|
OCCIDENTE UNIVERSITARIO
N° 70
▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬
Publicación informal, editada en la Universidad Francisco de Paula
Santander (de Cúcuta, Colombia)
▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬
Director-Editor: JAIRO
CELY
NIÑO
l
6 pp l
JUEVES
26
DE
OCTUBRE
DEL
2006
▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬
A MODO DE «EDITORIAL (O ALGO ASÍ)».
––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––
Cinco
«añitos»
Occidente Universitario
«vio la luz» hoy hace cinco años, por la noche. Y como todo es
relativo, que eso tenga alguna o ninguna relevancia depende, como
dice una frase de cajón, del cristal con que se mire.
Porque si 20 años son nada, como dice un viejo tango, entonces cinco
años no tienen alguna trascendencia. Y peor, si se los compara con
los 4.500 millones de años —millones más, millones menos— que a la
Tierra le han calculado los científicos.
Pero el que una publicación universitaria informal cumpla cinco años
y «corone» su septuagésima edición sí tiene alguna pequeña
relevancia, si se tiene en cuenta que este campus ha sido camposanto
de muchas iniciativas editoriales en formato de revista que, en el
mejor de los casos, no han ido más allá de la séptima —o acaso
décima— edición.
Por ejemplo: Biófila, revista de la Facultad de Ciencias
Agrarias y del Ambiente, sólo «vio» dos ediciones; e Ingenio,
revista de la Facultad de Ingeniería, sólo tuvo una.
Porque hay sus honrosas excepciones. Por ejemplo: Oriente
Universitario, que es el periódico oficial de Rectoría, debe
tener cien ediciones, por lo menos, como quiera que nació a mediados
de los años ochenta del pasado siglo XX; y Temas, un «Boletín
Informativo de la Asociación de Profesores», vivió hasta su vigésima
edición.
Y si se expuso que Oriente Universitario «debe tener cien
ediciones, por lo menos», es porque, teniendo estatus de periódico,
tiene una periodicidad irregular —y por épocas, bastante irregular—
y no ha faltado algún rector que ha incurrido con él en «adanismo»:
lo ha reenumerado desde 1, como si con él —con tal rector— comenzara
un mundo nuevo, lo cual fuerza la pregunta de: exactamente, ¿cuántas
ediciones ha tenido?
En todo caso, las publicaciones Universitarias distintas de
Occidente Universitario
han tenido un carácter de «oficiales», o de voceras de algún gremio
o de alguna instancia directiva, y su producción fue o es
financiada: en unos casos con recursos oficiales y en otros, con
privados, mediante la modalidad de vender publicidad.
Tal vez la supervivencia de
Occidente
se deba a que no cuenta con apoyo financiero de ninguna instancia
del Gobierno ni le vende publicidad a ninguna persona jurídica
privada, pues sólo se financia con lo poco o con lo escaso que su
director pueda destinar para pagar sus fotocopias, o con lo que para
ello le obsequie algún mecenas. Por eso es tan reducido su tiraje, y
por eso, a diferencia de las otras mencionadas, su reproducción no
la hace una «imprenta» sino alguna fotocopiadora del entorno.
Y como es una publicación informal y no oficial, pues es inevitable
que alguien se incomode por lo que en ella se cuestiona. Que si se
mira por el lado más amable, no es criticar por criticar, sino
advertir que algo no está tan bien o que puede (y debe) mejorarse.
Porque, incluso,
Occidente
ha hecho causa común con el rector cuando, como en el recién pasado
año, la Universidad fue invadida por los bárbaros que el alcalde
Ramiro Suárez Corzo envió para derribar su malla y muro norte y
robarle un poco más de media hectárea. Evento que, por cierto, no
tuvo el rechazo escrito y vehemente de las demás universidades con
sede en la ciudad, como si sus cuerpos directivos le tuvieran terror
al alcalde satrapoide, o como si hubieran disfrutado e in pectore
aplaudido el ultraje y el saqueo de las hordas de aquel filibustero.
Pero, aunque cinco años sean nada y haya quienes lo lean y se
arrechen,
Occidente Universitario
ha dado origen a tres libros, a la fecha. Dos, editados por la
Universidad Francisco de Paula Santander: La vida a jirones,
de Ricardo García Ramírez, editado en agosto del año antepasado; y
Quadriga, escrito «a ocho manos» por los profesores jubilados
Ricardo García Ramírez, Virgilio Durán Martínez (que en paz
descanse), Guillermo Carrillo y Carlos Africano, cuya «presentación
en sociedad» estaba prevista para hoy, pero que, por traumatismos
burocráticos (que por sentido común eran de temer), quedó aplazada.
¿Para cuando? (Les dijeron a los tres sobrevivientes que, de pronto,
para la próxima semana.)
El otro libro es El deporte cucuteño desde 1900 hasta el 2000,
escrito por entregas para
Occidente Universitario
por don Alfredo Díaz Calderón y editado por una fundación, cuyo
lanzamiento está previsto para este agonizante mes de octubre.
