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OCCIDENTE UNIVERSITARIO
N° 71
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Publicación informal, editada en la Universidad Francisco de Paula
Santander (de Cúcuta, Colombia)
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Director-Editor: JAIRO
CELY
NIÑO
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10 pp l
JUEVES
23
DE
NOVIEMBRE
DEL
2006
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EDITORIAL (O ALGO ASÍ).
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Malgastando una «herramienta»
Al final del «Editorial (o algo así)» de la edición 66, del jueves
28 de septiembre, se preguntó: ¿por qué en la marcha de protesta
nacional del martes 26, desde el Parque Simón Bolívar hasta el
Parque Santander, el número de estudiantes fue menor que la suma de
funcionarios no docentes y docentes?
Inmediatamente después se respondió que porque hubo un par de
fallas: la primera, haber bloqueado el acceso al campus desde muy
temprana hora, por lo cual más de la mitad de la multitud
estudiantil, fatigada por no haber afuera de la Universidad dónde
sentarse «todo el mundo», se devolvió para la casa; y la segunda,
que, a diferencia de lo que se ha hecho en ocasiones anteriores, no
se hizo una mini asamblea triestamentaria para motivar la
participación del estamento estudiantil.
Seis semanas después, en la jornada de protesta nacional convocada
para los recién pasados miércoles 8, jueves 9 y viernes 10 de este
mes, se incurrió en las mismas fallas para la marcha del jueves 9 de
noviembre, también desde el Parque Simón Bolívar hasta el Parque
Santander. Por eso el número de estudiantes fue menor que la suma de
funcionarios no docentes y docentes.
Pero también se incurrió en otro par: se desestimó el sentido de
oportunidad y la convocatoria fue expuesta a dudas. Lo primero,
porque el comunicado convocante, en formato de «chapola» y no
fechado, se difundió a última hora de la tarde del miércoles 8 de
noviembre. Y lo segundo, porque tal comunicado careció de las firmas
(incluso, de los nombres) de los presidentes de las tres
organizaciones gremiales convocantes: la Asociación de Profesores,
Sintraunicol (el sindicato de los funcionarios no docentes) y el
Consejo Superior Estudiantil.
Es más: el comunicado se comenzó a difundir a última de la tarde del
miércoles 8 de noviembre, pero desde temprana hora de esa tarde el
acceso al campus se había estado alternadamente impidiendo y
permitiendo.
Y hubo algo incomprensible: si el acceso al campus estuvo bloqueado
todo el jueves, día de la marcha, también el viernes estuvo
bloqueado hasta las doce meridiano, sin que alguno de los
presidentes de las organizaciones gremiales de profesores,
administrativos y estudiantes se asomara esa mañana, de tal modo que
quienes estaban ansiosos de jornalearle a la Academia padecieron la
incertidumbre de si tales ansias se podrían desfogar o de si había
que ahogarlas.
Ahora bien: «el suscrito» Director fue presidente de la Asociación
de Profesores durante once años y quince días más, y por tal
condición organizó, con sus pares presidentes del Sindicato y del
Consejo Superior Estudiantil, más de una marcha con previa asamblea
triestamentaria, y más de una asamblea triestamentaria sin marcha
posterior. Pero siempre fue enfático en que no era de su agrado el
que «la Universidad entera entre cadenas gima», pese a lo cual más
de una vez a las puertas de acceso les pusieron cadenas y candados;
ya el Sindicato, o bien el Consejo Superior Estudiantil.
Y no le simpatizan los bloqueos por considerar que se debe «parar»
por convicción, aunque no adhieran «Raimundo y todo el mundo», y no
porque lo obligan los bloqueos. A fin y al cabo el «paro» es quizá
el único «argumento convincente» que la «plebe» tiene para oponerle
a la arrogancia del poder, y por lo tanto no se debe banalizar o
malgastar o devaluar, porque cada vez participaría menos gente.
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Hace una semana fijaron en la cafetería del 4º piso del edificio
Fundadores un comunicado sin firmas y sin fecha, que tiene este
encabezado: Intransigencia de la administración de la Universidad
genera conflicto laboral. No obstante, tal comunicado tiene por
membrete: Sindicato de Trabajadores y Empleados Universitarios de
Colombia
/
“Sintraunicol”. Luego menciona la presentación de un «pliego
de peticiones y solicitudes» al staff.
Por lo que entiende «el suscrito» Director, el Sindicato ha firmado
con la Universidad Francisco de Paula Santander convenciones
colectivas y, hasta donde entiende «el suscrito» Director —quien no
es abogado ni ha presidido un sindicato—, las convenciones
colectivas tienen un período de vigencia, prorrogable sucesivamente
otro tanto si ninguna de las partes la denuncia.
Ello fuerza al «suscrito» Director a preguntarse si el pliego
mencionado tiene carácter de una nueva convención o el de
solicitudes aditivas, y a lamentar que la Rectoría no lo informe.
¿Para qué? Pues para envidiar al Sindicato, si fuese lo segundo.
Porque, en el caso del profesorado de carrera, éste tiene un régimen
prestacional y salarial consignado en un decreto que es, tan
inamovible o tan estático, que en lo único que cambia cada año es en
el valor del punto, que lo decreta el Presidente.n
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Un
doctorado honoris causa ¿injusto?
GUILLERMO
CARRILLO BECERRA,
profesor Asociado
emérito de la UFPS.
gecarril60@yahoo.es
En 1930 el doctor
Alfred Blalock, un brillante médico cirujano, investigador de
la Universidad de Vanderbilt, empleó a un joven negro, llamado
Vivien Thomas, como todero de laboratorio. Este era un muchacho
despierto e inteligente, con mucha pasión por la medicina pero que,
a causa de la depresión que se dio en Estados Unidos, había perdido
todos sus ahorros, razón por la cual no pudo ingresar a la
universidad. Así que fue a una escuela de oficios a aprender el
noble arte de la carpintería, donde se destacó por sus habilidades
manuales.
En una ocasión,
el doctor Blalock encontró a su ayudante muy entretenido con uno de
sus libros de medicina, que él mantenía en su oficina. Al indagarle
el por qué de su interés, el joven negro le manifestó de su amor por
esa maravillosa ciencia, y de su frustración por no poder cumplir
con el sueño de su vida. Esto lo impresionó gratamente y se tomó la
molestia de iniciar a su ayudante en los secretos de la medicina,
prestándole libros y explicándole el contenido de los mismos.
A medida que
pasaba el tiempo, Thomas se fue haciendo un erudito y ya
intercambiaba conceptos con su patrón; tanto, que éste lo hizo
nombrar como asistente de laboratorio y de sus investigaciones
médicas, sobre todo las que realizaba con perros. Muy pronto, el
doctor Blalock se percató de que ese muchacho era un genio del
bisturí y de su creatividad, ya que diseñó y construyó una serie de
instrumentos quirúrgicos, merced a sus maravillosas manos de
carpintero. Fue un ascenso lento y progresivo: sirviente, discípulo,
asistente y cuasi colega.
