grande fajina la llenaban de creolina que me hacía ver candelillas
En después las angarillas venían a servir de emplasto rellenándolas de pasto para los machos marfiles
Más encima dos barriles tan grandes como un cajón para llenar un moyón que hacía lo de siete pipas
Y aunque me crujían las tripas por el alimento escaso a la noche, suaz, el lazo y amarrado al peladero
Al otro día el aguacero de palos no era muy poco así es que estoy como loco pensando en mis sufrimientos
Tómalo por pasatiempo le dijo el perro al jumento si yo me pongo y te cuento lo que me sucede a mí verás que no sólo a ti te suceden estos casos
Ya ves que estoy como un cuajo por la falta de alimento y ¿sabes el fundamento para darme de comer?
Me ponen es a roer siempre en un chicote’e hueso gracias a mi ancho pescuezo para no ser atorado
Lo que me dan es botao y hasta de muy mala gana esto sí no es la pavana de la patada y jurgón que me resuella el morcón con uno de estos porrazos
Son muy grandes mis atrasos y mi triste condición: que si me arrimo al fogón a recoger los pedazos me sacan a tizonazos y me cierran la cocina
Si les chilla la gallinao se alborota la polla me dicen: hucha perrito to to perrito escarba l’olla
Y si el zorro la pañó y se la puedo quitar me vuelven a despachar a que lo siga corriendo yo me espezuño latiendo hasta perderlos de vista
Me tienen siempre en la lista para estas corredurías fuera de otras cacerías que son siempre y por parejo
Y si les cazo un conejo un armadillo o venado no me botan ni un bocado de carne ni de asadura
Me dan es la sangre pura y eso untada en el hocico dicen: “untándole el pico se asienta la cacería”
Y como de día en día este trabajo me enflaca cuando esté como carraca que parezca un cordobán pues donde quiere me estiro, si no me dan solimán me pagarán con un tiro
Echémonos pues los brazos le dijo el jumento al perro esto no tiene remedio estamos en ambos casos n
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Tragicomedia en el convento de Santa Clara
RICARDO GARCÍA RAMÍREZ, profesor Titular emérito de la UFPS.
Edgardo asistió como invitado a un curso sobre sociología latinoamericana en Livorno (Italia) en el verano de 1963, cuando frisaba los 22 años y era estudiante de la Universidad Pontificia de Salamanca (España). Ahí conoció a un antioqueño que ya era sacerdote y que hacía un doctorado en Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana, de Roma, y vivía en el Colegio Pío Latino, de Roma, que era para latinoamericanos. Tenía unos 38 años y se llamaba Luis Ruiseco. Con él hizo una buena amistad. Al regresar Edgardo a Colombia se enteró de que su amigo Ruiseco había sido nombrado arzobispo de Cartagena. Actualmente es un obispo emérito, pues ya cumplió la edad canónica para el retiro (75 años). En la última visita que le hizo Edgardo en el 2003, le obsequió un folleto que hablaba del Convento de las Clarisas, que hoy es el hotel 5 estrellas “Sofital Santa Clara”. Edgardo guardó ese folleto sin leerlo, hasta cuando en diciembre del 2005 lo encontró y lo leyó. Entonces le pareció algo increíble que lo que contaba hubiese sucedido precisamente en un convento de clausura de monjas clarisas por allá en 1682, en Cartagena. Vamos al grano con este cuento, que nadie se imagina que sucedió en este magnifico hotel 5 estrellas. Por esa época, debido a normas eclesiásticas, las monjas clarisas estaban bajo la autoridad de la orden de los franciscanos y eran el brazo femenino de dicha comunidad. Allí, en ese convento, convivieron franciscanos y clarisas con abadesa incluida. Debido a esta subordinación, la abadesa y sus monjas clarisas no se encontraban muy contentos (no se sentían bien, como se dice ahora). Según parece, los franciscanos las gobernaban con desgreño y con excesiva severidad. No les paraban bolas y las fiscalizaban mucho, amén de que les hurgaban la despensa, les increpaban que eran derrochadoras, les exigían relación de todos sus actos y hasta se atrevieron a preguntarles los pecados de pensamientos, que las hacían ponerse rojitas como un tomate. De todo esto era sabedora la abadesa, y por eso se dirigió a su obispo para manifestarle el deseo de someterse a la autoridad de la diócesis y no a la de los franciscanos, que las ultrajaban. El obispo, Miguel Benavides, aceptó dicho pedido y le comunicó la decisión irrevocable al prior de los franciscanos. Las clarisas inicialmente estuvieron felices pero, pasado un año —como decía Hamlet de las mujeres: fragility, thy name is woman—, fue nombrado prior de los franciscanos Fray