OCCIDENTE UNIVERSITARIO
N° 80
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Publicación informal, editada en la
Universidad Francisco de Paula Santander (de Cúcuta, Colombia)
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Director-Editor: JAIRO CELY NIÑO l
8 pp
l LUNES
16
DE
JULIO
DEL
2007
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A MODO DE «EDITORIAL (O ALGO ASÍ)».
«ALCA-ído, caerle»
Salomón
Kalmanovitz era profesor de carrera de la Universidad Nacional
de Colombia, adscrito a su Facultad de Economía, cuando fue
nombrado codirector del Emisor. Y supone «el suscrito» Director
que al concluir su período constitucional se pensionó, porque
ahora escribe en el semanario El Espectador una columna.
Y en la de la edición del 20 al 26 de mayo de este año se lee, entre
otros:
(…) los incentivos que tienen las universidades (públicas) para
pensionar masivamente a sus profesores de 55 años de edad
(…) son perversos. Académicos que están en la plena
madurez de sus capacidades y a quienes les faltan al menos dos
décadas de vida activa y productiva pasan al retiro y alimentan
las universidades privadas, que reciben con beneplácito tan
generoso subsidio. (…)
Si uno trata de
seguir laborando
en la institución a la que le entregó 30 años de su vida o
más, el tratamiento es indignante, como el de cualquier
contratista del Estado: pasado judicial del DAS, que es como el
Gobierno colombiano martiriza a sus ciudadanos, a quienes
considera culpables a menos que traigan un certificado en
contrario; póliza de seguros para garantizar que no se va
a robar la plata; inventarios mal elaborados, por los cuales la
universidad persigue por siempre a sus abrumados ex profesores,
e indiferencia general de las directivas que disponen con
alegría de la plaza que uno abandonó.
Pues bien. A eso agréguenle lo que en el «Editorial (o algo así)» de la
edición 75 de
Occidente Universitario,
titulado ¿Quién responderá por la catorce? (martes 13 de
marzo de este año), se intuyó que ocurriría:
Que a los profesores y administrativos jubilados que cumplieran 60 años
entre julio del 2006 y lo que iba transcurrido del 2007 (o que
cumpliera 55 en ese lapso, si era administrativa o profesora), y
que por tal razón dejarían de percibir de la Universidad la
pensión de jubilación y pasarían a percibir del Seguro Social la
horrorófonamente denominada «pensión de vejez», el Seguro Social
no les pagaría la mesada 14 el 30 de junio de este año. (Ni el
30 de junio de los años de vida que les queden a pensionada y
pensionado, o a su cónyuge supérstite.)
Y no se las pagó, de acuerdo con lo que hace una semana le contó un colega
pensionado al «suscrito» Director: que a su cuenta de ahorros el
Seguro Social le consignó sólo la mesada 6 (de junio), mientras
la Universidad le consignó la «diferencia» de tal mesada 6 y la
ídem correspondiente a la 14, entendiendo por «diferencia» la
ídem (indexada) que, en el momento en que el Seguro Social le
reconoció la condición de pensionado, resultó de restarle, a la
mesada «de jubilación» que percibía, la «de vejez» que iba a
percibir.
Como desde el 30 de junio subsiguiente a la fecha en que la Universidad
les reconoció la condición de jubilados y hasta el 30 de junio
del recién pasado año la Institución les pagó la mesada 14 a los
mencionados compañeros pensionados, en el «Editorial» de la
edición 75 de
Occidente
«el suscrito» Director, extrapolando la letra del Acuerdo (de
jubilación) Nº 12 de 1991, se preguntó si la Universidad no
debería responder por la 14. Sobre todo por aquello del derecho
internacional que se aplica a los tratados o acuerdos o
convenios: Utis possidetis iuris («Como poseías,
poseerás»), por cuanto tales compañeros estaban devengando la
14.
En todo caso, al respecto y a la fecha, la Rectoría ha estado más muda que
una tapia.
Pero retomando a saltos lo transcrito del ex colega Kalmanovitz, en cuanto
a que
Si uno trata de seguir laborando en la institución
(…)
el tratamiento es indignante,
vean esta perla criolla o made in house:
«El suscrito» Director leyó la fotocopia de un memorando de hace 3 semanas
dirigido por el vicerrector académico al director de un
Departamento, en el cual, tras un sutil regaño por no asistir a
una PRI, le anexa fotocopia de un comunicado de 9
numerales, no firmado —pero cuyo origen, entre líneas, el
vicerrector atribuye a Rectoría—, que tiene este encabezado:
Para tener en cuenta en la programación académica.
El lacónico texto del numeral 5 (2 renglones) ambienta la directriz
implícita en el exuberante texto del numeral 9 (una docena de
renglones): que a los profesores de hora cátedra no se les
asignen más de 8 horas de clase semanales.
