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OCCIDENTE UNIVERSITARIO
N° 72
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Publicación informal, editada en la Universidad Francisco de Paula
Santander (de Cúcuta, Colombia)
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Director-Editor: JAIRO
CELY
NIÑO
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8 pp
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VIERNES
15
DE
DICIEMBRE
DEL
2006
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A MODO DE «EDITORIAL (O ALGO ASÍ)».
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Cuarenta y dos años después de
la
dicha que nos fuera esquiva
Este año, que ya se está acabando, «el suscrito» Director cumplió 25
años de servicio a la mejor Universidad del mundo y de su entorno.
Y excepto por algunos colegas sub-70 que no se han querido
pensionar, «el suscrito» post-50 es uno de los pocos veteranos que
queda en el profesorado de carrera, a tal punto de que está a un año
más dos meses menos dos días de poderse jubilar.
De modo que hace 42 años seguramente nadie del profesorado joven de
carrera había nacido y, si alguno había nacido, todavía no lo habían
«destetado», mientras «el suscrito» Director era un «mocoso» de
apenas once años; o un «chino jodón», como a los menores de edad les
decían los adultos. Y hace 42 años, en 1964, el doblemente
glorioso Cúcuta Deportivo fue subcampeón.
Es más: aunque no para los adultos de ese entonces, para los «chamos»
el doblemente glorioso sí fue campeón durante algunos minutos
de su último partido. Pues la penúltima fecha terminó con el Cúcuta
Deportivo a un punto del arrollador y arrogante Millonarios, con la
desventaja de que en la última fecha el Millonarios jugaría de
local, mientras el Cúcuta debía visitar al Once Caldas.
Y hubo un momento
en que el doblemente glorioso ganaba 3 a 1 en Manizales,
mientras Millonarios empataba en Bogotá. Con esos marcadores los dos
estaban en puntos empatados y, mientras los «chamos» nos hicimos a
la idea de que la diferencia de goles convertiría al glorioso en
campeón, los adultos sostenían que habría un partido extra para
definir el campeón. Lamentablemente el Once Caldas empató, al tiempo
que Millonarios concluyó empatado a cero goles, con lo cual se
convirtió una vez más en campeón.
Un poco más de
tres décadas después, el doblemente glorioso caería en el
ostracismo de la segunda división y durante casi una década quedaría
allí enterrado. Pero el año pasado se ganó el derecho a regresar a
la primera división y, al concluir antier la fase semifinal del
torneo Mustang II, el doblemente glorioso se ganó el
derecho a disputarle al Deportes Tolima, otro equipo provinciano, la
estrella del segundo torneo de este año.
Y aunque en un
partido se pierde o se gana o se empata, para el doblemente
glorioso Cúcuta Deportivo, en esta su «segunda oportunidad sobre
la Tierra», perder no es una opción si quiere llenar el «vacío
emocional» que desde 1964 padece el cucuteño, por lo cual sus
opciones sólo pueden ser las de ganar aquí y por lo menos empatar en
Ibagué. Lo inverso viene a ser suicida; y peor, exponerse a la
«ruleta rusa» de una definición por penas máximas.
Porque el premio
súper gordo, cual es el de disputar el año entrante la Copa
Libertadores de América con los mejores equipos de Suramérica y
de México, ya lo conquistó, como paradójicamente también lo
conquistaron otros dos equipos «chicos»: el Pasto y el Tolima.
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En la asamblea
general de la Asociación de Profesores del recién pasado martes,
alguien le preguntó al señor rector qué pedía en el proyecto de
convención colectiva el sindicato y el aludido leyó algunos
párrafos.
En uno de los
tales se plantea algo así como que el administrativo se convierta
hasta dos horas diarias en docente, y no precisamente gratis. Esto
es, que se le pague las horas que trabajó como docente, sin que se
le descuente esas horas que dejó de trabajar en el cargo
administrativo para el cual fue posesionado.
En la percepción
del «suscrito» Director, tal propuesta tendría un tufillo de ilegal,
como quiera que se iría a recibir doble remuneración por ser al
mismo tiempo funcionario docente y no docente, como si se tuviera el
don de la ubicuidad que los creyentes sólo a Dios le reconocen. (Por
cierto: alguien le comentó a quien suscribe que pareciera que la
propuesta tiene nombre propio. No obstante, se abstuvo de dar el
nombre propio.)
En todo caso,
alguien dijo que «La libertad del puño llega hasta un milímetro
antes de la nariz del prójimo» porque, racionalmente, todo derecho
tiene un límite. Así, por ejemplo: el derecho a protestar no debe
violentar el derecho a la salud mental de otros.
Porque ayer, por
ejemplo, cuando «el suscrito» Director fue a la Torre Administrativa
a recibir las planillas oficiales de las calificaciones de este
semestre que ya se está acabando, se topó con que dentro de la Torre
el sindicato difundía incesantemente música con un volumen
humanamente insoportable y legalmente inadmisible.
Insoportable para
los profesores, por lo menos, quienes, a diferencia de los
funcionarios no docentes, deben sobrellevar el insufrible estrés de
terminación de un semestre.n
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Un
cuento navideño
GUILLERMO
CARRILLO BECERRA,
profesor Asociado
emérito de la UFPS.
gecarril60@yahoo.es
Hans Christian
Andersen,
polifacético escritor danés, nació en 1805 y murió en 1875. Tuvo un
origen muy humilde: hijo de un zapatero y una lavandera, que
escasamente lograban sobrevivir en unas condiciones casi de miseria.
El chico, por ello, medio aprendió a leer y escribir, ya que le tocó
abandonar la escuela para ayudar a sus padres.
Esto no fue
impedimento para sentir un gran amor por la lectura y, a medida que
iba creciendo físicamente, también lo hizo intelectualmente, hasta
lograr ingresar a la Universidad de Copenhague. Allí dio muestras de
su gran talento literario, lo que le valió obtener una beca real (o
sea, otorgada por el Rey; no lo contrario de “ficticio”) para que
iniciara un gran periplo desarrollando una espléndida narrativa
sobre la cultura y las costumbres de los sitios visitados. Crónicas,
cuentos, novelas, guiones de ópera; en fin, un dominio completo de
la expresión literaria. Así fue toda su vida: viajar y narrar.
Y para ponernos a
tono con el ambiente decembrino, he creído conveniente citar, tal
vez, su mejor cuento corto:
LA NIÑA DE
LOS FÓSFOROS
¡Qué frío tan
atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de
Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó
por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.
Tenía, en verdad,
zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho
tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado:
tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la
calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones
opuestas.