Antonio Claves, hermano de la abadesa y cuatro monjas más. Al enterarse de la noticia, su fragilidad las llevó a cambiar otra vez a la potestad franciscana, pues creían que, por ser hermano de cinco monjas, el nuevo prior se mostraría laxo y complaciente hasta lo impensable. La abadesa pidió audiencia con el obispo para comunicarle las razones del nuevo cambio y para manifestarle que, así, él, como obispo, quedaría exonerado de tamaña carga. El obispo no tragó entero y entendió muy claro por qué la iglesia jamás había nombrado papisas, obispas, cardenalas, sacerdotisas, etc., etc. Les reprobó su falta de seriedad y consistencia y les expresó que haría falta ser imbécil —y no lo era él— para no darse cuenta de sus intenciones perversas. Las angelicales clarisas salieron del Episcopado echando fuego por sus ojos y despotricando del obispo. Cuenta un cronista anónimo que la abadesa, que era española, había tenido la osadía de “cagarse en la señora madre del obispo”. (“Me cago en su madre”, dizque le dijo al viejo obispo.) Las monjas, al verse rechazadas por el obispo, recurrieron al gobernador, don Rafael Capsir, para apelar a su autoridad. El gobernador también rechazó la petición, pues no era de su incumbencia. Ante todo esto los curas franciscanos se dirigieron a la Real Audiencia de Santafé, que aceptó la petición y las clarisas volvieron bajo la férula de los franciscanos. Al enterarse, el obispo le comunicó a la Real Audiencia que estaba miando fuera del tiesto, pues esta decisión correspondía a la autoridad eclesiástica y que, por lo tanto, se negaba a aceptar el fallo de los oidores, y las clarisas seguirían bajo su báculo. Claro está que los franciscanos de entonces no eran los humildes seguidores del padre de Asís. Eran díscolos e incorregibles y apelaron otra vez a la Real Audiencia, que se sostuvo en que las monjas quedaran bajo las órdenes de ellos. El obispo se encolerizó y el problema no tuvo solución inmediata. Es aquí cuando comienza esta tragicomedia debido a la terquedad de las monjas clarisas ante la decisión del obispo. Todas estas peleas enredaron el problema y caldearon los ánimos. Y como el problema hizo metástasis, el pueblo cartagenero metió las manos y pies en esta pelea eclesial, para agrandarlo más. Lo más grave es que las clarisas, al ver que el problema se agrandaba, volvieron a cambiar otra vez de opinión y, teniendo como vocera a su abadesa, manifestaron que no querían estar bajo la jurisdicción de sus hermanos franciscanos sino bajo la férula del obispo. Esto enardeció el cotarro al ver que las monjas clarisas se habían confabulado para armar y poner en marcha una gigantesca mamadera de gallo. Aquí sí estalló la tormenta. El gobernador y los mismos franciscanos enardecieron a la plebe para tomarse la clausura del convento de Santa Clara. Conocedor el obispo de este hecho, se vistió con los ornamentos episcopales y su báculo y se paró a la entrada del convento y amenazó al tumulto con excomulgarlos si osaban dar un paso adelante. La toma se detuvo pero, más tarde, la chusma se quiso tomar la casa episcopal. Viéndose en peligro, el obispo sacó el Santísimo en una espléndida custodia. Como no podía él permanecer todo el tiempo expuesto, para salvarse huyó a Turbaco escoltado por canónigos y sacerdotes. El propósito del obispo era permanecer en la vecina población hasta poder volver a su diócesis como obispo legitimo. En ese momento había dos partidos: el del obispo y sus monjitas veleidosas, y el del gobernador y los curas franciscanos. El obispo no bajó la guardia y Cartagena vivió casi una guerra civil eclesiástica. Para aplacar a sus enemigos usó un castigo que la Iglesia tiene para estos casos, la cessatio a divinis, que es un mortífero castigo parecido a la excomunión y que consiste en no celebrar ningún rito religioso, incluyendo la misa. Este castigo, en vez de atemorizarlos, los alebrestó más, pues pudieron más las argucias del gobernador y el fanatismo de la plebe, enemiga del obispo. El gobernador manifestó por medio de hojas impresas que este castigo no valía; que no tenía efecto, porque el obispo se había desterrado y había perdido su potestad. Se llegó al clímax cuando los franciscanos y jesuitas, enemigos del obispo, lo desobedecieron celebrando misa por todos lados y administrando sacramentos. La guerra alcanzó el punto más caótico de pugnacidad de lado y lado. Llegó el momento crítico en que el gobernador y los franciscanos llegaron al extremo de azuzar al populacho para que esta vez sí allanaran la clausura de las monjas.