En 1941, la más
prestigiosa, clasista y exclusiva escuela de medicina de los Estados
Unidos, la Escuela de Medicina de la Universidad John Hopkins,
nombró al doctor Blalock como jefe de cirugía. Él exigió, como única
condición, que contrataran también a su asistente, lo que no cayó
muy bien entre esos aristócratas, pues era inaceptable que un negro,
con uniforme de laboratorio, se paseara por los pasillos de los
centros de investigación. Sin embargo, logró imponer su condición y
así empezaron un nuevo ciclo que los llevaría a la gloria.
Para Thomas fue
un comienzo muy duro: nadie lo saludaba, nadie lo determinaba, era
menos que la basura que sus hermanos de raza recogían en silencio.
Pero también fue un acicate, dado que ese menosprecio, aunado a su
voluntad de hierro, lo convirtieron en un verdadero ratón de
laboratorio.
El síndrome
del bebé azul es una enfermedad congénita del corazón. Se la
llama así porque la piel de los niños es azulada, en razón de que no
reciben el suficiente flujo de sangre. Para la época era una
sentencia de muerte, por un axioma que existía: el corazón no es
operable.
La doctora
Helen Taussig, brillante investigadora, no estaba de acuerdo con
ese criterio. Ella sugirió que era posible establecer un bypass
del corazón hacia los pulmones, para incrementar el riego sanguíneo.
Era un reto monumental: un nuevo procedimiento y un nuevo
instrumental. ¿Existiría un cirujano que fuera capaz, con el poder
de sus manos, de acometer semejante tarea? Obviamente, los
pontífices de la medicina le cayeron a palo ante tremenda herejía.
“¿Cómo les parece la culimba esa? Dizque quiere operar el corazón”.
El único que
creyó en ella fue el doctor Blalock y, junto con su asistente,
empezaron a darle vida a la hipótesis. Dos años y 200 perros
después, lograron crear la técnica para obtener un resultado
satisfactorio. Y la pregunta del millón: ¿funcionaría en los seres
humanos? El 29 de noviembre de 1944 se llevó a cabo la primera
operación a corazón abierto, en toda la historia médica.
El anfiteatro
estaba a reventar. Lo más selecto del cuerpo médico gringo no quería
perderse semejante momento. Las opiniones estaban divididas: la
mayoría le apostaba a un gran fracaso; una minoría rezaba para que
Eillen Saxon, una chiquilla con el mal azul, y que
había pasado toda su escasa vida en los hospitales, saliera bien
librada de semejante prueba. El quirófano, con paredes y techos de
cristal, les permitiría a los asistentes seguir, paso a paso, todos
los detalles que ese grupo de pioneros se alistaban a efectuar, bajo
una tensión insoportable.
Cuando el doctor
Blalock recibió el bisturí, entró en pánico: las manos le temblaban
y el sudor le nublaba la visión. Abrió la puerta y salió corriendo a
buscar a Vivien Thomas, su asistente. Lo hizo vestir con el atuendo
quirúrgico y lo introdujo al quirófano. Sólo así logró calmarse.
Todo mundo vio con asombro cómo un negro, que ni siquiera era
colega, le iba indicando, verbalmente, todos los pasos técnicos al
doctor Blalock y que éste, con toda humildad, acataba y hacía. Es
decir, la primera operación exitosa de corazón abierto, fue dirigida
por un carpintero segregado y menospreciado. Naturalmente, por no
ser médico, Thomas no tocó el bisturí.
Meses después
aparecieron, en las revistas científicas, los pormenores de tan
maravillosa cirugía, bajo el rótulo de la “Técnica Blalock-Taussig”,
sin mencionar a Thomas. Pero un reportero de la Associated Press
se pilló la historia y les envió un reporte, a todos sus abonados en
el mundo entero, haciendo quedar como un chocato a la Universidad
John Hopkins y su pinche Escuela de Medicina.
En 1976, tratando
de borrar la canallada que habían cometido con Vivien Thomas, la tan
mencionada institución hizo otra peor: le concedió un Doctorado
honoris causa... en Leyes, no en Medicina. ¡Hasta dónde llegan
la envidia y los celos profesionales!
Así que el padre
de la cirugía del corazón, el que capacitó a más de 250 estudiantes
de postgrado, el que permitió que, hoy en día, se salven más de
1’300.000 niños que nacen con el mal azul en el mundo entero, no
tuvo el derecho de ser tratado como colega por parte de unos médicos
llenos de odio y rencor, empezando por los h.p. Alfred Blalock y
Helen Taussig.
(Cúcuta, noviembre de 2006.)
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POST-SCRIPTUM.
La cadena de televisión HBO hizo una película, apegada a la
realidad, y que le mereció obtener, el año pasado, el galardón de
mejor cinta televisiva del año, bajo el título de “A corazón
abierto”. Como es obvio, en Internet sobra la información respecto
al tema.n
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“Presentación en sociedad” de una
Quadriga escrita
CARLOS HUMBERTO AFRICANO,
profesor Asociado emérito de la UFPS.
Mis amigos y
coautores de Quadriga, doctores Guillermo Carrillo
y Ricardo García, me designaron para que dijera unas palabras
en la “presentación en sociedad” de este libro.
Lo primero es
decir que una conjunción de ideas hubo de nosotros, los autores,
para que este libro fuera una realidad.
Lo segundo, que
con ese empuje y dedicación, con esa dinámica que le ha impuesto su
fundador y director, el profesor Jairo Cely Niño, celebramos
por estos días los cinco años de vida académica de la “publicación
informal”, como reza su cabezote, de Occidente Universitario,
fuente e inspiración originaria de Quadriga.
Recordamos al
doctor Virgilio Durán Martínez, coautor también de la obra,
para darle un parte de cumplimiento de nuestro proyecto.
En el homenaje
que le hizo Occidente Universitario, con una edición
especial sobre su vida y obra con motivo de su fallecimiento, en mi
escrito que intitulé Me quedaste mal, Virgilio, haciendo
alusión a otro de él (Te quedé mal, Luis Donaldo), decía yo:
El grupo de
escritores compulsivos de
Occidente
Universitario,
como nos llama nuestro director, acordamos editar un libro con
algunos de los escritos que se nos han publicado en
Occidente
Universitario.
Invitamos a Virgilio a participar. Se entusiasmó con el proyecto y
empezamos a buscarle financiación. Quadriga fue
el nombre que él le puso al libro. Me quedaste mal, Virgilio.
No alcanzaste a celebrar con nosotros el nacimiento de esta nueva
publicación.
Pero hoy te
estamos recordando, Viryil.
Contamos con el
decidido apoyo financiero que nos dio la Universidad Francisco de
Paula Santander, en cabeza de nuestro rector, doctor Héctor Miguel
Parra López, para hacer realidad la obra que hoy entregamos y que
representa un aporte más en el indicador de publicaciones, para el
proceso de acreditación en que está comprometida nuestra
universidad.