La niña caminaba,
pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del
frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de
cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era
muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por
consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha
hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de
nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en
preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos.
Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los
asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en
esta festividad pensaba la infeliz niña.
Se sentó en una
plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se
apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a
presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola
moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía
también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí
con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja
y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah!
¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se
atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a
calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía!
Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la
rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba
sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y
cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de
un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!
Pero todo acaba
en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos
también; mas la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la
mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló
como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo
tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en
que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con
finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas
exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh, sorpresa! ¡Oh, felicidad! De
pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el
pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y
rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se
apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.
Encendió un nuevo
fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico
nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en
aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces
ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y
sonreír a la niña. Ésta, embelesada, levantó entonces las dos manos,
y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y
comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó
trazando una línea de fuego en el cielo.
—Esto quiere
decir que alguien ha muerto —pensó la niña; porque su abuelita, que
era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía,
le había dicho muchas veces: “Cuando cae una estrella, es que un
alma sube hasta el trono de Dios”.
Todavía frotó la
niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de
la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.
—¡Abuelita!
—gritó la niña—. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé
muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de
hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!
Después se
atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la
ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una
claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni
tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en
medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío,
ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.
Cuando llegó el
nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las
mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío
en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con
las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.
—¡Ha querido
calentarse la pobrecita! —dijo alguien.
Pero nadie pudo
saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué
resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los
cielos.
FIN.
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Entierros de ricos y de guaches
RICARDO GARCÍA RAMÍREZ,
profesor Titular emérito de la UFPS.
Les voy a contar
un episodio que muestra de una manera patética cómo en una época
hubo marcadísimas diferencias entre los funerales, según si el
difunto era pobre o era rico.
Resulta que por
allá en el siglo XVIII, las autoridades virreinales tuvieron que
hacer frente a un problema que estaba adquiriendo dimensiones
alarmantes.
Porque los
“acomodados” dejaban un jurgo de morrocotas para sus exequias, por
lo que morían tranquilos sabiendo que sus cuerpos serían enterrados
en templos o conventos y hasta en los atrios de las iglesias. Pero
los pobres y menesterosos, lo mismo que los esclavos y demás
marginados sociales, eran envueltos en costales de fique y arrojados
a fosas comunes abiertas en los extramuros de las ciudades.
Esa costumbre fue
tolerada por las autoridades eclesiásticas y civiles por mucho
tiempo, pero llegó un momento en que por razones sanitarias se
volvió inquietante. No porque al gobierno le preocupara la sanidad
del pueblo, pues, por ejemplo: en esa época el “alcantarillado” eran
zanjas en la mitad de las calles, por las que corrían las aguas
pútridas.
Pero la cosa se
complicó porque ya no había suelo para tanto muerto y, además, la
hedentina era pavorosa. Pues, a pesar de que los sepultureros tenían
cuidado de que los muertos quedaran bien enterrados, había lo que
hoy pudiéramos llamar un “sobrecupo fúnebre”.
Las autoridades
temían que sería difícil hacer entender que era necesario enterrar
los muertos en sitios más adecuados: los que hoy llamamos
“cementerios”. Para colmo, los santafereños ricos creían que si los
muertos no se enterraban en iglesias o conventos, sus almas vagarían
sin descanso eternamente. Así que la administración de entonces
adquirió unos inmensos terrenos por allá en lo que hoy se conoce
como la Estación de la Sabana, para crear un cementerio.
Dicha propiedad
fue bendecida por el arzobispo de Bogotá como camposanto de los
católicos muertos en la gracia de Dios, y tanto la jerarquía
eclesiástica como el gobierno publicaron bandos especiales
anunciando que bien podrían allí enterrar sus muertos más queridos,
con la certeza de que sus almas tendrían la paz eterna; como los
sepultados en templos y conventos. Pero ni siquiera los curas
estaban convencidos de eso, por lo que fue difícil acabar con esa
superchería, y los santafereños de todos pelambres siguieron usando
el hediendo subsuelo de las fosas comunes, las iglesias y los
conventos.
Como ya no cabían
los muertos, arrinconaban a los difuntos más antiguos, trituraban
cráneos y sacaban osamentas a hurtadillas para arrojarlas a los
muladares, con el fin de ganar espacio para asegurarles a sus
padres, hermanos, hijos, y etc., etc. el descanso eterno que no
tendrían en otros sitios. Y muchos curas y religiosas, a pesar de
las prédicas del arzobispo para acabar con esas prácticas, se
hicieron los pendejos por las inmensas limosnas que recibían para
hacerse de la vista gorda y no usar el cementerio al que no creían
tan cristiano.
Ya en la
República este era un problema de orden público, que ni siquiera las
ideas liberales y el cambio radical de las instituciones pudieron
acabar. Ni siquiera la voz del obispo era atendida. Para finales del
siglo XIX, la municipalidad hizo otra intentona para acabar con este
problema y compró otro lote en lo que hoy es el Cementerio Central
de la calle 26, o Avenida Eldorado, para de una vez por
todas convertirlo en camposanto de la ciudad.
Vinieron las
bendiciones, las misas, las consagraciones, las abluciones de agua
bendita para ese nuevo cementerio. A todo esto le siguieron las
presiones de los poderes políticos y eclesiásticos para que los
fieles dejaran de enterrar a los muertos en los templos y conventos,
y desviaran la costumbre hacía esa nueva necrópolis o ciudad de los
muertos. Aun así, los primeros resultados no fueron satisfactorios,
pues sólo algunas familias estaban curadas de la superchería.
Un día murió un ilustre rolo. Después de una misa solemne de cuerpo
presente y un largo sermón, su familia anunció que el cadáver sería
conducido al Cementerio Central. Era el primer acto importante de
acatamiento público a las reiteradas solicitudes de las autoridades
de este y el otro mundo. Luego de un aburrido y extenuante oficio de
difuntos en latín, el selecto cortejo compuesto por la distinguida
sociedad bogotana desfiló hacia el nuevo camposanto. Al final, el
cuerpo del difunto fue inhumado en medio de llantos, pucheros,
discursos y manifestaciones cursis de dolor. Sin embargo, después
del sepelio pasó algo extraordinario.
Resulta que uno de los que habían cargado al difunto, le salió a su
hermano con este cuento: “Yo cargué a ese difunto, y pa’ Dios santo
que el petaco pesaba poco, pa’ lo grande y corpulento que era el
reinoso muerto”. Días después, él y su hermano pidieron la
exhumación del cadáver a la municipalidad, con todas las de la ley,
basados en las sospechas y en el buen criterio del que se preciaba
quien lo había cargado.