Pero como el numeral 9 trae a cuento que la Constitución prohíbe
percibir más de una asignación del tesoro público (¿será un
pleonasmo?) y desempeñar simultáneamente más de un empleo
público, y que la ley 4ª de 1992 exceptúa como doble
asignación, entre otros, lo percibido por concepto de horas
cátedra sin exceder su programación máximo (sic) de 8
horas (¿entendidas «semanales»?)… pues entonces,
Elemental, mi querido Watson: el «blanco» principal es el
colega jubilado o pensionado.
Ante eso, y por ser jurídicamente analfabeta, «el suscrito» Director
plantea 3 preguntas:
1ª ¿Un jubilado o pensionado no lo es porque se retiró de un empleo
público o privado?;
2ª ¿El jubilado de la Universidad Francisco de Paula Santander,
implícitamente y «porque sí», sigue estando en un empleo
público?; y
3ª ¿La limitación legal de no más de 8 horas (entendidas «horas extras
semanales») no es para el «activo», por ser adicionales a su
jornada laboral de 40 ó 48 horas semanales?
Hasta donde entiende «el suscrito» Director, la jornada laboral se reduce
a cero horas al jubilarse o pensionarse y, de acuerdo con la
ley, los profesores de hora cátedra no son empleados públicos ni
trabajadores oficiales.
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editorial-occidente-universitario@hotmail.com
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No pida favores abusivos
GUILLERMO
CARRILLO BECERRA,
profesor
Asociado emérito de la UFPS.
gecarril60@yahoo.es
Hace unos cuantos años, cuando yo era profesor activo de la Universidad,
tuve el placer de conocer a varios docentes canadienses,
vinculados al convenio suscrito entre la UFPS y la Escuela de
Agricultura de la Universidad de Nueva Escocia, ubicada en la
provincia canadiense del mismo nombre. El mencionado convenio
fue muy positivo para la Facultad de Ciencias Agrarias y del
Ambiente, por cuanto el aporte de asistencia técnica y de
inyección económica (250.000 dólares) hizo posible contar con
los recursos básicos para darle vida a la naciente Facultad.
Desafortunadamente, por distintas causas que no valen
la pena mencionar, el convenio no tuvo una mayor extensión en el
tiempo y, de esta manera, la U perdió una buena fuente de
ingresos. Digamos, para ser sinceros, que al interior de la
Facultad hubo especímenes que vieron con indiferencia, casi con
alegría, que esto hubiera sucedido. Siempre esgrimiendo la
pendejada de la “intervención extranjera”, caballo de batalla de
los mamertos criollos.
Como es natural, el profesorado en general les brindó
un trato amistoso, muy propio del cucuteño. Tuvimos la
oportunidad de intercambiar conceptos sobre distintos aspectos
culturales, sociales, académicos, políticos, religiosos. Todo
dentro del espíritu universitario, guardando el debido respeto
por las ideas contrarias.
Recuerdo, con mucha precisión, el interés que uno de
esos profesores canadienses mostraba por nuestras costumbres.
Cuando se enteró de que en Colombia la gente se presta dinero
entre sí, me buscó para que le explicara ese rollo, pues no
comprendía ese modelo, ya que en Canadá las personas recurren a
los bancos, y no a los particulares. Después de varias
revueltas, le hice entender que en nuestro país la gestión
bancaria se basa en la desconfianza, razón por la cual el
cliente se ve abrumado con tantos requisitos —pagarés,
autenticaciones, balances, fiadores, etc.—, que prefiere
recurrir al crédito particular, ya que los prestamistas no
exigen esta maraña de papeles. Digamos que el prestamista le
hace el FAVOR de facilitarle un dinero, a cambio de un interés.
También me hacía referencia a que él había notado que
los estudiantes eran muy dados a prestarse las tareas
académicas, cuando la responsabilidad exigía que era el esfuerzo
personal el que debía responder, y no pedirle el FAVOR a quien
cumplió con lo que el profesor puso como ejercicio. Según él,
existía una falta mayor: la que cometía el estudiante cumplido
al permitir que su compañero obtuviera una calificación
fraudulenta.
Ahí sí me dejó viendo un chispero, ya que el
planteamiento tiene que ver con la ética, la moral, la
psicología y hasta con la religión, campos que van más allá de
lo cotidiano. ¿Por qué los colombianos pensamos que eso es un
rasgo de viveza? ¿Por qué aceptamos, pasivamente, a que otros
nos manipulen para lograr sus propósitos? ¿Será el temor a que
nos califiquen de sapos, envidiosos, egoístas,
lo que nos lleva a agachar la cabeza?
No fui capaz de darle una respuesta convincente, dado
que no existe justificación para la permisividad. De nuevo,
afirmó: “Guillermo, en el caso del dinero, vaya y venga, porque
es lícito cobrar un interés razonable. Pero en el caso de la
tarea, no hay explicación valedera, ya que los verdaderos amigos
no piden FAVORES abusivos”.