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Sin pretender ser
unos expertos en cultura masiva, esta obra busca mostrar las facetas
ligeras y amables de una diversidad de acontecimientos serios,
dándoles un estilo cercano a la jerga y más bien distante de la
rigurosidad propia del cientifismo. Hemos procurado un equilibrio
entre lo técnico y lo histórico; lo costumbrista y lo humorístico.
Siempre con la intención de arrancarle una sonrisa de satisfacción
al lector.
Sin que fuera
premeditado y sólo como resultado de los escritos, nosotros, los
autores, descubrimos que lo técnico lo presentó Virgilio, siempre
tan reposado; rígido, algunas veces. Lo costumbrista fue para
Guillermo quien, con su pluma rápida y certera, nos ha dado amenas
disertaciones sobre las costumbres cucuteñas, algunas non sanctas
(como las narradas en los cuentos de cabaret); otras de añoranza,
como aquella de: “¿Por qué me amaño tanto en Cúcuta?”. Lo
humorístico lo tomó Ricardo quien, con su lenguaje ligero de
expresión popular, nos saca una sonrisa que suena a carcajada en
cada cuento suyo; a veces, con un lenguaje duro, con el desparpajo
con que hablamos los calentanos, sin querer ser vulgares, porque
resultaría risible poner a un embolador a hablar con la terminología
de un diplomático o de un miembro de la Academia de Historia o de la
Lengua. A mí me dejaron la historia y ahí, en
Quadriga,
encontrarán algunas.
DEL POR QUÉ DEL
NOMBRE
Quadriga
fue el nombre que insinuó Virgilio.
QUADRIGA es un
vehículo tirado por 4 caballos en línea. En tiempos del Imperio
Romano era normal que, después de una gran victoria militar, Roma
recibiera a los triunfadores en un gran desfile, encabezado por su
máximo comandante guiando una QUADRIGA.
Igualmente, en
todos los rincones del Imperio se llevaban a cabo carreras de
quadrigas, en las que, además de la destreza del auriga, era
determinante para el éxito la combinación, con gran maestría, de:
fuerza, resistencia, velocidad y ritmo de los caballos.
En esta
Quadriga escrita, cada lector, según su interpretación,
puede asignar a cada autor alguna de estas cualidades, pues, por
aquello de que El estilo es el hombre, cada uno de los 4
autores tiene su inconfundible estilo. Según ellos —los coautores
Guillermo y Ricardo—, la fuerza es para Virgilio, escritor de tiro
largo. El ritmo, para Guillermo, con su constante y pausada pluma
con la que toca variados temas. La velocidad, para el locuaz
Ricardo, cuyo humor va más allá del simple apunte chistoso. Me
dejaron a mí la resistencia y no sé por qué. ¿Será por la dura
crítica que hago en algunos de mis escritos?
El texto que
aquí presentamos es una recopilación parcial de lo escrito en el
espacio que nos abrió el profesor Jairo Cely Niño —desde hace 5
años— en Occidente Universitario, una publicación
fundada y dirigida por él, a quien le hacemos este reconocimiento.
De la misma
manera, un reconocimiento a la Universidad Francisco de Paula
Santander, extensivo a todos sus estamentos, por su apoyo
estimulante y financiero, para que el primer tomo de Quadriga
fuera una realidad. Esperamos que sea de su agrado.
(Auditorio José
Luis Acero Jordán.
Noche del jueves
2 de noviembre de 2006.)
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Lamentable que,
tras el ingente esfuerzo de los tres autores sobrevivientes de
Quadriga seleccionando y depurando los textos de
entregar, los funcionarios de la imprenta de la UFPS, o alguno de
ellos, haya(n) resultado con una «solemne chambonada» en la
producción de dicho libro. Porque, por ejemplo: a la Tabla de
Contenido la volvieron un mute desabrido; manosearon títulos;
cercenaron, repitieron y apretujaron párrafos; en algunos ejemplares
dejaron hojas sin texto en el anverso o el reverso; y pare de
contar. Y lo deplorable es que tal chambonada quedará impune, porque
en esta Universidad no hay consecuencias cuando un avivato o un
chambón, sin dejarse ver el que sabemos, le «estiercolea» la cara a
los demás.
Lo único
impecable en la producción de dicho libro son la contraportada y la
portada. Y eso porque los tres «sobrevivientes», con cargo a sus
bolsillos, las contrataron con la imprenta salesiana.
(NOTA DEL
DIRECTOR.)
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¿Quién no tuvo problemas con Baldor?
RICARDO GARCÍA RAMÍREZ,
profesor Titular emérito de la UFPS.
El 22 de octubre
de 1906 nació Aurelio Ángel Baldor, por lo que el pasado mes de
octubre de 2006 se cumplieron 100 años de su nacimiento.
Y quién, de la
gente veterana, ¿no recuerda el Álgebra de Baldor?
Pues él fue el autor de esa obra, que era la que más terror
despertaba a casi todos los bachilleres de Latinoamérica. Porque los
pocos que estuvieron a salvo del terror debieron ser los que, sin
saberlo —a esa edad de chinos imberbes de bachillerato—, tenían
aptitud para ingenieros, o matemáticos o físicos.
Cuando compendié
este artículo bajado de Internet y que aparece muy sucinto en la
revista Credencial, editada por el Banco de Occidente, supe
que Aurelio Ángel Baldor era su nombre y que además nació en La
Habana (Cuba). Y que era un aristócrata muy corpulento, pues pesaba
100 kilos; y además, media 1,90.
A estas alturas
de mi vida ignoro si aún se utiliza ese libro en los colegios. Pero,
en mis tiempos, cuando a un estudiante de bachillerato le
mencionaban el Álgebra de Baldor, automáticamente se
le venía a la mente una evocación terrorista: la de un libro cuya
portada tenía la imagen de una especie de
Ossama bin Laden
de los números que, agazapado entre las páginas, se dedicaba a
colocar artefactos explosivos camuflados en forma de problemas
matemáticos. Ese pavor se podía resumir, incluso, en una fórmula
algebraica:
BALDOR = X
+
(temibles números
+
angustiosas ecuaciones
+
terroríficos problemas).
O sea que,
despejando la incógnita:
X = rajada fija
en Álgebra… por culpa de Baldor.
Pero Baldor,
palabra que significa “Valle de oro”, no fue ningún fanático
seguidor de Al Qaeda —entre otros, porque en su mocedad y
madurez, ese grupo terrorista no existía—, ni mucho menos aquel
áspero hombre árabe que desde la portada de su libro observa con
desdén calculado a sus alumnos asustados.
El apellido
Baldor es de origen belga. Aurelio Ángel fue el hijo menor de
Gertrudis y Daniel, quienes viajaron desde Bélgica hasta Cuba sin
tocar la tierra de Scherezada. Y menos, la de Ossama bin Laden.
El mes pasado se
cumplieron, pues, cien años del nacimiento de ese apacible abogado y
matemático que se encerraba durante extenuantes jornadas en su
habitación, con lápiz y papel, para escribir la obra que desde 1941
atemoriza, pero que también apasiona a millones de estudiantes de
toda Latinoamérica: el Álgebra de Baldor, el libro más
consultado en los colegios y escuelas desde Tijuana hasta la
Patagonia.