Así se hizo y el estupor de los presentes no tuvo límites cuando, al
sacar el cajón y abrirlo, en vez de un cadáver putrefacto y comido
por los gusanos, encontraron unos palos y piedras totalmente
inodoros. Indignadas por la mofa, las autoridades civiles y
militares se dirigieron arrechos a la residencia del obispo a
comunicarle lo sucedido.
El obispo se
encolerizó y se fue hacia el convento de Santo Domingo, donde exigió
abrir la fosa en la que habían enterrado el último muerto. Como el
prior salió con rodeos para no hacerlo, el obispo lo amenazó, por lo
que el fraile encomendó a 3 ó 4 hermanos legos abrir la fosa. Al
remover la loza y la tierra, apareció un cadáver y un hedor
insoportable. Era la muestra irrefutable de que se había perpetrado
el punible acto de contrabando fúnebre. Inmediatamente el obispo
ordenó la inhumación de la carroña en el lugar donde habían sacado
el cargamento de palos y piedras.
Por este hecho
los dominicos fueron castigados severamente por el obispo, y durante
un largo tiempo la Iglesia les negó a la viuda y a los hijos del
difunto el perdón de su pecado. Después de ese tragicómico episodio,
los bogotanos se vieron en la obligación de usar definitivamente ese
camposanto, pues el general Santander, por medio de un decreto,
acabó la inveterada costumbre de enterrar a los muertos en las
iglesias y conventos, imponiendo la sepultura en el Cementerio
Central, que aún existe.n
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FUENTE: El libro
Sucedió en la calle, de Alfredo Iriarte. Intermedio,
2005.
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Modismos Cucutoches (11):
Cúcuta contada
CARLOS HUMBERTO AFRICANO,
profesor Asociado emérito de la UFPS.
Para estos días
de alegría, de diversión y como regalo de Navidad, les dejo estos
divertidos cuentos que corresponden a la primera serie de los
modismos cucutoches.
BÁÑESE CON
ZORRUNO
Tiempos aquellos
en que se tenía el médico en la casa y el remedio a la vuelta de la
esquina. Las nonas cucuteñas, por tradición, fueron los mejores
médicos que yo he conocido. (Todavía quedan algunas que lo siguen
siendo.) Sus remedios caseros eran verdaderas fórmulas mágicas para
cuanto achaque se presentaba. El emplasto de eucalipto, para la tos;
el agua de hierbabuena, para la fiebre; el azul de metileno, para el
mal de tierra; el permanganato potásico, para los hongos; las hojas
de llantén, para las heridas; los cristales de sábila para las
quemaduras; y faltaba más que no nombrara el zumo de paico, para las
lombrices.
Ah, sí, porque
también tenían sus manías. La de mi nona Justina, por ejemplo, era
la del purgante. Cualquier síntoma de mal que yo presentara,
verdadero o supuesto por ella, era motivo para que me recetara un
purgante.
—Este
chino amaneció muy imbombo. Eso es falta de un purgante —decía a
menudo.
—Este
muchacho está comiendo más que incendio en loma seca. Eso es la
solitaria que lo tiene comido —sentenciaba.
—Lo
que le hace falta es un purgante —continuaba.
—Ya
no quiere comer nada este carajito —decía otras veces.
—Eso
es que está lombriciento. Habrá que meterle un purgante —remataba.
Purgante al
terminar el año escolar, para que estuviera bien para las fiestas de
diciembre; purgante antes de entrar de nuevo a la escuela; purgante
en las vacaciones de mitaca, antes de mandarme a temperar al campo.
Y así me recetaba purgantes para cuanto achaque se presentaba o me
veía.
Por supuesto que
la purga era con aceite de quinopodio o con Vermífugo Nacional,
comprado en alguna de las boticas: la Táchira, de don
Dióscoro Méndez God; la botica Americana, de don Numa
Pompilio Guerrero; la botica Lázaro, del señor Lázaro
(Samuel).
De pequeño
siempre me asusté cuando tenía que ir a alguna botica. Todas eran
iguales. Eran lo más parecido a lo que yo creía que era el infierno.
Su olor extraño, que se me hacía como el del azufre; su ambiente
fantasmal, en donde el tiempo se queda detenido; y el nombre bien
extraño de los dueños, que lo asimilaba con el de Belcebú, además de
que, como siempre, era a mí a quien le tocaba hacer el mandado
de comprar los purgantes. Con el terror que ya llevaba por lo que
nos esperaba al otro día, que era el de la purga, me dejaron esa
sensación de que entraba a los mismísimos infiernos.
El día de la
purga era todo un espectáculo de circo. (Que será narrado en otro
cuento).
Pero también,
nuestras nonas eran expertas en formular baños y agüitas para toda
suerte de males y achaques, tanto del cuerpo como del alma. De
eucalipto y limoncillo, para la gripe; de hierbabuena, para la
fiebre; de caléndula, para el mal de estómago; de toronjil y
valeriana, para los nervios; de naranjo, para el descanso; de
cidrón, para dormir; de mirto, para espantar los malos espíritus; de
pétalos de rosa, para el amor; y el baño de las siete yerbas (ruda,
altamisa, geranio, albahaca, mirto, estragadera y, desde luego,
zorruno, como elemento principal), para la buena suerte.
El zorruno es
plantica muy común en esta región. Como no soy biólogo, no sabría
decirles si pertenece o no a una familia vegetariana aristocrática,
como las solanáceas o las papaveráceas.
Tal vez por lo
común, o porque el nombre no es muy sonoro, de aquel baño de las
siete yerbas, lo que uno recuerda para espantar la mala suerte es un
bañito de zorruno. (Los nombres de las siete yerbas me los dio un
amigo yerbatero del mercado “Cenabastos” a quien consulté). De modo
que cuando alguien se queja de que le cayó pava, le va mal en
los negocios, en el amor o ha sufrido continuas desgracias, la
fórmula no es sino una: báñese con zorruno, para espantar la mala
suerte.
Pero como todo se
moderniza, en la época en que San Antonio (del Táchira, Venezuela)
era la vitrina de la China y de la Cochinchina, llegó a esta
tierras, desde aquéllas, un perfume para dama: el kariakito morado,
cuyo gancho publicitario era “para la buena suerte”, que además,
decían, era extraído del té. Gente crédula se comió todo el cuento
y, como en Cúcuta no hay té, pero sí una plantica muy parecida de
hojas menudas y con una flor de color morado, resolvieron darle a
esa matica el nombre de kariakito morado. Ahora el dicho “Báñese con
zorruno”, que puede sonar un tanto ordinario y muy seguramente por
el snob de lo nuevo, fue cambiado por: “Báñese con kariakito
morado para que espante la pava”.