Basado en esta pequeña regresión en el tiempo, me he
permitido plantearles esta corta lista de favores indeseables y
que, posiblemente, los conocemos por experiencias propias:
PRÉSTEME EL CARRO
Nunca falta el afanado que, por cualquier motivo simple,
pretende que le suelten las llaves del coche ajeno para hacer
una diligencia personal, sin pararse en pelos en los resquemores
que esta petición causa en el dueño, pues en lo primero que se
piensa es: “Si le da un tochazo al carro, ¿sí me responde?”.
Otra faceta de este abuso se da cuando algunos padres
de familia les permiten a sus hijos adolescentes que asistan a
las fiestas de sus compañeros. La advertencia de despedida, a
modo de ejemplo, es de este estilo: “Yo no me voy a levantar a
las 2 de la mañana a irlos a buscar; pídanle el favor al papá de
las Carrillo, que ese sí recoge a las hijas”. Y este fulano
terminaba, en la madrugada, como busetero: repartiendo un poco
de cafres alaracosos, mientras los papis roncaban como cocido de
maduros, gracias al FAVOR del zoco este.
PRÉSTEME UN CHEQUE EN BLANCO
Casos se han visto en que personas de buena fe aparecen enredadas en
problemas financieros por culpa de elementos inescrupulosos, que
no han tenido la más mínima consideración con quien tuvo la
gentileza de hacerles un favor. Por lo general, después de una
larga cháchara ablandadora, lanzan el sablazo, prometiendo toda
clase de agradecimientos, lo cual no es más que una burla.
Otras veces no es un cheque sino escrituras de
confianza. Algunos padres, en el ocaso de su vida, tratando de
evitar costos de herencia, deciden escriturarles, como
compra-venta, los bienes raíces a sus adorados vástagos. Nunca
faltan los desgraciados que, valiéndose de su nueva condición de
propietarios, le dan por la cabeza al cucho, con el
triste argumento de que “él está muy viejo y no necesita casi
nada; en cambio, nosotros estamos vaciados”. Y por ahí derecho
convierten en fiesta lo que les llegó gratis.
DÉME UNA RECOMENDACIÓN
A comienzos del 2006 hice un comentario, en este mismo medio, acerca de
las cartas de recomendación, que algunas veces se convierten en
dolores de cabeza para quienes las expiden. No hay nada más
jarto que tener que plasmar en el papel una realidad falsa.
Verse casi obligado a manifestar que el confianzudo que nos la
solicita es “una persona seria, cumplidora de sus compromisos y
que honra la palabra empeñada”, causa más de un escozor. Lo más
complicado de la situación es que, por lo general, quienes las
solicitan son personas muy allegadas al firmante, el cual se ve
abocado a no tener margen de maniobra, pues de por medio hay
años de amistad o vínculos de sangre.
Las certificaciones laborales también forman parte de
este género. Con toda la confianza y sin mostrar la mínima
vergüenza, al interesado se le hace muy sencillo pedirle al
amigo que desempeña un cargo de responsabilidad, que le expida
una constancia, en papel membreteado, en la cual afirme que el
fulano se desempeñó, durante determinado tiempo, como
funcionario de la misma. Qué desfachatez.
PRÉSTEME LA CUENTA
A raíz del neorriquismo se ha impuesto una nueva modalidad de manejar el
dinero mal conseguido. Es el de buscar personas que, por
diversas situaciones, se encuentran en dificultades económicas y
son sensibles a buscar una solución desesperada. Es el momento
indicado para que los poderosos los involucren, a cambio de
cualquier chichigua, en un lío de marca mayor.
No es raro que terminen en la cárcel, pues en su cuenta
bancaria aparecieron grandes cantidades de dinero, sin
justificación alguna. Casi siempre son sumas originadas en el
narcotráfico, la extorsión, el secuestro y el chantaje.
Retomando el título de este artículo, digamos que hay que cuidarse mucho
de esos amigos que creen que la amistad es para obtener
el mayor beneficio, sin mostrar ningún respeto por el afectado.
Eso es lo que se conoce como la “amistad interesada”. Se ve
bastante en el ambiente social: hay elementos que buscan,
desesperadamente, hacerse amigos de determinado personaje, con
el fin programado de sacar provecho. En la política, eso es lo
que prima.