(Porque estuvo previsto para el año antepasado.)n
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
Un asesinato sacrílego y espantoso
RICARDO GARCÍA RAMÍREZ,
profesor Titular emérito de la UFPS.
Esta es la
historia de un clérigo asesinado salvajemente por, entre otros, la
indígena que le servía en su lujosa casa de Bogotá. Sucedió por 1876
en la llamada Calle del Arco, que hoy sería la calle 16 entre
carreras 7 y 8 de Bogotá, y que
tenía una fisonomía insólita y notable.
Pero la
“modernizaron”, así como han derruido tantas reliquias
arquitectónicas en Bogotá y en otras partes de Colombia. Pues,
mientras en otras latitudes se conservan las joyas arquitectónicas,
por aquí las “modernizamos” destruyendo estúpidamente nuestra
historia e identidad, cifradas en la arquitectura colonial y
republicana.
A la Calle del
Arco le decían la Calle del Ciprés, porque unas manos
anónimas le sembró uno. Por esa época las calles de Bogotá eran
oscuras y tenebrosas, pues su única luz era la de la luna, si las
nubes la dejaban aparecer, o la de los faroles con que los criados
le alumbraban a sus amos “el caminado”.
Esa oscuridad
jamás preocupó al presbítero Francisco Tomás Barreto, párroco de
Machetá, quien había adquirido una casa inmensa y elegante en la
Calle del Ciprés, a la cual escasamente disfrutó dos años. Ejercía
su ministerio sacerdotal acompañado de un joven mestizo, como
monaguillo.
El padre Barreto
tenía fama de ser hombre rico por las tierras y el ganado que
poseía. Y los lenguaraces decían que tenía unos enormes baúles en
donde atesoraba miles de morrocotas de oro, incontables doblones y
ducados de plata de la mejor ley, lo mismo que innumerables piedras
preciosas de todas las clases conocidas en ese entonces. Todos esos
chismes dieron pábulo a la codicia de unos facinerosos, que no
tardaron en planear la muerte del sacerdote.
Los gestores de
ese sacrílego homicidio fueron: un coronel de muy malos antecedentes
que, según decían, era especialista en matar curas y se llamaba
Manuel Almeida; un tipo llamado Pioquinto Camacho; un zapatero negro
y caraqueño llamado Manuel Vega; la indígena Dolores Pinto,
sirvienta del sacerdote; y un esclavo del coronel Almeida, llamado
José Amaranto.
Cuando tocaron el
portón del clérigo, éste estaba cenando. “Ve a ver quién es”, le
dijo a Dolores Pinto. Una vez abrió, entró una caterva desaforada de
vándalos, como los godos y los visigodos, que corrieron energúmenos
hacia el comedor. Los clericidas se abalanzaron sobre el cura y,
como se dice, “lo cosieron a puñaladas”. Entre los más desaforados
criminales, La Pinto fue la que más se ensañó con el
sacerdote.
Cuentan que los
facinerosos no sólo llevaban puñales sino formones, ganzúas y otros
elementos para abrir los baúles de los tesoros. Pero los asesinos no
se dieron cuenta de que cerca de la casa del cura había un cuartel
de húsares, que llegaron pronto ante un aviso sobre el abrupto
ingreso.
Los asesinos, al
notar que venían los húsares, huyeron por los tejados sin un doblón
o morrocota y con las manos teñidas de sangre clerical. Pronto
fueron aprehendidos y excomulgados. En el juicio se los halló
culpables y fueron condenados a muerte, excepto Dolores Pinto,
porque dijo estar preñada.
El arzobispo de
Bogotá les levantó la excomunión para que, si antes de la ejecución
mostraban arrepentimiento, no se fueran para el infierno sino a una
temporada larga en el purgatorio. (Claro que, según los dos últimos
papas, no existen el infierno ni el purgatorio).
Al coronel
Almeida lo fusilaron. El zapatero caraqueño Vega fue ahorcado junto
con Camacho y Amaranto. Todos los espectadores estaban borrachos en
la plaza del ajusticiamiento. Ebrios, se abalanzaron para saquear
las ventas de morcillas, tamales, chicharrones y papas saladas. Los
cadáveres fueron arrastrados en cueros por briosos corceles.
Cuando la chusma
alicorada y enardecida por el reguero de sangre cesaron el bailoteo,
arremetieron contra los negocios de chicha, mondongo y chinchurrias,
hasta perder el juicio.
Dicen que la
justicia contrató a unos matarifes profesionales de las más afamadas
carnicerías de la ciudad para que después del arrastramiento
descuartizaran a los reos, tras lo cual las cabezas fueron puestas
al escarnio público, los brazos fueron colocados en forma de cruz en
la puerta de la casa del desgraciado clérigo y el resto fue dejado
para que los chulos lo devoraran.
¿Y qué pasó con
la Dolores, que no fue ajusticiada por estar preñada? Se les pidió
opinión a tres médicos no tan afamados de la ciudad, entre los
cuales no hubo acuerdo. Uno le tocó el estómago y dictaminó que no
estaba embarazada. Otro le aplicó el oído al estómago a ver si
percibía algún ruido o movimiento delator, y se mostró dudoso. El
tercero conceptuó que sí se hallaba preñada, y que por lo tanto era
necesario esperar a que pariese y hacerle un nuevo juicio.