SE QUEDÓ CON
EL BURRO ENFLORADO
El cucuteño no
tiene frustraciones, no se achicopala (palabra que tomamos del cine
mexicano) ante aquellos embates del destino. Con su fino humor,
rápidamente se repone; y con su mamadera de gallo, sencillamente
dice que: se quedó con el burro enflorado.
La
expresión debería ser de San Antero (departamento de Córdoba), donde
se realiza el “Festival del Burro” y se premia a la burra mejor
adornada y al burro mejor dotado.
Este
dicho es bastante antiguo y, por lo que parece, en alguna época
anterior, tal vez en las fiestas julianas, aquí en Cúcuta ocurría lo
que en San Antero. Probablemente alguien adornó un burro para las
fiestas pero no puedo ir y, entonces, con la gracia sutil del fino
humor cucuteño, enseguida le sacaron el dicho y con sorna le
dijeron: se quedó con el burro enflorado.
Era
la época en que había cabras y burros en Cúcuta (de cuatro patas,
claro; porque, de dos, los sigue habiendo).
Los
últimos burros que se vieron en Cúcuta fueron los de Luis Enrique
“la Marrana”. Salía todos los días desde su casa en el barrio
Magdalena, con su recua de burros cargados de carbón de leña, a
recorrer la ciudad, ofreciéndolo. En las tardes, después de la venta
y con el producto de ella, paraba en cualquier tienda de alguno de
los barrios de occidente a tomarse unas amargas. Se pegaba unas
perras del carajo. Lo curioso es que Luis Enrique despachaba los
burros desde donde estuviera y los muy vergajos llegaban sin
desviarse a la casa del barrio Magdalena. Todos conocían la recua de
burros y nadie osaba robárselos. Algunas veces le hacían la broma de
escondérselos para ver a “la Marrana”, desesperado, recorrer las
calles en busca de sus burros. Podía ocurrir que por averiguaciones
los encontrara, o que por la angustia de su dueño, se los soltaran.
Entonces, el reencuentro era un idilio de tórtolas. Si esto no
ocurría, Luis Enrique los llamaba y los burros le contestaban. Como
par de enamorados que han sufrido una cruel separación por culpa de
unos insensibles al amor, los lamentos eran doloridos y, cuando se
reencontraban, eran reemplazados por idílicos rebuznos.
Todo
el bochinche empezaba cuando a la patota de zánganos les daba la
ventolera de querer echar un cacheteo en burro. Trataban de
embozalar alguno para montarlo, pero qué va: los burros eran muy
ariscos. Era imposible acorralarlos. Tiraban pata a lo desgualetado.
El griterío que se armaba era fenomenal: “¡Atájenlo, que se va!”,
“¡Agarren a ese!”, “¡Cuidado, que lo patea!”. Si alguien lograba
agarrar uno y montarlo, era todo un espectáculo de rodeo, por lo que
era mejor dejarlos ir. Salían desmachetados, con el griterío de la
muchachada detrás. Con lo desgaritados que iban, fácil era que ellos
mismos se metieran en la boca del lobo de un garaje o de un taller
de mecánica al aire libre, de los muchos que había en los barrios de
occidente. En ese momento la misión cambiaba de objetivo: el
cacheteo se convertía en un “secuestro de burros”. La patanería era
fenomenal. Todos en el barrio, donde ocurría el espectáculo, salían
a patiarse la pernicia y ayudaban con sus gritos: “¡Déjenlos ir!”,
“¡Los van a matar!”. Y no se sabía si los posibles muertos eran los
muchachos o los burros y naturalmente, con ese estruendo, todos
sabían dónde estaban los burros, así que a Luis Enrique le era
relativamente fácil encontrarlos.
Hoy
la expresión “Se quedó con el burro enflorado” se usa en un sentido
figurado, pero con el mismo dejo bromista, cuando un evento,
previsto y seguro, no se puede realizar. Así, en Cúcuta no existen
los crespos hechos, sino burros enflorados. Al novio o novia que no
le cumplen la cita, se queda con el burro enflorado. Si llueve y no
puede salir al parrandón, su mujer le dice: “Te quedaste con el
burro enflorado”. En Cúcuta, la novia a la que no se le apareció el
marrano para echarle la soga al cuello, no la dejan plantada:
simplemente se queda con el burro enflorado. Y en esta ciudad ningún
político se quema después de las elecciones, sólo se queda con el
burro enflorado; como se quedaron Chuky, el muñeco diabólico
(un tal Juan Manuel), y los opositores de Hugo Chávez Frías.
Pero,
¿quién no se ha quedado con el burro enflorado alguna vez? En
Colombia han sido fenomenales los burros enflorados. El general
Rojas Pinilla se quedó con el burro enflorado cuando, el 19 de abril
de 1970, según el comentario popular, entre Carlos Lleras Restrepo y
el tigre Noriega le tumbaron las elecciones para presidente
en favor de Misael Pastrana Borrero. Al hijo de éste, el delfín
Andrés, como novia fea, lo dejó Tirofijo con el burro
enflorado. Que mal se veía, como bobo sin mama, solitario en la mesa
del Caguán.
Grandioso burro enflorado fue el Maracanazo, de
Brasil. Se estrenaba el estadio “Maracaná”. Era la final del
campeonato mundial de fútbol de 1950 entre Uruguay y Brasil. Se daba
por descontado que Brasil sería el campeón. Se dice que hasta la
copa Jules Rimet estaba marcada con su nombre. En un
excitante partido, Uruguay le ganó por marcador dos a uno. Cuentan
que el estadio quedó vacío antes de terminar el partido y que a los
uruguayos les tocó recoger la copa, solos.
(Cúcuta,
noviembre de 2006.)
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Jesucristo
HUGO ALBERTO PORTILLA DUARTE,
profesor Titular emérito de la UFPS.
La celebración en
el mes de diciembre de la natividad de Jesús, el hijo de Dios, es
una tradición muy hermosa. En el último mes del año todo es
celebración y alegría. Los pobres, los de clase media y los ricos,
todos, en la medida de sus capacidades, gastan dinero en regalos,
trago, ropa y comida. La idea es pasar unos momentos alegres para
mitigar un poco los sinsabores vividos en el año que expira, porque
los ratos amargos han sido muchos y siguen creciendo. ¿Pero qué
sabemos de Jesucristo, más allá del niño Dios, de lo que dicen las
letras de los villancicos o los relatos orales de nuestros abuelos?