Es posible que en
La Habana no se le haya rendido un homenaje a quien fuera el
educador más importante de la isla de Cuba durante los años cuarenta
y cincuenta, y fundador y director del Colegio Baldor, una
institución que tenía 3.500 alumnos y 32 buses en la calle 23 y 24
de la exclusiva zona residencial de Vedado.
Esa era su
tranquila existencia hasta que apareció la única ecuación que nunca
pudo resolver: en 1959 triunfó la Revolución contra el dictador
Fulgencio Batista y, aunque el propio Fidel Castro le agradeció a
Baldor su valiosa labor de maestro, él nunca admitió los
algorítmicos principios del socialismo. Era un hombre profundamente
religioso que acostumbraba a rezar el rosario todos los días, ir a
misa de seis de la mañana los domingos y vivir celestialmente como
un aristócrata en su lujosa casona de las playas de Tarara.
Por eso, ante la
amenaza de su detención por culpa de su disidencia, la única
solución para semejante teorema ideológico la encontró en el exilio.
Viajó con su esposa, Moraima, sus siete hijos y hasta la nana en un
periplo por Ciudad de México, Nueva Orleáns y finalmente Nueva York,
mientras el Colegio Baldor y su exclusiva residencia eran
expropiados por el Estado cubano. Hoy, la casa hace parte de una
villa turística para extranjeros que pagan cerca de dos mil dólares
para pasar una semana de verano en las mismas calles en las que
Baldor se cruzaba con el Che Guevara, quien vivía a pocas
casas de la suya, en el mismo barrio.
Era el 19 de
julio de 1960. El profesor, que era infalible en matemáticas, que
jamás se equivocaba en las cuentas y cuyos cálculos eran tan exactos
como las soluciones de sus libros, cargaba en sus maletas otro pavor
mucho más aritmético-algebraico que el dolor de su destierro: el
dinero que llevaba le alcanzaría apenas para unos meses. Con la
desventaja de que, además, sus obras ya no eran suyas, pues doce
años atrás había vendido los derechos de su Aritmética y su Álgebra
a Publicaciones Culturales, una editorial mexicana.
De modo que la
familia Baldor tuvo que llegar exiliada a la gran manzana, derrotada
con un futuro tan incierto como la raíz cúbica de un número de doce
dígitos. Se alojó en el segundo piso del edificio de un italiano en
Brooklyn, en donde el aristocrático clan Baldor, que había invitado
a cenar a ministros y grandes intelectuales de toda América a su
hermosa casa de las playas de Tarara, vivió hacinado en medio de la
sordidez de la “capital del mundo”. En La Habana, el Colegio Baldor,
expropiado, se llama hoy Colegio Español y allí estudian 500 alumnos
europeos. O sea, que ninguno de sus alumnos es nacido en Cuba.
En Nueva York,
Aurelio Ángel Baldor intentó recobrar su vida. Estudió inglés en la
Universidad de Nueva York y al poco tiempo empezó a dictar una
cátedra en el Saint Peter College, de Nueva Jersey. Dicen que no era
un hombre feliz. Se trasladó a Miami con su mujer, mientras veía
cómo cinco de sus hijos —un profesor de literatura, un
inversionista, dos administradores y una secretaria— prefirieron
evitar las matemáticas. Porque dos sí le jalaron al asunto, al menos
a la alta aplicación de esa disciplina, pues fueron ingenieros.
Inmerso en la
odisea del capitalismo salvaje y aprisionado por la tristeza del
destierro, perdió una buena cantidad de sus fantásticos cien kilos
de peso. “El exilio le supo a jugo de piña verde. Mi padre se murió
con la esperanza de volver”, dijo, en una entrevista de prensa, su
hijo Daniel.
El creador del
Álgebra de Baldor se fumó su último cigarrillo en la
noche del 2 de abril de 1978. En la mañana siguiente cerró los ojos,
musitó la palabra “Cuba” y se durmió para siempre, víctima de un
enfisema pulmonar. Dejó siete hijos, quince nietos y diez biznietos,
que viven en Miami esperando que el régimen de Fidel Castro les
permita regresar. Pero ese es un misterio cuya solución no está ni
en el libro de Baldor. Es una ecuación sin solución.
(Cúcuta,
noviembre/2006.)
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NOTA DEL AUTOR:
El 27 de
agosto del 2004 se hizo el lanzamiento de mi libro La vida a
jirones, editado por la UFPS, que compila los 36 artículos
que a esa fecha me había publicado Occidente Universitario
Cuatro días después, el Editorial de la edición Nº 37 de esta
“Publicación informal editada en la UFPS” registró que
Occidente Universitario había sido fuente de un par de
libros, pues para lo que quedaba de ese 2004 estaba previsto el
lanzamiento de otro libro: El deporte cucuteño desde 1900
hasta el 2000, que compilaría los escritos de don Alfredo
Díaz Calderón publicados en Occidente Universitario, y
que sería editado por una fundación creada por un inversionista
cucuteño.
Para el 26 de
octubre del 2006, cuando Occidente Universitario
cumpliría sus primeros 5 años, estaba previsto el lanzamiento del
libro Quadriga, escrito “a ocho manos” por Virgilio
Durán (requiescat in pace), Guillermo Carrillo, Carlos
Africano y yo, editado por la UFPS, que compila algunos de los
artículos publicados en Occidente Universitario por
los 4 autores. Y aquel 26 de octubre, el Editorial de la edición Nº
70 registró que en sus primeros 5 años de existencia,
Occidente Universitario ha sido fuente de 3 libros: La
vida a jirones y Quadriga, editados por la
UFPS, y
El deporte cucuteño desde 1900 hasta el 2000.
Pues bien. En
realidad Occidente Universitario ha sido fuente no de
3 sino de 4 libros, pues en diciembre del 2005 algunos médicos
amigos me editaron el libro Escritos de la hora nona,
que compila algunos de mis artículos publicados en Occidente
Universitario después de La vida a jirones, y
algunos que no se habían publicado en
Occidente
pero que hacían cola para ello. (Pese a la “cola”, estos últimos no
se publicarían en Occidente por haber sido publicados
en el libro.)
Así que después
de que se difundió la edición Nº 70 le dije al Director que no son 3
sino 4 los libros. Me respondió que no fue que se escachó, sino que
no incluyó Escritos de la hora nona porque no todos
los artículos del libro se habían publicado en
Occidente.
—Cierto —le
dije—, pero todos los escribí para
Occidente Universitario.
Por lo tanto, Escritos de la hora nona también tiene
su fuente en
Occidente.n
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«A veces llegan cartas»
En la noche del
sábado 28 de octubre del 2006, al regresar de su visita semanal a la
casa materna, el director de Occidente Universitario
recibió, en la portería del condominio donde vive, un texto en tres
páginas y tercio del doctor Pablo Mogollón. Lo primero del texto es
el mensaje:
28 de octubre
de 2006
Apreciado Jairo
Vaya por delante la enhorabuena y felicitación por Occidente
Universitario en
su primer lustro y que demuestra que valen más paciencia y
perseverancia que grandes intenciones.