Ante esta
incertidumbre que no los dejaba aplicar justicia, un rudo capitán,
llamado Gumersindo Somondoco, quiso saldar el problema rápido e hizo
sujetar a Dolores por dos rudos obreros, y luego le dio dos
patadones en el buche, sentenciando: “Si no malpare (aborta) y vota
el chino en media hora, es porque tiene la pipa vacía y podremos
ahorcarla. Porque ninguna guaricha me mama gallo”.
Ante esas
tremendas patadas, Dolores chilló como marrano cuando lo están
capando sin anestesia. Y como no malparió, al otro día fue
sentenciada y ejecutada en la plaza mayor, otra vez repleta de
turbamulta. Por tratarse de una mujer, esta vez la “fiesta” fue
mejor porque hubo voladores, fritanga y chicha para los adultos, y
morcilla y mazato para los niños. Una vez despresada la Dolores, su
cabeza fue expuesta en San Victorino, y sus brazos y piernas los
tiraron a un basurero.
Y según las
crónicas, la mano derecha de la clericida amaneció haciendo pistola.
Los agentes de la justicia se declararon impotentes para enderezar
los dedos, por lo cual se procedió a amputarle el que simulaba el
miembro viril y lo arrojaron a los perros, por considerarlo obsceno.n
––––––––––
FUENTE: El libro
Sucedió en la calle, de Alfredo Iriarte. Intermedio,
2005.
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l ▬▬▬▬▬
l
Modismos Cucutoches (10):
Cúcuta bacana (2)
CARLOS HUMBERTO AFRICANO,
profesor Asociado emérito de la UFPS.
Ah, cuerpo
cobarde,
cómo se menea.
Yo cargo una
pea,
que Dios me la
guarde.
Tema musical del
cantautor venezolano Gualberto Ibarreto que hizo popular por los
años 70 del siglo XX.
La canción viene
al caso porque deja la sensación de ser una apología al placer del
dios Baco. Nuestro cuento también lo es. Por eso hemos llamado
Cúcuta bacana (2)
a este escrito, que referencia nuestros modismos relacionados con
esa actividad que data de tiempos inmemoriales, como quiera que la
cerveza y el vino se disputan ante la historia el privilegio de ser
haber sido la primera o el primero. Nos cuentan los historiadores
que tienen entre 4.000 y 6.000 años y aún no se ponen de acuerdo
cuál fue primero. Relata la enciclopedia Lexis22, tomo V22:
“El vino es conocido desde la más remota antigüedad, el Génesis
atribuye la paternidad a Noé y la mitología helénica a Dionisos
(conocido en la romana como Baco). Los poemas indios hablan de él y
en China se conservan normas para su elaboración escritas 2.000 años
antes de nuestra era”.
“Los orígenes de
la cerveza se pierden en la noche de los tiempos entre historias y
leyendas. Las del antiguo Egipto atribuyen su origen al capricho de
Osiris. La mención más antigua de la cerveza, una bebida obtenida
por la fermentación de granos, que denominan siraku, se hace en unas
tablas de arcilla, escritas en lenguaje sumerio y cuya antigüedad se
remonta a 4.000 años a. C.”. (Tomado de Internet: google.)
Como es natural,
Cúcuta no ha sido ajena al disfrute de este placer, sobre el cual
gira mucho de la actividad cotidiana. Aunque no fue posible obtener
información sobre el lenguaje usado por la clase social alta para
referirse a esta actividad placentera, el libro El español
hablado en el departamento Norte de Santander, del Instituto
Caro y Cuervo, registra el lenguaje usado por el pueblo:
“Emborracharse:
estar curdo, jumo, jumao, rascado, jarto, jincho, picho, copetón,
borracho, jalado, tomado, bebido, cachirulo, caneco, chapiado,
jalopiado. Tener o amarrarse una mona, una pea, una juma, una curda,
una pinta, una perra”.
De todas aquellas
expresiones y vocablos, en la actualidad continúan usándose con
frecuencia: estar curdo, rascado, jincho, picho, borracho, bebido,
tomado. Tener, echarse o amarrarse una curda, una perra, una pea,
una rasca. Además le hemos agregado unos nuevos, como: andar
prendido, andar más prendido que arbolito de navidad, andar
encendido, andar de rumba, andar songo-sorongo, andar picado. Con
menor frecuencia se siguen usando: estar jumo, jumao, copetón,
jalado, caneco, chapiado, jalopiado, atulampao.
Aparte de
describir con muchos términos la actividad con la cual se previenen
los infartos, porque elimina el estrés que nos acongoja, es en las
mesas de cantina, en los clubes o en cualquier reunión social donde
afloran, con esa charla informal, cuanto dicho hay. He aquí algunos.
La parranda o el
parrandón empieza con:
●
“Echémonos
unos palos”.
Echarse unos palos o echarse una palazón: dichos venezolanos,
adoptados aquí, significan tomarse unos tragos.