Mucho se ha
escrito, mucho se ha dicho, y mucho se ha estudiado, a favor y en
contra de este Hombre, acerca de su origen, acerca de su nombre y su
obra. Muchos lo han combatido o lo han exaltado. Cantidades le han
creído. Otros han puesto en duda todo acerca de Él, pero la verdad
es que han pasado ya 20 siglos y aún sigue siendo motivo de
discusión o controversia o veneración. Y es que Jesús, no sólo por
lo que los hombres han dicho o hecho a su nombre, sino por lo que Él
mismo dijo e hizo en cumplimiento de la palabra de Dios escrita
antes de su venida (Antiguo Testamento) y lo que se escribió después
de venida (Nuevo Testamento), es el Hombre que ha partido la
historia en dos: antes de Cristo y después de Cristo.
¿Cuánto conocemos
de Jesús, nuestro amigo íntimo?, pregunta el padre Alfonso Llano, S.
J., quien en reciente entrevista al periódico El Tiempo
confesó que ha leído más de cien libros sobre Jesús. Y es
sorprendente que a través de esta cantidad de libros escritos sobre
el Divino Maestro, el común denominador ha sido que Jesús es el
hombre más grande que ha pisado este planeta.
Aprovechando
estos días de diciembre y el espacio que me brinda Occidente
Universitario, presento a ustedes, queridos amigos, para su
reflexión, algunos comentarios sobre Jesucristo, extractados y
resumidos de libros como Un hombre sin igual, Jesús el hombre que
cambió el mundo, de Hill Brilhgt y Más que un carpintero,
de Josh McDowell, que nos ilustran sobre las evidencias que prueban
la divinidad de Jesús como hijo de Dios. Y es que a pesar de la
frialdad religiosa del mundo actual, uno encuentra manifestaciones
en todo el orbe que expresan el entusiasmo por Jesús, su vida y sus
enseñanzas. En especial hoy, cuando se agudiza la división política
y social del mundo, con polarizaciones de derecha e izquierda, bajo
conceptos encontrados sobre lo social, debemos recordar que Jesús ha
sido reconocido como el más grande revolucionario de la historia, en
donde lo social fue lo más importante en sus hechos.
Si alguna duda
tienes sobre Jesús, reflexiona, amigo, sobre las siguientes
apreciaciones que lo hacen el hombre más grandioso que jamás haya
existido:
? Las
profecías sobre su venida como el Mesías fueron precisas y exactas;
Lo que
Él mismo se atribuyó fue extraordinario y sin precedentes;
? Su
nacimiento fue único;
Su niñez
no tuvo paralelo;
Sus
enseñanzas fueron innovadoras y transformaron vidas;
� Su
muerte fue sacrificial y necesaria;
� Su
resurrección ha sido el evento histórico más revolucionario;
� Su
influencia sobre personas y naciones a través de los siglos ha
cambiado el mundo.
Para reforzar
todo lo anterior conviene citar algunos conceptos importantes sobre
Jesús, emitidos por líderes mundiales de todos los tiempos. Napoleón
Bonaparte dijo, en diálogo con el general Bertrand, “Todo lo de
Cristo me asombra, su temple me infunde respeto y su voluntad me
confunde… Él es verdaderamente un ser único. Sus ideas
y sentimientos, la verdad que predica, su manera de convencer, no
pueden ser explicadas por organizaciones humanas ni por ninguna otra
cosa”. Bonaparte hizo énfasis en que líderes como Alejandro,
César, Carlo Magno y él mismo, habían creado imperios con base en la
fuerza, mientras que Jesucristo creó su imperio sobre el amor, y tan
es así, que millones de gentes morirían por defenderlo.
Para nosotros,
universitarios de las ciencias sociales y exactas, agrego dos
importantes conceptos. Blas Pascal: “Jesucristo es el centro de
todo y la meta hacia la cual todo se dirige”. Fedor Dostoyevsky:
“(…) hasta ahora, ni las sutilezas ni el ardor de sus corazones
han sido capaces de crear un ideal del hombre y de la virtud que
supere el ideal dado por Cristo desde antaño”.
Y ahora, si algo
faltaba para evidenciar la divinidad de Jesucristo, le recomiendo
remitirse a cualquier Biblia para confrontar las profecías sobre el
nacimiento de Jesús. Y cuando digo “cualquier Biblia”, estoy
manifestando un profundo respeto por el ecumenismo religioso,
enfatizando que existe un solo Dios verdadero. Y si lees un libro
sagrado sobre ese Dios con el corazón lleno de amor, todo lo que
allí leas tendrá la verdad de Dios para tu mente y tu corazón.
PROFECÍAS DEL
NACIMIENTO DE JESÚS
–––––––––––––– ––––––––––––––– ––––––––––––––––
DEL ANTIGUO
DETALLES DE CUMPLIMIENTO
TESTAMENTO
LAS PROFECÍAS EN JESÚS
–––––––––––––– ––––––––––––––– ––––––––––––––––
Génesis 12:1-3
Descendiente de Mateo 1:1
Abraham Lucas
3:34
Mateo 1:2
Génesis 49: 10
Descendiente de Lucas 3:33
la tribu de Judá
Miqueas 5:2
Nació en Belén Lucas 2: 4, 5, 7
Daniel 9:25
Tiempo de su Lucas 2: 1-2
Nacimiento
Isaías
7:14 Nació de una Lucas 1:26-31
Virgen
Isaías
9:7 Heredero del Lucas 1:32-33
Trono
Jeremías 31:15
Matanza de Mateo 2:16-18
los niños
Ósea 11:1
Huida a Egipto Mateo 2:14-15
–––––––––––––– ––––––––––––––– ––––––––––––––––
Al respecto,
Peter W. Stoner, profesor de matemáticas y astronomía, explica que
las posibilidades de que las anteriores profecías se cumplieran en
una sola persona es de 1 en 10 elevado a la 17 (1 en 1017)
¡Imagínese un 1 seguido de 17 ceros! Existen otras profecías
referentes a Jesús como Mesías prometido, pero sólo he citado ocho
de las más conocidas por nosotros.
Ahora bien,
ninguno de nosotros ha escapado en algún momento de su vida de
hacerse preguntas como: “¿Quién soy?”, “¿Por qué estoy aquí?”, “¿De
dónde vengo?”, “¿Para dónde voy?”. Este tiempo de Navidad es
especial para repasar las citas bíblicas referenciadas anteriormente
y encontrar en ellas respuestas a las preguntas enunciadas.