En todo caso, gracias a tu generosidad, en la casa del barrio
Blanco se lo lee con atención y fruición, aunque muchas veces
no se compartan contenidos ni ropajes idiomáticos.
Para complementar “Parafernalia y ritual inapropiados” y con la
solicitud expresa que no lo hagas público, te incluyo copia de la
carta que escribí al señor rector Parra explicando mi inasistencia
al mal llamado acto académico.
Pues bien:
Parafernalia y ritual inapropiados es un artículo escrito
por «el suscrito» Director y publicado en la página 5 de la edición
de Occidente Universitario Nº 70, que cuestiona la
entronización en la universidad pública de la parafernalia y los
rituales que para los actos de graduación se estila en las privadas,
como en el caso específico y patético del acto del jueves 19 de
octubre del 2006 en el cual la Universidad Francisco de Paula
Santander le confirió un grado honoris causa al defensor del
pueblo, Vólmar Pérez. Cómo sería de patético, que la foto que sobre
el acto publicó en primera plana el diario La Opinión el día
siguiente sugería, no una graduación, sino una fiesta de
Halloween adelantado 12 días.
De otra parte,
«el suscrito» Director agradece la nota de felicitación y
enhorabuena del doctor Pablo Mogollón, pero lamenta que no desee se
haga pública su anexa carta del 14 de octubre del 2006 dirigida al
rector de la Universidad Francisco de Paula Santander explicando su
inasistencia «al mal llamado acto académico» de octubre 19, en el
cual se le otorgaría al Defensor el grado de doctor honoris causa.
Y lo lamenta,
porque considera que más de uno debería leer sus planteamientos
sobre lo que por definición o por esencia es el doctorado honoris
causa, sobre a quiénes corresponde postular los candidatos,
sobre el «peso específico» académico de éstos para merecer tal
postulación, sobre el riguroso proceso de evaluación de los méritos
de aquéllos, sobre a quiénes corresponde aprobar el otorgamiento de
ese honor, sobre el protocolo del acto de investidura respectivo, y
pare de contar, así como su desacuerdo con el hecho de que en
nuestra institución tal acto de investidura, además de nada
autóctono o poco original, bordee lo ridículo.
Más adelante dice
el doctor Pablo Mogollón:
En edición pasada te referiste a Aquiles Nazoa.
[En la edición 66, cuando se incluyó «El pescado de Barranquilla»,
del escritor venezolano. – Nota del Director.] Te incluyo algunos
datos, tomados de aquí y de allá, que complementan la biografía y
valía del hermano bolivariano:
«Aquiles Nazoa
nació en Caracas el 17 de mayo de 1920, en un hogar proletario del
popular barrio de El Guarataro, parroquia San Juan. Obligado
por la pobreza a ganarse la vida desde muy temprana edad, ejerció
los más variados oficios: aprendiz de carpintería, repartidor de
bodega, oficial de repostería, telefonista y botones del recordado
Hotel Majestic, mientras completaba su educación primaria en el
colegio El Buen Consejo y en la escuela Federico Zamora, hoy “19 de
Abril”. A los doce años de edad ya dominaba perfectamente el idioma
inglés, lo cual le permitía desempeñarse como intérprete y guía de
turistas. Convertido en jefe de familia por la muerte de su
padre, a los dieciocho años de edad se traslada con su madre y sus
cuatro hermanos a Puerto Cabello, Estado Carabobo, donde se inicia
en el campo del periodismo como director del diario El Verbo
Democrático, a la vez que trabaja como Guía Oficial en
la Oficina Nacional de Turismo del Ministerio de Fomento. Su
labor al frente de El Verbo Democrático, donde publicó
sus primeros versos, le costó su expulsión del Estado Carabobo y
posterior encarcelamiento por el régimen del General López Contreras.
A partir del momento en que recupera la libertad trabaja en los
diarios Ultimas Noticias y El Nacional,
en los cuales publica su famosa columna en verso “A Punta de Lanza”,
y en el semanario humorístico El Morrocoy Azul. En
1944 viajó a Colombia y recorrió el país mientras escribía en la
revista bogotana Sábado. Posteriormente permaneció un
año en Cuba (1946-47) y a su regreso asumió la dirección del
semanario Fantoches. ¿Te suena? [¿A los que le
«cranearon» al rector los chiros y el «ritual» para lo del
honoris causa del jueves 19 de octubre del 2006? – Repregunta
del Director.]
»En Aquiles
Nazoa se conjugan perfectamente el poeta, el humorista y el
militante revolucionario. Por esta misma razón la dictadura
de Pérez Jiménez lo expulsa del país en 1956. Reside en La
Paz (Bolivia) hasta 1958, cuando la caída del dictador venezolano le
permite regresar para continuar luchando por los derechos del
pueblo, ahora frente a la “democracia”, como lo hizo hasta el día 25
de abril de 1976, cuando encontró la muerte en accidente
automovilístico cerca de La Victoria, Estado Aragua. Las
recompensas más importantes que obtuvo Aquiles Nazoa por su vasta
obra son el Premio Nacional de Periodismo 1948 y el Premio Municipal
de Prosa 1967. Aparte de la mejor de todas las que pueda
recibir un hombre de letras: el eterno reconocimiento de su pueblo».n
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El
auditorio Che Guevara
JAIRO CELY NIÑO, profesor de
la Facultad de Ingeniería de la UFPS.
Lo que sigue
es la reconstrucción de las palabras
improvisadas
la noche del martes 7 de noviembre
del 2006, en
el acto de reinauguración del auditorio
Eustorgio
Colmenares.
Tal reconstrucción responde
a la
insistencia (extra acto, esa noche) de la doctora
Consuelo
Suárez, directora de Servicios Asistenciales,
quien ofició
como maestra de ceremonias de ese acto.
(NOTA
DEL AUTOR.)
Buenas noches.
Hay un verso de
la segunda estrofa del himno de Norte de Santander que me abstengo
de cantar: el que dice que La guerra es nuestro sueño.
Señorita
directora de la oficina de Relaciones Institucionales de la
Universidad Francisco de Paula Santander;
Señora
vicerrectora administrativa;
Señor vicerrector
de Bienestar Universitario;
Señora directora
de Servicios Asistenciales y maestra de ceremonias de este acto;
Señoritas,
señoras y señores:
Como profesor
universitario, uno debe ser honesto con la o el estudiante que hace
en clase la pregunta inesperada. Todo es cuestión de tener humildad
para decirle que no le tiene una respuesta para ya, pero que se la
tendrá para la clase subsiguiente; o para dentro de una media hora,
si lo busca a uno en su cubículo.
Y consecuente con
ese planteamiento, debo ser honesto con ustedes.