●
“Tomémonos
un chirrinche”:
en general, significa tomarse unos tragos, aunque “chirrinche” se
refiere al aguardiente destilado en los campos.
Si alguien llega,
el recibimiento bromista es:
●
“¿Se
toma una o se mete un palo?”:
significa que si se toma una cerveza o se toma un trago.
El parrandón se
empieza a animar y entre charla y chistes vienen los brindis:
●
“Hagamos
chinchín”:
brindis chocando las copas o los vasos. Onomatopeya del ruido. Un
cuento oído por ahí dice que se debe brindar con chinchín para que
participen todos los sentidos en el brindis.
Después le puede
ocurrir que:
●
“Clavó
el pico”:
se emborrachó y se durmió.
●
“Se
patarribió”:
se cayó.
O peor aún,
ocurra que:
●
“Mató
la marrana”:
se vomitó.
En cualquier
momento alguien usa alguno de estos eufemismos para indicar que va
al baño:
●
“Vamos
al Master”.
●
“Voy
a Miami”.
●
“Voy
a Minesota”.
●
“Voy
a cambiarle el agua al canario”.
Si no sabe la
dirección, pregunta. Las respuestas bromistas siempre son:
●
“Al
fondo, a la derecha”.
Siempre es al fondo, a la derecha.
●
“El
olor lo lleva”.
●
“Váyase
por el olorcito”.
Llega la hora de
los dolorosos. La de pagar la cuenta. Aparecen los comentarios de
unos y otros, en broma o en serio, no se sabe:
●
“Vine
de gorra”
o “Vine
de cachete”.
De cachete: gratis. Esta expresión sí que es muy nuestra. Antaño,
era viajar gratis. En los autobuses era muy común pedirles a los
conductores el cacheteo, es decir, el viaje gratis. Por extensión,
se aplicó a gratis en general. Con lo bromistas que somos, las dos
expresiones casi siempre se acompañan con lenguaje gestual, haciendo
ademanes con la mano a manera de gorra o palmoteándose
(cacheteándose, decimos nosotros) la mejilla (los cachetes, decimos
nosotros).
●
“Vine
a poner la teja”
o “Vine
a poner la canal”.
Significan lo mismo que los anteriores: andar de gorra o de cachete.
El lenguaje es muy expresivo porque indica poner una teja o conectar
una canal para que baje el licor.
Al final, todos
ponen, se paga la cuenta y entonces, el final:
●
“Tomémonos
el de pirnos”
o “El
de pirnos”:
es el último trago en el sitio donde se está, antes de agarrar
camino. Significa: el trago para irnos. Argos lo registra
como: “el pa irnos”.
Al otro día,
amanecemos “enratonados” por causa de los palos. Copiando las
palabrejas venezolanas.
El “ratón”
venezolano es equivalente a la “curda” costeña, al “engomado”
guatemalteco, al “chuchaqui” ecuatoriano, a la “resaca” cubana, al
“mal barajado” argentino, al “guayabo” colombiano y al “hachazo”
chileno.
Como remate de
este cuento les dejo ahí algunas frases célebres, tomadas de aquí y
de allá en la Internet:
“Dadme un punto
de apoyo... y me beberé otra cerveza”.
“Todos deberíamos
creer en algo. Yo creo que tomaré otra cerveza”.
Aviso: “Beber
agua no potable puede matar tu sed. Beba cerveza”.
“Podemos asegurar
que 5 de cada 10 cervezas son la mitad”.
“Bebo para hacer
interesantes a las demás personas”.
“La realidad es
una ilusión que ocurre por falta de alcohol”.
“Sexo y cerveza
fría, por lo menos, una vez al día”.
“El día en que ha
de llegar la paz al mundo será aquel en que dos contrincantes
compartan una cerveza”.
“Nunca discutas
con quien te va a pagar las cervezas”.
“El día que lea
que el alcohol y la cerveza son malos para la salud, deje de leer”.
“Es mejor ser un
borracho famoso que un alcohólico anónimo”.
“Toda la noche
bebiendo para no verte y ahora te veo doble”.
“El que bebe...
se emborracha.
El que se emborracha... duerme.
El que duerme... no peca.
El que no peca... va al cielo...
...y puesto que al cielo vamos... ¡Bebamos!”.
“Las mujeres
atractivas nos hacen comprar cerveza y las feas nos hacen beberla”.
“Yo no tengo
problemas con la bebida... bueno, a no ser que no encuentre
cerveza”.
“Siento pena por
los que no beben. Cuando se levantan por las mañanas, es el único
momento del día en que se sienten mejor”.
(Cúcuta, octubre
de 2006.)
n
––––––––––
NOTA DEL AUTOR.
Por razones de espacio y, sobre todo, por pereza mental de algunos
lectores (para leer más de página y media), que así me lo han dicho,
el presente escrito es una versión reducida, recortada, cercenada,
disminuida, minimizada, “achiquitada” y minusválida de la versión
original.n
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
Uno oye lo que el corazón siente
ALIRIO NÚÑEZ
CORREA, profesor de
la Facultad de
Ciencias Básicas de la UFPS.