Reflexione, estimado lector, alrededor de Jesucristo, su vida y, muy
especialmente, sus enseñanzas.
Estoy seguro de
que tu paz interior se enriquecerá, traduciéndose en acciones de
amor, comprensión y justicia social.n
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El
auditorio Che Guevara
(CONTINUACIÓN)
JAIRO CELY NIÑO, profesor de
la Facultad de Ingeniería de la UFPS.
No recuerdo
cuántas veces los costeños le pidieron al rector el «edificio de
Enfermería» para alojarse, pero fue como hablarle a una pared. Así
que un viernes, antes de los primeros previos del primer semestre de
1976, se lo tomaron.
El rector se hizo
el toche el resto de ese viernes, y todo el sábado y domingo, pero
en la madrugada del lunes llegó con la Policía al edificio. Y se
dijo que el rector la comandaba y que era obedecido por el oficial
que debía comandarla.
También se dijo
que el estudiante que fungía de vigilante y que disponía de un
megáfono para «cantar la zona» si había algún peligro, se durmió, y
que lo despertó el raponazo que del megáfono le hizo el oficial, a
quien el rector le dio la orden de: «¡No deje que ese chino grite!».
Luego, dizque le ordenó desalojar a los costeños sin permitirles
llevarse sus corotos. Y después, que mantuvieran sitiado el
edificio.
Yo llegué antes
de las siete de la mañana de ese lunes, y me llamó la atención un
gran mural recién pintado en la sección plana —pues la restante
tiene un enchape acanalado— de la pared occidental de la Decanatura
de la Facultad de Ingeniería. El mural era el busto de un militar
con tres estrellas y tenía un letrero arriba que decía:
El general
Botello invadió la U.
¿Y quién era el
tal «Botello»? Pues les paso este dato: el rector era el doctor
Senén Botello, quien murió, si no recuerdo mal, en este mes hace un
par de años.
Casi
inmediatamente después un condiscípulo costeño comenzó a informar,
abocinando sus manos sobre su boca ante la carencia de megáfono, de
lo ocurrido en la madrugada de ese lunes, que las clases estaban
suspendidas y que habría una asamblea estudiantil a las ocho de la
mañana en el único auditorio de ese tiempo: este, que hoy se
reinaugura.
En la asamblea se
acordó realizar una marcha desde el campus hasta la antigua sede de
la calle 13, en la cual estaban todavía los laboratorios y los
salones de las clases de dibujo. Tal movilización sería a las cuatro
de la tarde y, en medio del entusiasmo por salir a protestar,
alguien tuvo la lucidez de preguntar si se tenía autorización de la
Alcaldía, «Porque estamos en estado de sitio, compañeros».
«Este país está
en estado de sitio desde abril de 1948 —dijo alguien—, cuando la
oligarquía ordenó matar a Gaitán. Así que si solicitamos
autorización para la marcha, nos mandarán a comer toche el alcalde y
sus secuaces».
Esa tarde sólo
había, a modo de estandarte o de pendón, una pequeña tabla con un
listón en la mitad para llevarla levantada, del tamaño aproximado de
media cartulina, en la cual dibujaron el busto de un militar con una
jineta en cada manga y un letrero abajo que decía:
El cabo
Botello invadió la U.
O sea que, en
unas ocho horas, lo miniaturizaron y lo degradaron de general de
tres estrellas a casi un dragoneante.
La marcha avanzó
sobre la Avenida Gran Colombia y tomó la calle 10. El «plan de
vuelo» era llegar hasta la avenida sexta, tomarla y llegar a la
consabida calle 13. Pero al llegar a la avenida quinta nos topamos
con que dos camiones llenos de policías anti-motines —que entonces
se autodenominaban «FD»— nos estaban esperando. Sólo el oficial se
había apeado, y sea decir que yo iba detrás del estudiante de la
tabla, que era un compañero mío de carrera.
Como nosotros «no
le comimos cuento» a la amenaza, el oficial se puso delante del
compañero de la tabla y, caminando hacia atrás, le dijo que nos
dispersáramos porque la marcha no tenía autorización de la Alcaldía.
—No, señor: esta
joda terminará en la calle 13 —le dijo el compañero, enervado por el
«cacho» de marihuana que había prendido al inicio de la marcha.
—¡Disuélvanse o
los disuelvo! —le dijo el oficial.
—¡Haga lo que le
dé la puta gana y «quite diahi»! —le respondió el compañero,
alargando el paso.
Para que el
estudiante no se lo llevara por delante, de una zancada el oficial
saltó de la calle 10 al Parque Santander, hizo una seña hacia la
esquina y toda la tombamenta, con bolillo, escudo y casco, se apeó y
marchó hacia nosotros, alcanzando a los de la cabeza de la marcha
cuando llegábamos al edificio Agrobancario. Una voz gritó de pronto:
«¡Cantemos el Himno Nacional pa’ que se pongan firmes esos
hijueputas!».
Y a cantar se
dijo. Pero mi tombamenta como que no era muy «patriota» —como dirían
los presidentes Bush y Uribe Vélez—, porque siguió marchando
tratando de sitiarnos, y a quienes íbamos adelante nos arrinconó
entre la Caja Agraria y el Banco de Colombia, por lo cual el dueño
de cada uno de los almacenes que había entre la Agraria y el
Colombia giraba desesperadamente la manivela que recogía y extendía
la puerta metálica enrollable. Cuando la tombamenta iba a comenzar
su carnaval de bolillazos, una voz gritó: «¡A correr!».
Nadie esperó a
que alguna pistola de aire comprimido diera la largada, sino que:
«Paticas, ¿pa’ qué te tengo?». Y les cuento que yo debí batir algún
registro olímpico, porque un parpadeo después —o eso creo, todavía—
me encontré en La Manino, a casi nueve cuadras del Parque
Santander.
No recuerdo
durante cuántos de los días subsiguientes hubo, aquí, asamblea
estudiantil. Como éramos como la décima parte del actual
estudiantado presencial, casi todos cabíamos aquí, apretujados. Y en
la mesa moderaba un fornido negro, a quien se le trababa la lengua
cuando hablaba emocionado o emp… iedrado, y otro costeño hacía de
relator.
Las proposiciones
llegaban manuscritas a la mesa, y el moderador mentalmente las leía
y las pasaba al relator, quien en voz alta las leía. Y en una de
tales asambleas, tras leer mentalmente una propuesta, el moderador
pegó un berrido:
—¡Yo también voy
a hacer una propuesta! Que si se propone crear un comité, y eso es
aprobado, el comité lo coordinará el proponente.