Es evidente que, de haber triunfado esta arremetida, no habría quedado una sola virginidad monjil en su sitio, sin exceptuar los estragados hímenes de las monjas más ancianas. Se habla mucho del asedio a Cartagena, pero la historia habla muy poquito del asedio a Santa Clara y de la heroica defensa de las monjas sitiadas. Sería inaudito que de la historia de Cartagena omitiéramos esta del convento de Santa Clara, y de el intento de su toma por la chusma. Para la defensa de su convento, las clarisas no contaban con arcabuces ni morteros; sólo usaron su maravilloso ingenio. Los primeros invasores fueron atacados con piedras que matarían a unos, descalabrando a muchos. Iban acompañados de chorros de agua hirviendo que escaldaba a todos. La abadesa, cuando escasearon las piedras y el agua, convocó a sus lugartenientes para expresarles sus ideas. “Nos vamos a quedar sin piedras y sin agua caliente”, dijo y expresó la sentencia inmortal: “Cagad, amadas hijas mías; cagad y mead con largueza ejemplar, y ahorrad vuestros detritos en los barriles de que disponemos, que de ellos y del prudente manejo que les demos dependerá la salvación de nuestra Santa Clausura”. Las clarisas entendieron el mensaje y juraron cumplir al pie de la letra las indicaciones de la abadesa. Ésta les agradeció la abnegación y las invitó a la capilla, donde se arrodilló y pidió perdón a Dios por tan ruines menesteres, terminando su oración así: “Pido vuestra benevolencia, Señor, que tal será nuestra única defensa eficaz contra esa orden de impíos y blasfemos, enviados por Satanás para profanar nuestra clausura y perder nuestras almas en el infierno”. Por orden de la abadesa todas las monjas, aún las más sobrias en el comer, se ponían a comer contra su voluntad, contribuyendo con ello a incrementar las reservas de pertrechos de grueso calibre. Claro que no descuidaron la munición líquida y se pusieron a tomar más agua que los camellos y, además, vino en cantidades alarmantes que aumentaron las virtudes diuréticas del mismo. Con gran criterio logístico, los toneles fueron abastecidos con el contenido de las bacinillas. Unos toneles contenían las meadas de las monjas y otros contenían la santa caca monjil. Las monjas brincaban de alegría, y sólo esperaban la presencia de los invasores para enjabonarlos en mierda y lavarlos de miados. El cielo las oyó. Los toneles de mierda y miados estaban en las ventanas. Los invasores jamás imaginaban que se iban a topar con esta insólita clase de proyectiles. La estampida fue vertiginosa sobre sus rostros, que quedaron cagados y miados. Los frailes apenas gritaban: “Estas malditas monjas cagan y mean como demonios”. Creyendo que esto no se repetiría, intentaron una segunda toma del convento. Pero esta vez fue peor. La catarata fecal y diurética fue mucho más abundante, y la desbandada fue más desordenada y caótica. Los malogrados sitiadores volvieron ante el gobernador, todos cagados y meados, quien les dijo: “La única forma posible de doblegar a estas cagonas churrientas es aplicarles toda la artillería existente”. Todos se opusieron a esta bárbara solución. Decidieron rendirlas por hambre, y pusieron vigilantes para que no les ingresara ningún tipo de alimentos y bebidas. Pasaron varias semanas y el efecto de la hambruna no aparecía y, por el contrario, las monjas salían todos los días a reírse a carcajadas en las ventanas y a lanzar bolsas de mierda que se reventaban al dar en el blanco, cosa que causaba risa a las monjas y arrechera a los impotentes sitiadores. Mientras todas estas cosas pasaban, la ciudad hervía. Había peleas a toda hora y muertos a navaja. Como que se avecinaba la más espantosa anarquía. Los templos eran territorio de nadie, la torre de la catedral fue bombardeada y ya nadie se sentía seguro en Cartagena, fuera clarisa o seglar, hombre o mujer, noble o plebeyo, libre o esclavo. Todos observaban que las monjas clarisas estaban saludables y regordetas, a pesar del sitio al convento. Al poco tiempo se descubrió un túnel por donde algunas almas piadosas y partidarias de las monjas les llevaban alimentos y bebidas. Un escuadrón de albañiles