—Vecina, vecina
—le dijo él—: ¿usted conoce a la señora Gloria? Es que el cartero
dejó en mi buzón su correspondencia.
—No la conozco
—respondió ella, con tono y señas de pocos amigos.
—Creí que usted
vivía por acá cerca, antes de mudarse a esta casa.
—No, señor
—volvió a contestar como antes.
—¡Qué ojos!
—exclamó él, mirándola fijamente.
—¿Qué dice usted?
—casi grita ella al preguntarlo.
—Nada, nada. No
se moleste. —Luego murmuró, aspirando a que ella no lo oyera:— No me
había pasado antes. Bueno, es que la anterior vecina era diferente.
—¿Qué dice,
señor? —lo increpó adoptando un aire arrogante de mujer joven, pues,
aunque bien parecida, ella es madura y soltera, pero no está
desempleada.
—No, nada. —Luego
titubeó:— Esto… ¿hay fluido eléctrico?
—¿Por qué
pregunta eso, señor?
—Es que con el
brillo de tus ojos se iluminará toda tu casa —le dijo de manera muy
romántica.
—¿Qué? —preguntó,
abriendo unos ojazos…
—Que va a haber
racionamiento eléctrico y de agua —dijo él, esperando despistarla—.
Dizque han tumbado una torre.
—¡Ah!
—Perdone. Sé que
la estoy fastidiando, que le estoy quitando su tiempo —dijo él,
tratando de disculparse de la mejor manera—. Pero sé que eres muy
explícita.
—¿Qué?
—Que tiene usted
unos ojos fantásticos —era su halago favorito para con el
bello sexo.
—¿Que qué?
—Que el fluido,
el fluido eléctrico…
No alcanzó a
terminar la frase, pues sonó estrepitosamente la puerta que ella
cerró tras de sí. Le pareció que estaba algo furiosa, y no entendía
por qué.
“¡Idiota —pensó
ella, adentro—, estúpido; decirme que tengo ojos de fantasma!
¿Por qué me hablaría así ese estúpido? No le he dado confianza. No
lo conozco. ¿En tan poco tiempo se habrá dado cuenta de que soy
madre soltera? ¡Oh, Dios mío! ¡Qué chismes! ¡Qué chismoso! ¡Qué
barrio! ¡Qué sociedad! ¿A qué sitio he venido a parar?”.
Estaba
desesperada, a punto de darse golpes contra la pared. Entonces vio a
su hija, en la cocina, preparándose café.
—Nelly —le dijo—:
prepárame un café. Pero rápido; rápido, por favor.
—¿Qué te pasa,
mamá? —le pregunto su hija— Te veo muy alterada. Nunca me pides un
café así, de esa manera.
—Disculpa, hija;
disculpa. Es consecuencia de la conversación con el vecino.
—Pero, mamá: si
tú no dialogaste con él. Sólo respondiste, y eso con monosílabos.
—Y tú, ¿cómo lo
sabes?
—Mamá: cuando en
una casa hay poca gente, pocos muebles, pocos corotos, cualquier
mirada se transforma en una palabra ampliada por el eco.
—Mi propia hija
me espía. No respeta mi vida privada.
—Mamá: ¿olvidas
que en esta casa sólo vivimos tú y yo?
—Cómo voy a
olvidarlo, si desde el momento en que naciste tu padre no te
reconoció; ni la familia de él. Mi vida ha sido una eterna soledad.
—Pienses bien,
mamá, lo que me dices. Parece que te importo muy poco; tan poco, que
no me consideras compañía. —Luego pasó a otro tema:— Acá está tu
café. Tómalo y tranquilízate. Yo te voy a ayudar, mamá.
—¿De qué forma?
—Cálmate, mamá.
Estás sobresaltada. O algo nerviosa. ¿De alguna manera el vecino te
impactó?
—No me recuerde a
ese idiota, por favor. ¿No te diste cuenta de cómo me trató? Me dijo
que tenía ojos de fantasma.
—Mamá, por favor,
escúchame. Vamos a ponerle punto final a esta conversación. Una cosa
es ser una madre soltera, responsable por lo madura, pero otro
asunto es dejar madurar demasiado los oídos.
—¿Qué me estás
diciendo, Nelly? ¿Que soy una mujer achacada y mongólica? ¿Que no
soy atractiva ni elegante? ¿Que a nadie le llamo la atención? ¿Que
falta poco para morirme como una triste madre soltera? ¡Ah, no,
hija! Ahora la equivocada eres tú. Mira que hasta el idiota y
estúpido del vecino se ha fijado en mis ojos. En los destellos
luminosos que de ellos emanan, dizque cual centellas
fantasmagóricas.
Echó a llorar y
se abrazó muy fuerte a Nelly. Ésta la dejó que se desahogara, como
si ella fuera la mamá y no la hija, y luego, suavemente, la retiró
de su hombro y le dijo:
—Mamá: de nuevo
no exageres. Hay una mala interpretación en todo esto. Tú entendiste
ojos fantasmagóricos, y el vecino lo que te dijo fue que
tiene ojos fantásticos.