—¡Buena esa,
compañero! —exclamó el «populacho».
—Entonces,
compañero —le dijo el moderador al relator—: termine de leer esa, y
lea esta.
El relator
terminó la lectura interrumpida y dicha propuesta se votó. Luego
leyó la subsiguiente: «Crear un Comité Molotov que fabrique
quince bombas. El comité las hará explotar así: tres en la Alcaldía;
tres en la Gobernación; tres en la Catedral; tres en la Estación
Cien, de Policía; y tres en el Grupo Maza, del Ejército».
Este auditorio
enmudeció, pero de pronto un aterrizado preguntó: «¿Quién es el
ponente?». El relator leyó el nombre, que me abstengo de mencionar
en esta intervención; no tanto porque fue mi compañero de carrera,
sino porque murió en condiciones deplorables hace algunos años.
—¿Y dónde está
ese man? —preguntó el moderador.
—Cuando se aprobó
que el ponente de crear un comité lo presidiera —dijo alguien—, se
puso más blanco que una yuca y se hizo el toche y se escurrió. Debe
estar llegando a la Avenida Guaimaral.
De más está decir
que hasta ahí llegó tal proposición. Pero hubo otra que, aduciendo
que como este auditorio no tenía nombre y que «La memoria de los
mártires de la revolución de América Latina debe honrarse», proponía
que a este auditorio se lo llamara: «Auditorio Che Guevara».
Y se aprobó por
aclamación apoteósica.
En el entretanto,
el rector reunió el Consejo Directivo, que decidió emplazarnos a que
entráramos a clase, empapelando con el «edicto» cuanta pared había
en el campus, difundiéndolo por varias emisoras y publicándolo en
dos periódicos de entonces: el Diario de la Frontera y La
Opinión. Pero nosotros, que la pasábamos aquí, no nos asomamos a
las aulas.
Unos días después
de aprobado aquel emplazamiento, el rector repitió la reunión, que
adoptó la misma decisión, le dio la misma difusión y nosotros le
opusimos la misma reacción. Entonces, otros días después, declaró el
semestre cancelado. Y cuando lo reiniciaron en el segundo semestre
de 1976, pagando nuevamente la matrícula, fueron pocos los costeños
que volvieron. Pero, también, el rector no volvería a La Casona;
o sí, pero no como rector.
Pues bien: en
este auditorio han habido misas, velaciones de difuntos,
graduaciones, recitales, conciertos, danzas, títeres, teatro y, en
general, actos académicos. Como el que comenzará mañana miércoles:
el séptimo simposio de Biotecnología, que académicamente
reinaugurará este auditorio, ya que lo de esta noche es la
reinauguración protocolaria.
Pero el «bololó»
del que este auditorio fue escenario en el primer semestre de 1976,
fue la inauguración de zafarranchos. Porque ha continuado y
continuará habiendo zafarranchos. Ya de profesores, o
administrativos o estudiantes.
Recuerdo uno de
finales de 1989 de la Asociación de Profesores por reivindicaciones
salariales, a las cuales los administrativos adhirieron. Y aquí, en
una asamblea biestamentaria, se aprobó una marcha a La Casona
y se elaboraron las consignas del trayecto. En una de ellas el
speaker preguntaba: ¿Quién tiene la Universida’l revés? Y
el «populacho» respondía: ¡Andrés! ¿Y quién era el tal
«Andrés»? Pues les paso este dato: el rector era el doctor Andrés
Entrena.
En otra, el
speaker preguntaba: ¿Quién en Planeación la embarra? Y el
«populacho» respondía: ¡Héctor Parra!, quien era el director
de Planeación, que estaba en el Bosque Popular.
En otra, el
speaker preguntaba: ¿A quién hay que moverle el banquito?
Y el «populacho» respondía: ¡A Publio Quito!, quien (en paz
descanse) era el secretario general. Pero al ingresar a La Casona,
en cuyo primer piso estaba, entre otros, la Secretaría General, el
speaker se escachó y preguntó: ¿A quién hay que moverle la
silla? El «populacho» enmudeció, miró la fotocopia de consignas
y ahí no estaba esa pregunta. Entonces el colega Pedro Rojas (que en
paz descanse) respondió: ¡A Publio Chinchilla! Alguien
preguntó: ¿Y quién es ese man? Y Pedro respondió: No lo
conozco, pero rima.
En otra, el
speaker preguntaba: ¿Quién por su ausencia brilla? Y el
«populacho» respondía: ¡Hugo Portilla!, quien era el único
vicerrector de aquellos tiempos. Al llegar al segundo piso, frente a
la puerta del despacho del rector, el speaker despachó una
vez más la de quién tiene la Universida’l revés. En ese momento el
rector abrió la puerta y, como vimos al vicerrector detrás de él, el
speaker decidió despachar una vez más la de quién por su
ausencia brilla. Pero se escachó y preguntó: ¿Quién por su
presencia brilla? Lógicamente el «populacho» enmudeció por no
tener esa pregunta en el libreto, mientras ¡sí que «sacaba pecho» el
Hugo Alberto!
Es más: en este
auditorio hubo hasta una empelotada. Y no de Antanas Mockus, sino de
una chica «estriptisera».
Resulta que en
agosto de 1999 había en Bogotá un evento de Ingeniería Electrónica,
latinoamericano y nacional, y unos estudiantes querían asistir pero
no tenían todo el dinero requerido. Como a un par de chicas les
pareció mendicante pasar el sombrero en los salones, optaron por
montar en este auditorio algún evento llamativo y cobrar por
presenciarlo, aspirando a que las utilidades compensaran el
faltante.
Y para que fuera
llamativo, ellas contrataron a una de las «recreacionistas visuales»
de un empelotadero nocturno del Centro Comercial Bolívar, cuyos
«estriptís» sólo lo puede disfrutar el post-cincuentón de estrato 5
en adelante. Porque al de menor estrato, cuyos ojos requieran de un
«recreo», le toca ir a algún burdel; como aquel El Partenón,
del sector «La Guayabera», que antaño era una de las zonas de
lenocinio de la «plebe», porque la «jaig» tenía La Ínsula.
Cuando las dos
estudiantes pidieron prestado este auditorio, el primero que se fue
de nalgas fue el vicerrector de Bienestar y luego, la directora de
los coros. Y hubo una especie de Archicofradía de Santa No Sé Qué
que llenó nueve páginas con firmas, exigiéndole al rector que no se
prestara el auditorio. (Sobre eso escribí un artículo que se publicó
en la revista Huella Humanista, que no llegó a su séptima
edición.)