Vean: esta
es una publicación modesta e informal, editada en la Universidad
Francisco de Paula Santander. Modesta, porque sus ejemplares salen
de una fotocopiadora y no de una imprenta, y porque su tiraje es de
40 ejemplares, en promedio. E informal, porque no es vocera de la
Rectoría ni de alguna otra instancia directiva, ni de alguna
organización gremial de profesores o administrativos o estudiantes.
Se llama
Occidente Universitario y esto que les muestro es un
ejemplar de su edición Nº 70, del jueves 26 del recién pasado
octubre, día en que tal publicación cumplía cinco años. En la página
5 hay un artículo que es de mi autoría, en el cual comienzo hablando
del jueves 25 de septiembre de 1980, día en que me gradué…
justamente en este auditorio que hoy se reinaugura. Y les voy a leer
el tercer párrafo, que es el origen de por qué estoy aquí. Dice así:
Seis años y
medio antes, cuando ingresé al primer semestre, el único edificio de
aulas tenía el nombre de «Aulas Norte», pero poco después lo
llamaron «Fundadores», en cuyo costado occidental estaba el único
auditorio de ese tiempo, al cual se le decía «El Auditorio» porque
no le habían puesto el nombre de alguien del
notablato
regional. (Porque, obvio: el de alguien del anonimato, jamás
se lo pondrían.)
Una semana
después, en la noche del pasado jueves 2 de noviembre, hubo un acto
académico en el auditorio José Luis Acero Jordán, en el cual se hizo
la «presentación en sociedad» de tres libros escritos: dos de ellos,
por un profesor supremamente veterano; y uno, por cuatro profesores
jubilados, de los cuales uno murió el 21 de noviembre del recién
pasado año.
Al concluir el
acto se me acercó el señor vicerrector de Bienestar y, refiriéndose
al artículo, me expresó su satisfacción por saber que había alguien
que conocía la historia del auditorio Eustorgio Colmenares. Luego me
informó que el próximo martes —o sea, hoy— se reinauguraría este
auditorio, y que me incluiría en el programa para que contara la
historia del Eustorgio. Entonces le acoté:
—Epa, toche: el
que en un párrafo haya mencionado el auditorio, no significa que yo
me sé la historia.
Él, como yo, es
egresado de la Universidad Francisco de Paula Santander, que es la
mejor del mundo y de su entorno. Pero si vamos a la edad, él es un
«chino imberbe» al lado mío, y tal vez por eso me preguntó en cuál
lugar de esta institución conseguiría la historia del Eustorgio.
—Si se pone a
buscarla —respondí— se le acabará la vida y no la encuentra, porque
en esta universidad prácticamente no hay memoria escrita.
—Entonces, loco
—casi me imploró—: vaya el martes y diga dos o tres cosas que
recuerde, y sáqueme del ponche.
No le dije «Sí»
ni «No», lo cual implicaba que mi respuesta era «No», y por eso me
olvidé de todo este asunto. Pero para el doctor Carlos Acevedo fue
un «Sí», porque esta mañana, cuando yo iba a dar la clase de las
diez, me llamó su secretaria para decirme en nombre de él que:
—No se le olvide
el compromiso de esta noche.
—¿De qué demonios
me habla usted? —le pregunté.
—De la
reinauguración del auditorio. En el quinto punto usted contará la
historia del Eustorgio Colmenares.
¿Para qué
discutirle si era la secretaria y no el jefe, y sobre todo, cuando
estaba sobre el tiempo para ir a dar la clase?
Así que por eso
estoy aquí, más encartado que gallina criando patos, por lo cual me
disculpo de antemano pues, como voy a improvisar, me oirán
pendejadas inconexas. Ello me fuerza a hacer un par de acotaciones:
la primera, que me gustaría encajar en lo que dice un chiste bobo,
según el cual la maestra era tan viejita, tan viejita, tan viejita,
que no enseñaba historia sino la recordaba; y la segunda, que el
nombre de Reseña Histórica del auditorio Eustorgio Colmenares,
que tiene este punto del programa, definitivamente es pretencioso.
Pues bien: yo
ingresé a primer semestre en 1974, a comienzo de febrero, cuando
este campus recién se había estrenado. La Universidad se había
trasteado desde el ya para ella incómodo local de la calle 13, que
ocupa desde entonces el Colegio Departamental Femenino de
Bachillerato.
Y en el campus
sólo tres edificios se habían construido: uno de aulas, llamado
Aulas Norte, que desde 1976 se denomina Edificio Fundadores,
y que tiene por anexo este auditorio; el «edificio de Enfermería»,
que así llamábamos entonces; y el edificio de la Biblioteca
Eduardo Cote Lamus. Porque donde se instaló la Rectoría y la
alta burocracia, que llamamos La Casona, ya existía, pues
había sido un club social o algo así.
Pero eso que
llamábamos «edificio de la Biblioteca» era un decir, pues sólo en el
segundo piso existía la biblioteca. Porque en el primer piso había:
al norte, la cafetería de estudiantes; al sur, la oficina de
Registro y Control; al oriente, tres pequeñas aulas y una batería de
servicios sanitarios; y al oeste se hacinaban Texún (que era
una librería), Faproem (que es el Fondo de Ahorro de
Profesores y Empleados), la oficina de Bienestar Universitario y la
oficina de Planeación de Planta Física.
Dentro del campus
había mucho bosque, y sus alrededores eran pura selva. Cómo sería,
que el edificio de la Escuela de Enfermería, que está en el extremo
noroeste de este campus, se me antojaba un islote en medio de un
océano.
Es más: cuando en
mi primer semestre llegaba temprano a clase en la mañana, de cuando
en cuando había culebras en la plazoleta que está frente al
auditorio. Los que sabían más que uno (o que eso presumían) decían
que no eran venenosas. Afortunadamente las encontrábamos muertas,
pues los celadores las habían liquidado y a media mañana las
desaparecían los aseadores. Porque yo, por ejemplo, si hubiera visto
una viva, no le habría preguntado si su mordedura era inocua o
venenosa, sino que le habría dicho a mis extremidades inferiores:
«Paticas, pa’ correr me las pusieron». Y si así obrara «Raimundo y
todo el mundo», pues la Universidad se quedaría sin profesores ni
estudiantes.
Un día de mi
primer semestre que pasé por el costado occidental del «edificio de
la Biblioteca» me dio por detenerme frente a la oficina de
Planeación de Planta Física, porque me llamó la atención una
maqueta. En ella vi que al sur del edificio Aulas Norte había
un edificio llamado Aulas Sur. Así que cuando dos años
después llamaron Fundadores a Aulas Norte, me dio por
suponer que para «el alto mando» la construcción del edificio
Aulas Sur no era más que una quimera, por lo cual para ellos,
según mi percepción: ¿para qué hablar de Aulas Norte, si en
los próximos 500 años no habría Aulas Sur?
En todo caso este
auditorio, tal vez por ser un anexo al edificio Aulas Norte,
nació sin nombre y continuó sin él cuando al edificio Aulas Norte
lo volvieron Fundadores. Y continuaría sin nombre formal u
oficial hasta 1993, cuando nos enteramos de que, de la noche a la
mañana, el Consejo Superior lo había «bautizado»: Auditorio
Eustorgio Colmenares.