—¿Verdad, hija?
—Y lo preguntó como si hubiese vuelto a nacer. Igual que el empleado
a quien el patrón lo llama, después de despedirlo, y le dice: “Venga
mañana a trabajar”.
—Sí, mamá. Y te
lo dijo con dulzura. Con tanta seguridad, que indica que fue algo
más que un piropo o contentillo.
—Gracias, hija. Y
perdona que te haya llamado chismosa.
—Mamá: se dice
“expresiva” o “explícita”, no “chismosa”. Recuerda que vivimos en el
siglo de las comunicaciones, por lo que todo se ve, todo se oye,
todo se sabe.
Se tomaron de las
manos y se acercaron al vidrio de la ventana que da a la calle. No
había nadie afuera. Entonces se miraron por un instante, como en el
cara a cara de “Protagonistas de Novelas” de la televisión. Luego se
abrazaron y empezaron a reír.n
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
Parafernalia y ritual inapropiados
JAIRO CELY NIÑO, profesor de
la Facultad de Ingeniería de la UFPS.
El jueves 25 de
septiembre de 1980 llegué a la Universidad Francisco de Paula
Santander faltando 15 minutos, aproximadamente, para las 17 horas.
Fui directamente a la oficina de Recursos Educativos, que era el
«salón» F-107, y saludé a la menor de mis hermanas que fungía como
secretaria en tal cubículo. Luego le pregunté si sabía qué tamaño
tenían los diplomas con que la Rectoría graduaba al egresado, y si
los entregaban enrollados, como había oído que hacían en las
privadas, o extendidos. A modo de respuesta me preguntó por qué lo
preguntaba, y le dije que porque me graduaría en el acto programado
para las cinco de esa tarde.
Me dijo haber
oído que los entregaban extendidos, y con las manos me indicó la
altura y la anchura aproximadas que tenían los diplomas. Entonces le
pregunté si de casualidad había ahí un sobre manila en el que
cupiera extendido el pergamino. Ella buscó y extrajo un sobre, y me
lo mostró diciendo que era el de mayor tamaño que había en la
dependencia, pero que era mayor el del diploma. Como, según sus
señas, el diploma era más ancho que alto, le dije que me obsequiara
un sobre manila más pequeño, pero cuya altura fuera igual o
ligeramente superior que la del «título», para envolverlo como no
quería: hecho un rollo.
Seis años y medio
antes, cuando ingresé al primer semestre, el único edificio de aulas
tenía el nombre de «Aulas Norte», pero poco después lo llamaron
«Fundadores», en cuyo costado occidental estaba el único auditorio
de ese tiempo, al cual se le decía «El Auditorio» porque no le
habían puesto el nombre de alguien del notablato regional.
(Porque, obvio: el de alguien del anonimato, jamás se lo pondrían.)
Pues bien: cuando
ingresé con el mencionado sobre manila al auditorio, encontré cada
silla de las cuatro primeras filas de la hilera sur con un papel
pegado al espaldar, en el cual decía «Graduando». Sin embargo, en
tales sillas había espectadores y graduandos. De éstos, los varones
se habían disfrazado de rolos para el acto, pues tenían saco,
corbata y pisacorbata, y las damas lucían trajes glamorosos. (La que
quedó a mi izquierda me parecía una mariposa.) Yo vestía la muda que
había estrenado nueve meses antes (en la Navidad de 1979), y me
acomodé en la única silla desocupada de la tercera fila.
No sé cuantos
minutos después apareció en el escenario la primera persona del
staff que presidiría la graduación. Era la secretaria general
quien, después de colocar sus bártulos en la mesa del staff,
se acercó al proscenio y en tono alto dijo:
—Los que de esta
hilera no son graduandos —y señaló la hilera sur—, me hacen el favor
y se pasan para detrás de la cuarta fila.
Y como impulsados
por un resorte, «patas» y «patos» emigraron. Cuando se hubieron
reubicado, la secretaria general se me dirigió en tono alto:
—Lo que dije,
joven, es para usted también.
—¿Para mí
también, qué? —le pregunté.
—Que se vaya para
atrás, porque esa silla es para un graduando.
—Por eso,
doctora, no me he movido.
—¿Y es que usted
se va a graduar?
—Supongo que sí
—le respondí—, porque el decano de mi Facultad me dijo esta mañana
que hoy había grados a las cinco, y que me asome.
Algo masculló
ella, y yo, que no sé leer los labios, lo traduje como: «¿Y se va a
graduar con esa facha?».
Si, según mi
«traducción», se refería a mi rostro anti-galán, entonces: ¿con qué
otra facha, si la «reconstrucción de rostro» valía mucho más que un
flux? Pero si, según mi «traducción», se refería a que no
vestía mako o flux, el asunto era «Elemental, mi
querido Watson», pues, si yo hubiera sido rolo y viviera en Bogotá,
habría fiado un mako —en ese tiempo no los alquilaban— porque
después del grado habría utilizado el saco como abrigo y como
bufanda, la corbata. (El pisacorbata le habría servido como
«prensa-pelo» a alguna dama.)