Ante tantas
vestiduras «desgarradas», las dos estudiantes me buscaron. No porque
yo tenga encanto irresistible o cara de galán, sino porque era el
presidente de la Asociación de Profesores, y supusieron que el
rector sería conmigo receptivo si yo intercedía por ellas ante él. Y
el doctor Patrocinio Ararat fue tan receptivo, que autorizó lo que
había denegado su escandalizado vicerrector de Bienestar.
Y les cuento una
infidencia: las dos estudiantes de Electrónica le reportaron a la
Vicerrectoría de Bienestar que yo sería el maestro de ceremonias de
tal empelotada. Como eso fue «a mis espaldas» —como dijo el
presidente Ernesto Samper, protagonista del «escándalo ocho mil»—,
entendí lo de animador de la velada como de forzosa aceptación, por
lo cual doy fe —como dicen los notarios— de que, en últimas, la
chica no se empelotó. Apenas sí quedó en pantaletas y sostén, pese a
lo cual los asistentes disfrutaron el «stríper» a rabiar. Eso
ocurrió la noche del jueves 24 de junio de 1999, y los estudiantes
interesados pudieron ir al evento de agosto en Bogotá.
En fin: esas
cosas no ortodoxas que en este auditorio han ocurrido, volverán a
ocurrir de cuando en vez porque esta Universidad es estatal. Pues,
según mi percepción, la privada es confesional porque la «inspira»
una ideología o una religión, mientras la pública es por esencia
liberal. Entendido «liberal» en el sentido amplio del vocablo, y no
con la connotación politiquera o partidista con que lo entiende
mucha gente.
Después de todo,
o así es mi percepción, al puritanismo y la ortodoxia los deben
subvertir las universidades estatales. Porque no creo que lo hagan
las privadas, o un seminario o un convento. Por eso, un auditorio de
una pública es, o debe ser, un foro anti-ortodoxo, pluralista y
tolerante.
Muchas gracias.
n
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POST-SCRIPTUM
1. La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y
cómo la recuerda. (Epígrafe de Gabriel García Márquez en su
libro de memorias: Vivir para contarla.)n
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POST-SCRIPTUM
2. Desde cuando la UFPS tuvo al fin su campus, el «seis» ha sido un
año mágico: en el primer semestre de 1976 hubo el zafarrancho
ya descrito, por el que mis condiscípulos y yo «perdimos» el
semestre, y el rector perdió la Rectoría; en el primer semestre de
1986 se inauguró Ingeniería de Sistemas y hubo el zafarrancho contra
un profesor de Ingeniería, que devino en la cancelación de ese
semestre (menos para los debutantes de Sistemas, quienes no le
jalaron a ese bonche), y en la salida del profesor y del rector; en
el primer semestre de 1996 Ingeniería Electrónica fue inaugurada; y
en el segundo semestre del 2006 el «Auditorio Che Guevara»,
que ha sido el escenario de cuanto zafarrancho ha derivado en
epílogos traumáticos o al menos en sacudir la «calma chicha», fue
reinaugurado. (Por cierto: un colega emérito sostiene que, si el
auditorio fue reinaugurado, también debió ser renombrado.)n
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Libertad de cátedra
La libertad de
cátedra es la expresión de una libertad científica y académica
derivada de la autonomía universitaria. Constitucionalmente, sin
embargo, es un derecho fundamental regulado con plena independencia
a la autonomía universitaria, recogido de forma autónoma en el
artículo 27 de la Constitución Política de Colombia.
La libertad de
cátedra se define como un derecho fundamental que comprende dos
vertientes:
(a)
Desde el punto de vista institucional, se trata de la potestad de la
universidad para decidir el contenido de la enseñanza que imparte,
sin sujeción y bajo plena autonomía con respecto a lo dictado por
poderes externos a ella y con la salvedad de la materia reservada al
Estado (Garantía Institucional).
(b)
Desde el punto de vista individual del docente, se trata de la
facultad del personal docente e investigador de expresar sus ideas,
pensamientos y opiniones en el ámbito institucional (a través de la
docencia, o mediante publicaciones, o en círculos institucionales,
etc.) permitiendo la coexistencia de diversas corrientes de
pensamiento que permitan que la universidad esté conformada por
foros de discusión abierta sin tendencias ideológicas
predeterminadas.
La libertad de
cátedra garantiza que al docente no se le pueda censurar y posee
límites en lo que respecta al derecho al honor, la intimidad, el
derecho a la imagen y los derechos de la juventud y la infancia.
Por un lado, este
derecho implica la facultad del docente para resistirse a cualquier
mandato de dar a su enseñanza una orientación ideológica determinada
(la libertad de cátedra no es compatible con una doctrina o ciencia
oficiales) y, por tanto, consiste en la posibilidad real de expresar
sus ideas y convicciones en relación con la materia que imparte. Y
por otro lado, este derecho implica la capacidad de difundir
libremente sus pensamientos, ideas y opiniones a la hora de enseñar
su asignatura. Esta segunda facultad inherente a la libertad de
cátedra sólo se da de forma plena en los niveles superiores de
enseñanza y en concreto adquiere su significado en relación con
aquellos docentes que tienen reconocida su plena capacidad docente e
investigadora, en cuanto que estos docentes pueden impartir su
propio programa de la asignatura y establecer su propio método
pedagógico (…), eso sí, ajustado al Plan de Estudios aprobado por la
Universidad.
Efectivamente, la
libertad de cátedra es un derecho individual del docente que si
bien, como veremos, tiene su expresión institucional a través de la
autonomía universitaria, reviste la parte positiva de un derecho al
consagrar la libertad del docente de expresar sus ideas y
comunicarlas al estudiantado sin injerencia de terceros, y la parte
negativa de evitar que ese derecho le sea menoscabado ilícitamente
tanto por la propia institución como por terceros. (…)n
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Transcrito de
NOTICIAS DE ASPU Nº 8, del 30 de noviembre del 2006 (p.
11), editado por ASPU-UNIPAMPLONA.
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AVISO CLASIFICADO
Buena gratificación a quien encuentre la hoja de vida del rector
Álvaro González Joves en formato CvLac de Colciencias. La recompensa
será duplicada si consigue demostrar que el rector ha publicado en
revistas indexadas o escrito libros académicamente serios.
(Transcrito de la última página del boletín mencionado de ASPU-UNIPAMPLONA.)n
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