Ahora bien: al
oriente de la entrada al auditorio hay una placa de 1976 con los
nombres de los fundadores de esta Institución, y en ella no aparece
el nombre del doctor Eustorgio Colmenares. Luego, ¿por qué le
pusieron su nombre a este auditorio? Debió ser porque en 1968,
cuando él fungía como alcalde, gestionó ante el Concejo la donación
de estos terrenos, y como representante legal del municipio que
hacía la donación firmó la escritura pública con el doctor José Luis
Acero Jordán, quien era el representante legal de la Institución a
la cual benefició la donación.
Pero un viernes,
casi a medianoche, una patota de estudiantes, arrechos por el
inconsulto «bautismo», ingresó al campus como si fueran a una clase,
pues, por la diferencia numérica, los celadores no se atrevieron a
impedirles el ingreso. Luego, unos se encaramaron sobre los hombros
de los otros, y desmontaron y desaparecieron las letras de bronce
del nombre oficial del auditorio, que estaban en el extremo sur del
planchón en voladizo de la entrada. Y el rector de ese entonces, el
doctor Saúl Ojeda Gómez, quien había ordenado poner aquellas letras,
dejó la vaina así; esto es, no le repuso las letras al «escampadero»
de la entrada.
Pero, bueno: si
de 1973 a 1993 este auditorio no tuvo nombre formal u oficial, sí
tuvo uno informal que le fue puesto hace 30 años, casi 31, en razón
de un zafarrancho estudiantil que ocurrió en el primer semestre de
1976, estando yo cursando el quinto semestre de Mecánica.
¿Y a qué se debió
el zafarrancho? O, mejor: ¿quiénes fueron «los chapetones» y «los
criollos», y cuál fue el «florero de Llorente» de ese zafarrancho?
Pues «los chapetones» fueron el rector y su «alto mando», «los
criollos» fueron los costeños y el «florero de Llorente» fue el
«edificio de Enfermería», como lo llamábamos entonces. Tal edificio,
y uno más reciente —que llaman «bloque B»—, colindan con «La calle
del Burro», que es el nombre que a la calle 2ª Norte le pusieron los
taxistas cucuteños, en donde el Burro es para ellos el
alcalde actual de Cúcuta, Ramiro Suárez Corzo, lo cual es una
desconsideración de los taxistas con el noble semoviente.
Yo, como
estudiante de Ingeniería, que tenía mis clases en los amplios
salones del edificio Aulas Norte, nunca me expliqué cómo demonios
las chicas de Enfermería se aguantaban recibir sus clases en los
chiquitísimos cubículos que tiene ese edificio. Porque algo sí era
claro para mí: tal edificio no fue construido para aulas… sino para
residencias de estudiantes «extranjeros»; esto es, para los que no
tenían su hogar en Cúcuta. Y en aquel tiempo los estudiantes
cucuteños de la Universidad Francisco de Paula Santander parecíamos
«poquísimos», comparados con los oriundos de la Costa (la Caribe).
¿Y esa diferencia
poblacional a qué le era atribuible?
Yo la atribuía a
que, como la Universidad Francisco de Paula Santander no era
siquiera «quinceañera», al cucuteño lo deslumbraba la prestancia
centenaria de la Universidad Nacional de Colombia (con sede central
en Bogotá, ¡la capital!), la sesquicentenaria de la Universidad del
Cauca (con sede central en Popayán), la cuasi bicentenaria de la
Universidad de Antioquia (con sede central en Medellín), y que
incluso lo obnubilaba la fama que en Ingeniería ostentaba la vecina
Universidad Industrial de Santander.
Es más: esa
percepción la hacía extensiva al profesorado de carrera, pues, para
mí, los primeros profesores fueron «reclutados» en vez de
contratados. Porque, y aún conservo esa sospecha, era presumible que
un profesional, graduado en alguna de aquellas universidades
prestigiosas, difícilmente le apostaría a entregarle media vida a
una Universidad de la cual podría dudarse de que sobreviviría a la
adolescencia.
Y bien: ¿cuál fue
«la chispa» que prendió el zafarrancho, cuál fue su desenlace, y
cuál fue el nombre revolucionario e informal que se le puso al
auditorio?
(CONTINUARÁ)
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Philosophía canina
JOSÉ RICARDO
CASTILLO CASTILLO,
profesor Titular
emérito de la UFPS.
El loco Sabás,
filósofo salazareño, andaba con un perro entre un costal, el cual lo
cuidaba y celaba como amigo. Cuando el loco se emborrachaba, lo
sacaba del costal, lo amarraba y en una totuma que llevaba le echaba
guarapo fuerte para la sed, y empezaba a hablar. Si el maestro
filosofaba, el perro también. Por esto el loco Sabás, antecesor de
toda liberación humana, solía afirmar, después de 3 totumadas de
guarapo, que:
El hombre,
para ser hombre,
a tres cosas
debe oler:
a aguardiente,
a guarapo
y a cuchufleta
de mujer.
Y el perro, con
batida de cola, aprendía de su maestro.
Sabás era un
reconocido canólogo (filósofo canino), un experto en perrología y en
canepistemología (ciencia perruna), en canpsicología (sicología
perruna) y en cangnoseología (conocimiento del perro).
Entre los libros
que escribió sobresalen dos best sellers:
Diálogos perrunos y Por la plata baila el perro.
Hoy se alista a recibir el doctorado honoris causa en
Philosophia canina o, como él mismo dice, en filosofía perruna,
otorgado por la canuniversidad de la vida, en la que son sus
compañeros: “el loco” Escalante, Ramiro Julio (experto machetólogo)
y José Pío, máster en ciencia y guarapología. Los 3 le jalan a la
poesía y son locos bilingües, pues hablan español y pura mierda.
El loco Sabás, en
su libro Diálogos perrunos, expone la teoría de que la
primera filosofía que el hombre aprendió no fue la griega, ni la de
las culturas orientales, ni la de Protágoras, sino la del perro en
el paraíso, que no únicamente se comía los huesos, como la quijada
del burro con que Caín mató a Abel, sino que se comunicaba con Adán
y Eva y les llevaba la cuerda. Su sabiduría era tal, que sabía
cuándo batir la cola, cuándo lamer, cuándo mirar y cuándo cuidar.
Fue en un descuido suyo, por estar comiendo hueso, cuando el diablo
se metió en forma de serpiente al paraíso y engañó a Eva. Fue por él
que Adán y Eva se enteraron de que Caín había matado a Abel, pues
los llevó hasta la escena del crimen donde él se había comido la
quijada. Esta es la tesis del loco Sabás, que no ha sido comprobada
por sus pares.
Sabás, en su otro
libro, La necesidad tiene cara de perro, afirma que el
perro no habla, pero es un gran compañero y gran guardián; no fuma y
no bebe (bueno, el de él sí; pero guarapo, por lo que las jumas de
su can no son tan caras); se conforma con cualquier hueso, y no
critica ni lleva la contraria. El único defecto que tiene el can de
él es que, cuando se emborracha, habla mucha mierda; es decir, ladra
y caga mucho, pero de ahí no pasa.