Pero como soy
orgullosamente cucuteño, como la universidad que me graduaba es
oficial y como Cúcuta es caliente... Es más, el año subsiguiente
confirmé lo que había sospechado: que cuando un «dotor» se va a
emplear, no le piden una foto para ver si se graduó disfrazado de
rolo o de pingüino, o vestido de paisano, sino una fotocopia del
diploma.
Veintiséis años y
casi un mes después de que una universidad oficial me graduara
vestido de paisano, me topé con un grado de la misma institución que
se fue al otro extremo: en primera plana del diario La Opinión,
del recién pasado viernes, aparecían en una foto un par de tipos
raramente disfrazados. Sólo al leer el pie de foto supe quiénes
eran: el rector, Héctor Parra, y el defensor del pueblo, Vólmar
Pérez. Y la escena no era de Halloween anticipado doce días,
sino de la ceremonia en la cual la Universidad le confería al
Defensor un grado honoris causa.
Aunque «Entre
gustos, no hay disgustos», como dice un refrán, a mí me parece
inapropiado entronizar en una universidad estatal la parafernalia y
los «rituales» que se estila en las privadas. Porque «El hábito no
hace al monje», dice otro refrán, tal vez porque hay quienes tienen,
tan baja autoestima, que creen que la gente vale por la ropa que se
pone. (Esa «pípol», cuando se está bañando, se debe sentir menos que
un gorgojo.)
¿Que la ceremonia
del grado honoris causa era de mucho «turmequé»? Pues sí.
Pero la prestancia se la dan el prestigio de la Institución que
otorga el grado, y los méritos del ser que lo recibe, y no los
chiros que se pongan el graduando y el rector.
(Recuerdo que el
colega emérito Jesús Lindarte Duarte me contó que en la víspera de
recibir su grado de maestría tuvo un «yeyo», y que su advisor
fue hasta el hospital, donde lo encontró empiyamado o embatado, e
inmediatamente lo graduó. ¿Eso le mermó prestancia a su diploma?
Pues el Chucho dijo sentirse inmensamente honrado con esa
graduación tan exclusiva y especial que le mereció, no al rector de
Western Kentucky University, sino a su maestro y consejero.)
Ahora bien:
entiendo que en la Estructura Orgánica de la Universidad Francisco
de Paula Santander no existe el cargo de «jefe de protocolo», o algo
así, lo cual sugiere que el rector incurrió en el snob de
«asesorarse» del jefe de protocolo de alguna universidad privada y
elitista (porque también las hay aterrizadas), por lo cual, como
rector de una institución pública de estudios superiores, incurrió
—o esa es mi percepción— en «el oso» de parecer algo así como una
monja medieval, en la foto del diario La Opinión.
Quieran entonces
Dios y Alá, o quien quiera que haya hecho el mundo —si es que hubo
un supremo constructor—, que el snob de nuestro rector haya
sido una pasajera veleidad. Pues, si no, ¡ay, de nuestros pobres
estudiantes de pregrado! —de los que sobrellevan una pobreza
franciscana—, porque serán obligados a graduarse disfrazados como
para un «Día de las Brujitas», y pagando de su bolsillo desmirriado
tal disfraz.n
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
¡Eso es mucho man tan bacano!
RICARDO GARCÍA RAMÍREZ,
profesor Titular emérito de la UFPS.
Les voy a hablar
de Baco, el dios de, como diría Carbuco, “el trago, la
prostitución y el caos”, para concluir la saga de Cupido, Edipo y
Baco que les anuncié en el artículo Los amores en tiempos de
Cupido.
Según las malas
lenguas, Baco fue hijo “natural” de Júpiter, quien se lo empetacó a
Semele,
una de sus mozaicas. A los nueve meses de la pringada, Júpiter le
hizo una operación cesárea con la barbera que cargaba siempre en el
carriel, y mandó a Mercurio, el mandadero de los dioses, a comprarle
a Baquito pañales desechables, teteros y leche Klim.
¿Y para qué
teteros y leche Klim, si Semele tenía tetas? Pues para
quitárselo a la muchacha recién naciera y dárselo a las
ninfas
para que lo criaran. Ya crecido, el pelao parecía una cabra, pues se
lo pasaba todo el día en el monte andareguiando y cazando cuanto
animalito topaba.
En una de esas
andanzas, Baco vio una matica que le llamó la atención. La arrancó y
la sembró en un huesito de pájaro que encontró. Con el tiempo,
cuando la matica ya no cabía en el huesito de pájaro, la sacó y la
resembró en el hueso de un león que había matado. Y cuando el
raicero de la matica tampoco cabía en el hueso del león, la metió en
una calavera de burro y ahí la dejó para siempre.
¿Y saben qué
matica era? Pues nada menos que una parra, que nada tiene qué
ver con el doctor Héctor Parra. O sea que era una vid, una mata de
uva. Más tarde, gracias a esa parra, Baco sería famoso, porque de
ella fabricaría el vino.