taponó el túnel y ahora sí empezó el verdadero sitio del convento de Santa Clara. Aun así, las monjas no capitularon. Estaban resueltas a morir de hambre antes que volver a órdenes de los franciscanos. (¿Quién entiende a las mujeres?) Las clarisas no bromeaban. Las mujeres maman gallo siempre, salvo cuando odian. En esto son de una seriedad ejemplar, y las clarisas odiaban a los franciscanos como monstruos del averno. Cuando el gobernador y la plebe concluyeron que las monjas, por no comer y beber, estaban descacadas y desjugadas de orina, intentaron un último asalto, pues estaban convencidos de que se morían de hambre. Al enterarse de esta toma, se fugaron del convento en una noche negra y tormentosa, y se guarnecieron en la residencia del señor obispo. Al tomarse el convento, la chusma se llevó un gran chasco, ya que, con seguridad, muchos iban con la intención, no sólo de abrir las puertas del convento, sino las piernas de las clarisas más jóvenes. Dicen que una clarisa, que estaba arrepentida de sus votos perpetuos, se asiló en casa de un cuñado porque estaba enamorada del teniente Domingo de la Roche, y que con él se arrejuntó. Poco a poco la torta se fue volteando a favor del obispo Benavides, en especial cuando llegó de Santafé el apoyo irrestricto a él y a sus ideas. Hasta una bula pontificia le dio la razón al obispo de Cartagena. Ya al final levantó la cessatio a divinis. Viajó a España y, cuando quiso regresar a su sede, murió en Cadis cuando tomaba el barco. Las clarisas entraron al orden y, cuando ya el prior de los franciscanos murió, pasaron en forma definitiva bajo el priorato de los franciscanos. Debido a este hecho insólito poco conocido, monseñor Ruiseco, siendo obispo de Cartagena, le dio a Edgardo dicho folleto. Que bueno sería que los huéspedes del hotel Santa Clara conocieran esta historia y que, cuando echen la mirada a los aires acondicionados empotrados en las ventanas, recordaran que en esos mismos sitios estuvo hace tres siglos largos instalada la más hedionda artillería que ha conocido la historia militar de la humanidad. Este hotel también fue hospital antes de convertirse en el actual hotel Sofital de Santa Clara. n –––––––––– FUENTE: Folleto de la Corporación Nacional de Turismo. Cartagena, 1999. n
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Mea culpa del Director
Inhumado el doctor Virgilio Durán Martínez casi al mediodía del martes 22 de noviembre del 2005, una patota de sus amigotes —entre ellos, «el suscrito» Director— cogió para la tienda de Chamizo donde se hizo una «vaca» para que un taxista le trajera, de un estanco, una botella de elíxir escocés. Al servirse el primer trago cada uno, el Director propuso un brindis por la memoria de Virgilio, tras lo cual se le ocurrió dedicarle a Víryil la próxima edición. Así se los informó a los «columnistas compulsivos» de Occidente Universitario —Guillermo Carrillo, Ricardo García y Carlos Africano—, solicitándoles que cada uno escribiera su semblanza de Virgilio, y extendió la invitación al resto de presentes. Los tres «columnistas compulsivos», por estar jubilados hace rato, «hicieron la tarea». Pero como «el suscrito» Director está todavía jornaleándole a la U —por haber nacido tarde—, pues ocurrió que el ajetreo con los temas y los estudiantes de las tres asignaturas a su cargo, más la consabida «correteada» de terminación de un semestre para realizar los exámenes finales, aunada a la revisión y diagramación del material que iban trayendo los colaboradores de Occidente para la próxima edición, no le dieron tiempo de garrapatear una semblanza... lo cual fue un «pecado mortal» sin atenuantes pues, si quienes escribieron sobre Víryil fueron sus amigos y colegas, «el suscrito» Director fue eso y algo más: su discípulo en cuatro asignaturas. Pero en la mañana del lunes 12 diciembre, a 24 horas de difundirse la edición 55, el colega Carlos-erre, quien es profesor de hora-cátedra, le dio la clave al Director para que su «pecado» fuera «venial» y no «mortal»: como Carlos-erre había leído el material a medida que llegaba, le sugirió al Director incluir el «discurso» que