Y en ese libro
cuenta una anécdota. Que hallándose un día preocupado por la
situación tan grave de violencia y desempleo, el TLC, la amenaza de
gravar con IVA el guarapo, la para-política, la paraco-cracia, la
corrupción —por la que no más el año pasado se robaron 14 billones
de pesos—, nuestra pobreza franciscana, el hecho de que don Juan
Machete decidió no fiar guarapo, el que sólo el 3% de los
colombianos se beneficia del erario, de los ingresos por el comercio
y de toda la riqueza del país, mientras el resto pasa tragos amargos
para sobrevivir, para levantar lo del guarapo, etcétera, se volteó y
miró apesadumbradamente al perro y éste, riéndose feliz, batió la
cola y dijo:
“Fresco, amo; no
se estrese. Uribe va a ser reelegido 5 períodos más, así que esta
mierda no tiene arreglo. Mejor jartémonos otro guarapo, que está
haciendo mucha sed”.
El filósofo
alemán Arthur Schopenhauer, nacido en Danzig en 1788, escribió
muchas obras. Es considerado el antiidealista. Al escribir sobre el
amor y las mujeres, aclaró que son idealismos que conducen al dolor,
la tragedia, la angustia y la muerte. A él se le atribuye la famosa
sentencia: “Cuanto más conozco a los hombres, más aprecio a mi
perro”.
Y lo mismo dice
el loco Sabás y por eso siempre anda con el perro: porque se
entienden, toman guarapo y comen. Además, el perro no fuma, es
compañía, es agradecido, no es chismoso, no es envidioso ni ingrato.
Porque el loco afirma que muchos amigos recibieron sus favores
cuando él estaba bien. Que esos amigos tenían como único capital una
mano adelante y otras atrás, para tapar sus vergüenzas, y que él les
dio de comer, los ayudó, y esos mismos “amigos” ahora lo desconocen,
hablan pestes de él y se olvidaron de su benefactor. Y dice Sabás:
“A esos amigos que llegaron con cara de perro, les falta la grandeza
del alma agradecida del perro”. Y se zampó otra totumada de guarapo.
Como una de sus
tesis de filosofía perruna plantea que, cuando uno está salado, los
perros lo confunden a uno con una pared y alzan la pata y lo mean,
aproveché y le pregunté por qué el perro alza la pata al orinar.
Entonces no fue el maestro sino su perro el que me contestó:
“Esa costumbre
viene del paraíso. Una vez que el perro de Adán fue a miar al lado
de una pared, hubo un leve sismo y ésta se movió. El perro, para que
la pared no le cayera encima, le puso una pata y desde entonces se
volvió información genética, que se transmite de generación en
generación entre los machos”.
Sabás recordó que
hace poco vio un documental de televisión sobre la vanidad femenina,
que las lleva a someterse a la lipoescultura, la liposucción y a que
les embutan siliconas en sus nalgas y en sus tetas, y hablaron de lo
último en guaracha: la vaginoplastia, que estrecha la vagina
dilatada por el uso para más placer de la dueña y el usuario. “A ese
paso —pensó Sabás—, los homosexuales recurrirán a la anoplastia, en
el entendido de que si un ano dilatado por la penetración penal
regresa a su estrechez original, tendrán más placer su dueño y el
usuario”. Recordó a la Petronila, que se deja montar por dos
totumadas de guarapo, y que no está pensando en vaginoplastia, ni él
en peneplastia o pipiplastia para alargarlo, ancharlo y darle sabor
a caramelo.
De pronto dejó de
filosofar sobre estas güevonoplastias, porque echó de menos a su
perro. Se asomó a la puerta y lo pilló oliéndole el negocio a la
vecina, o sea, a la perra de la vecina, a la que se le montó y, al
cabo de un jurgo de avances y retrocesos del pistón, se apeo. Pero,
como ocurre con los perros y las perras después de tupirle al
miriñaque, quedaron enganchados. Y al ver a su amo en la puerta de
la casa, cogió hacia ésta remolcando la perra de la vecina. Cuando
llegaron a la puerta, el loco Sabás le dijo al perro:
“Echémonos una
totumada de guarapo porque, como dijo mi par, el filósofo de
Rancho’e Pluma:
El mundo es un
mar de mierda
que se debe
cruzar nadando.
El que sabe
nadar lo cruza
y el que no,
se queda tragando.”
“Sí, señor —le
dijo el perro—. Y ofrézcale una totumada a mi consorte de ocasión,
pa’ ver si se le dilata la vagina y me destraba el cardán”.
Esto que han
leído son algunas de las cosas que le pasan al loco Sabás, el
salazareño filósofo canino, quien a fines de este mes publicará su
nuevo libro, Ética sexual exclusiva para canes, que
promete ser el best seller de este fin de año, por lo que les
recomiendo que vayan reservando su ejemplar. Si no, se tendrán que
conformar con comprar una vez más la novena de Chuchito.
(Cúcuta,
noviembre del 2006)
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Videoclips en blanco y negro
CARLOS HUMBERTO AFRICANO (21/XI/06)
Aunque la
siguiente información fue recogida entre octubre y noviembre, no
pierde vigencia.
OTRA VEZ DOÑA
DILIAN PRESIDENTA
En una de las
tantas votaciones que se dan en el Senado, la presidenta doña Dilian
(la de las pantys al revés dizque para la buena suerte) dijo,
para cerrar de una las deliberaciones y proceder a la votación:
“Bueno, entonces los que estén por el SI, votan sí y los que estén
por el NO, votan no”.
OTRA DEL CONGRESO
Como en el
proyecto de ley de reforma tributaria, que pretende grabar con
impuesto todos los productos alimenticios, se les quedó por fuera
algunos, pretenden adicionar y ponerle un impuesto del 10% a las
achiras, a las almojábanas y a los pan de yuca. ¡Qué muertos de
hambre!
¿QUIÉN QUIERE SER
MILLONARIO?
Pues mídasele al
cargo de presidente de ECOPETROL. Se buscan candidatos y las
inscripciones están abiertas. El nuevo sueldo que le fijaron es de
30 millones de devaluados pesos. A pesar de que hay una ley que
impide que un funcionario público pueda tener un sueldo superior al
del presidente de la República, que es poco más de 15 millones.
¡BINGO, BINGO!
Si acepta el
cargo anterior pero le parece poco el sueldo, es porque necesita
mejorar sus ingresos. Dedíquese entonces a vender boletas para los
bingos que viene promocionando Educación a Distancia de la UFPS,
como cualquier colegio de medio pelo. Lo que no pude averiguar es si
pagan comisión.
A los profesores
de esa dependencia les entregaron 10 boletas a cada uno para un
bingo a beneficio de una actividad peregrina. Ah, y no pueden
devolver boletas, sólo plata. ¿Cómo les parece el negocito que
montaron?
IMPUESTOS, MÁS
IMPUESTOS
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