Por eso a mí me
extraña que la gente diga “vino de cereza” o de “manzana”, y hasta
“vino de cañafístula” o de “uchuva”. ¡No, señor! “Distancia y
categoría”, como exige Carbuco; o “Rigor semántico”, como
exige Puntillón. Porque “vino” sólo es el de la uva. Y si
aceptan que vino sólo es el de la vid, les cuento cómo intervienen
en el vino los dueños de los tres huesos en los cuales se crió la
vid.
Resulta que
cuando uno se toma los primeros tragos se pone copetón, y canta y
silva, como pajarito. Si se toma unos guarilaques más, pero sin
quedar jincho aún, alardea de súper putas, como león. Pero si sigue
jartando hasta jinchiarse, se vuelve un jumento: grita y ofende, y
hasta agrede; o se vomita, caga y mea en la mesa o en la sala.
Pero continúo con
Baco. Cuando a la parra le apareció el fruto, a Baco se le ocurrió
hacer un experimento: cogió unas uvas, las exprimió en una totuma y
dejó el zumo varios días hasta que se fermentó. Cuando estaba en su
punto, probó el mosto o zumo. Como le produjo una agradable
sensación, siguió jartando y entonces se pegó una copetoniada.
Así, entonado, salió del laboratorio a buscar amigos para ofrecer la
primera degustación. Y con el primero que se topó fue con un viejo
amigo llamado
Xileno,
que era sátiro. Los sátiros eran semidioses verdes que tenían orejas
puntiagudas, dos cuernos y patas de chivo.
Xileno había sido maestro de Baco, por lo que se apreciaban mucho.
Pero apenas probó el vino se declaró discípulo de su ex discípulo,
por lo que todos los días goteriaba a Baco y se lo pasaba medio
picao. O sea que, para los puritanos o moralistas o mamosantos de
hoy, se volvió “pipero”.
Baco, cada día más feliz por la acogida que tuvo la bebida que
inventó, organizaba tomatas diarias a las que sólo invitaba sátiros.
Pero como el vino no sólo relajaba y alegraba a éstos, sino que les
endurecía el tomín como si éste recibiera la orden de “¡Atención…
Fir!”, a Baco se le ocurrió invitar a unas guarichas muy lindas que,
para colmo de buen programa, resultaron medio puticas.
A esas viejas les gustó tanto el vino, que se auto-invitaron para el
día siguiente, y luego para el siguiente, y así sucesivamente. Como
el vino las desinhibía, se quitaban el camisón y quedaban en traje
de dos piezas: la guirnalda que traían en la cabeza, y unos
calzoncitos de tela plástica que dejaban ver la pelucera. Y como
entonces no existía el brasier y las guarichas bailaban como las
estripticeras de hoy, ¿se imaginan los relajos del carajo que se
formaban?
Como esas veladas las organizaba Baco y se desordenaban por el vino
que había inventado, las llamaron
bacanales.
Incluso, alguien se inventó el cuento de que Baco inventó el vino
porque se había chiflado por una maldición que le echó
Hera,
la diosa griega del Matrimonio y esposa de
Zeus,
el “comandante en jefe” de los dioses griegos (que en la mitología
romana eran
Juno
y
Júpiter,
respectivamente), dizque por la infidelidad de Júpiter con la mortal
Semele.
Baco y sus compinches, los sátiros y las bacantes, se lo pasaban de
pueblo en pueblo organizando bacanales. Un día llegó a Tebas y le
ofreció a su rey,
Penteo,
organizarle unas fiestas patronales para que sus súbditos se
desestresaran.
—Un pueblo jincho —le dijo Baco pa’ convencerlo— exclamará, como
Carbuco dentro de 3.000 años, “¡Viva el trago, la prostitución y
el caos!”, en vez de: “¡Muera el Rey!”.
Y díganme si a un gobernante no le va a gustar algo tan genial como
éso. Por eso en Tebas nació la modalidad del pan y circo.
Claro que denominada “Ferias y Fiestas nacionales”. Porque en esos
tiempos las “naciones” (o “Estados”) eran lo que hoy son ciudades, y
por eso hoy se habla de “Ferias y Fiestas municipales” o de “Ferias
y Fiestas veredales”.
En todo caso, al inventar el vino y las bacanales, Baco inspiró a
los escoceses para inventar el whisky, y a los cariocas para
inventar el Carnaval de Río. Porque, en el que organizó en
Tebas, las bacantes, alborotadas, bailaron medio empelotas
tongoneando tanto el culo como las tetas, alzaron una pierna y
después la otra mostrando la guarnición, y hasta le dieron chocha a
Raimundo y todo el mundo.
Cómo sería, que el Rey pensó, arrecho: “Antes que embrutecidos y
degenerados, los prefiero insubordinados”. Y decretó el destierro de
Baco y su patota de sátiros y bacantes.
Pero el destierro fue victoria pírrica y puntual para los puritanos
o moralistas o mamosantos. Porque 30 siglos después, el vino y las
bacanales gozan cada día de mejor salud.n
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
▬▬▬▬▬
l
|