había escrito y leído con motivo de la presentación del primer libro escrito por Virgilio. Así que con el texto «A propósito de la obra Viaje fantástico por el tranvía de Cúcuta», el Director no se «autonegrió» pasando en blanco, pues en tal escrito, del 2 de septiembre de 1999, hay una mini-semblanza de Virgilio como maestro y también como colega. No obstante, si su «pecado» fue «venial», fue «pecado» a fin y al cabo, pues él fue el promotor de garrapatear una semblanza de Virgilio para la edición 55. No «desempolvar» una mini-semblanza de 75 meses antes. En todo caso, y a pesar de que las semblanzas que escribieron sus amigos y colegas prácticamente dejan a cualquiera sin libreto para decir una frase más acerca de Virgilio, sea concluir este mea culpa agregando, como colega, ex discípulo y amigo, que Virgilio fue consistente en lo que dijo y lo que hizo. Que por eso no tuvo término medio como colega, como maestro y como amigo. Y que por eso fue apreciado por algunos y malquerido por el resto. Porque como nunca fue panegirista de los que en cualquier nivel detentan el poder; como nunca le dio «caramelo» con una mano a Dios y con la otra mano al diablo; como nunca fue un contemporizador, como ahora se le dice a la argucia de todo pusilánime de arrimársele al árbol que con mejor sombra lo cobije; pues, por eso, todos sus detractores y todos sus amigos supieron siempre a qué atenerse. Y en el actual tercer mileno (¿o siempre ha sido así?) es más fácil dar con el sostén de «el seno de Abrahán», que con un ser de tal talante. Del cual, por cierto, en las tertulias sus amigos echarán de menos su voz de bajo (¿o acaso fue barítono?) cantando, con el acompañamiento musical de su guitarra, tangos, boleros, rancheras y, de cuando en vez, una pieza musical del país de Raphael, Manuel Alejandro y Nino Bravo. Luego qué mejor que citar a Emir Boscán para describir el vacío que les ha dejado a sus amigos: Ya se fue el mejor: ¡el mejor cantor! (Viernes 13 de enero del 2006.) n ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬
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––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––– Cuando la barba de tu vecino veas cortar, pon la tuya a remojar, sentencia un refrán, y a no desestimarlo fuerza el escándalo mundial de mediados de diciembre del cual fue protagonista el (seudo) científico surcoreano HWANG WOO–SUK, quien en la revista científica SCIENCE orquestó como logro científico del siglo una mentira: que él había extraído células madre de embriones humanos clonados, y que había clonado un perro. El charlatán laboraba en la Universidad Nacional de Seúl, y por el fraude debió renunciar a su plaza de… «docente investigador», expresión (la encomillada) que se le ocurre utilizar al «suscrito» Director pues, en más de una universidad privada en nuestro medio, con ella se auto-orquesta más de un colega. Y el charlatán fue tan sagaz —como todo charlatán—, que en su momento hubo expertos que aclamaron su «proeza», declarando —palabras más, palabras menos— que tal genio intergaláctico merecía el premio Nobel. Luego a no desestimar la advertencia del refrán deberían sentirse obligadas, ante todo, las universidades que no aparecen en el Top Ten —ni siquiera entre las primeras quinientas del planeta— del Hit Parade que el año antepasado elaboró la Universidad de Shanghai por encargo de la Comunidad Económica Europea. Sobre todo la universidad estatal en nuestro medio, pues los «puntos» que por productividad académica ofrece el decreto 1279 del 2002, y que revierten en dinero puntual o vitalicio, podrían impulsar a más de un profesor, de esos que tienen tramado a más de uno con que es un genio intergaláctico, a capitalizar mediante el fraude dineros del Estado. Con el agravante de que después la institución podría quedar como lo que hay entre una nalga y otra, si ante otras instituciones se le ocurriera presentar esas chimbadas como «el producto del ingenio» de su genio intergaláctico. n –––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––
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¿Ley Patriota?
CARLOS BALL, director de la agencia AIPE; académico asociado de Cato Institute. (El Tiempo, jueves 12 de enero del 2006, p. 1-14.)
Si los políticos dicen que algo es blanco, muy probablemente sea rojo, azul o negro. Ejemplo de ello es la llamada Ley Patriota que, a instancias del Ejecutivo, el Congreso de Estados Unidos extendió [prorrogó] hace poco. La Cuarta Enmienda de la Constitución sostiene “el derecho de los habitantes a la seguridad de sus personas, domicilios, papeles y efectos contra incautaciones arbitrarias; será inviolable y no se expedirán al efecto órdenes (judiciales) a menos que exista causa probable, corroborada por juramento o declaración solemne y cuyo contenido describa específicamente el lugar para ser registrado y las personas o cosas objeto de detención o embargo”. Esa enmienda fue incluida como rechazo a los abusos de soldados ingleses que en la época colonial violaban hogares en busca de lo que pudieran utilizar contra la gente; desde entonces se requería la decisión de un juez, aprobando previamente todo allanamiento. Lamentablemente, a lo largo de la historia, las guerras han sido las mayores destructoras de la libertad individual. Como ejemplo, recordemos que antes de la Primera Guerra Mundial, la gente podía viajar adonde quisiera —exceptuando Rusia y Turquía— sin pasaportes ni visas. Asimismo, la guerra contra las drogas del último cuarto de siglo y la actual guerra contra el terrorismo islámico han debilitado progresivamente la Constitución. El 15 de octubre del 2001 se promulgó la llamada Ley Patriota, con muy poco debate en el Senado, mientras que a los diputados [los miembros de la Cámara de Representantes] les dieron media hora para leer una compleja propuesta de 300 páginas, lo cual culminó en lo que el juez Andrew Napolitano ha llamado “el mayor rechazo antipatriota a la privacidad”, principio hasta entonces respetado y garantizado por la Constitución. El resultado es que ahora funcionarios del gobierno federal pueden obtener información confidencial de la gente en cualquier lugar (su consultorio médico, su farmacia, su hospital, su banco, su empresa de seguro, su abogado, su cartero, su agencia de viaje, la compañía de teléfono, la empresa donde trabaja, la casa de la mamá, etc.) sin el permiso de un juez que previamente analice la causa probable. Según el viejo dicho, “el camino al infierno está empedrado con buenas intenciones” y este impresionante irrespeto a tan importante principio constitucional es trágico y reprochable. Desde octubre del 2001, se han producido 120.000 acciones de este tipo contra habitantes de Estados Unidos, sin el previo visto bueno de un juez. Es una dura y triste realidad que en América Latina nos acostumbramos a que los políticos pierdan todo sentido de proporciones apenas se sientan en la silla presidencial. A partir de ese momento, lo que dicen y lo que quieren se convierte en ley, supuestamente por el bien de la nación. Así hemos visto cómo nuestros sistemas democráticos se han ido convirtiendo en farsas y donde gobernantes como Chávez, Kirchner y Lula utilizan un supuesto entorno republicano para convertirse en dictadores mucho más dañinos que aquellos que nos gobernaron en el siglo XX. Pero es una verdadera tragedia que esto esté sucediendo hoy en Estados Unidos, sin mayor preocupación ciudadana, y que el debate se mantenga a un bajo nivel partidista, más que principista. n |