(Cúcuta, julio de 2007)
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Modismos Cucutoches (14):
Personajes típicos
CARLOS HUMBERTO AFRICANO,
profesor Asociado emérito de la UFPS.
kafrica_55@hotmail.com
En Cúcuta han
habido muchos personajes típicos, pero de ellos recuerdo cuatro
de los tiempos cuando éramos jóvenes y bellos: Carlos Julio, la
loca María, Siete Machos y Carevieja. Cada uno de los cuales
vivía en y por su locura: la de Carlos Julio era la de jugador
estrella del Cúcuta Deportivo; la de la loca María era la de
reina de belleza; la de Siete Machos era la de abogado; y la de
Carevieja era la de empleado municipal. Desde luego, ni más
faltaba, con la mamadera de gallo cucuteña, a cada cual se le
tenía su dicho relacionado con su locura: “No canse, Carlos
Julio” o “Cansa más que Carlos Julio”, “Más pintada que la loca
María”, “Más rápido que Siete Machos”, “Más puntual que
Carevieja”.
“NO CANSE, CARLOS JULIO”
Carlos Julio
fue y será por siempre el más ferviente hincha del doblemente
glorioso Cúcuta Deportivo. Se sabía de memoria la vida y
milagros de todos sus jugadores, conocía todas las jugadas
hechas y por hacer, conocía todos los esquemas y técnicas y por
tanto se creía su jugador estrella.
Andaba siempre metido en el fútbol, vivía y comía fútbol. Por la calle
siempre iba desarrollando jugadas, de modo que siempre se andaba
tropezando con alguien. Llevaba entre sus pies una imaginaria
“número cinco” con la cual driblaba a sus contendores, hacía
gambetas, sombreritos, ochos, la bicicleta, los pasaba, se
adelantaba, retrocedía, lance aquí, lance allá, quiebre de
cintura, impidiéndoles el paso, hasta que la persona le decía:
“No canse, Carlos Julio”. Entonces él decía: “A ver, quítemela
si puede”. De modo que, “para quitárselo de encima” (de
enfrente, más exactamente), había que patear su bola imaginaria,
y entonces él remataba la faena diciendo: “Me la quitó, pero
tuvo que fauliarme”, y se iba a buscar otro contendor.
“MÁS PINTADA QUE LA LOCA MARÍA”
María siempre
quiso ser reina de belleza y sus deseos se le cumplieron. Salía
todos los días al centro de la ciudad ataviada con sus mejores
galas, maquillada, arreglada, zapatos de tacón alto y cartera en
el brazo, siempre con la esperanza de que alguien “descubriera”
sus dotes y su porte de reina de belleza. De ahí que se
escucharan algunos dichos que nunca agarraron vuelo: “Más
arreglada que la loca María”, “Más pintada que la loca María”.
A María algunas veces le daban sus arranques de locura. Era cuando había
que huir, porque empezaba a voliar piedra y, con la mamadera de
gallo cucuteña, se decía que era socia de la fábrica de vidrios
Peldar, porque siempre le apuntaba a los vidrios de las
vitrinas de los almacenes y no era raro que también le cayera
alguna al parabrisas de uno que otro carro por ahí mal
parqueado. Por lo demás, María era un personaje típico que
hubiera pasado desapercibido, a no ser por su atavío y
vestimenta de colorines y cara pintoreteada con exceso de
colorete, porque siempre andaba con ropa limpia y completa,
peinado con cinta y corbatica al frente, que debía ser obra de
otras manos.
Pero un día cualquiera a María se le cumplió su sueño de ser reina de
belleza. Algunos lo hicieron posible. Un grupo de cucutoches
mamadores de gallo (lo cual es un pleonasmo), entre los que
estaban Carlos Delgado y Carlos Cuéllar, vistieron a María con
una capa, le pusieron cetro y corona y la llevaron a la Foto
Eléctrica (avenida 6ª entre calles 12 y 13) de don Fermín
Delgado, padre del periodista homónimo, y allí le tomaron fotos.
Luego la bajaron por la avenida sexta hasta el parque Santander,
donde le tomaron nuevas fotos: de ellos con la reina, de ella
con un grupo de niños, y de la reina saludando y besando a la
gente. Más tarde, el grupo, al que se sumaron Plutarco Vargas y
Pedro Yepes Ruiz, la montaron en un camión y la pasearon por las
calles céntricas de la ciudad con gran algarabía.
El reinado de María duró muchos años porque no tuvo sucesora y, para
perpetuarlo, la foto de reina ocupó sitial de honor en la
Foto Eléctrica, hasta cuando cerró sus puertas tras la
muerte de don Fermín Delgado, su propietario.
“MÁS PUNTUAL QUE CAREVIEJA”
Todos los días
llegaba a las 7 a.m. en punto al Palacio Municipal montado en su
Vehículo Oficial, como rezaba la placa de su bicicleta,
que parqueaba en el patio interior del edificio. De no ser
porque era tan puntual, se habría podido decir que llevaba en su
interior la llama del empleado oficial. Y a medias lo fue, pues
era “el lustrabotas oficial del Palacio Municipal” y “el primer
embolador” del alcalde de turno. Pero además, era el utilitil
todero de la administración municipal: “Carevieja, lleve estos
papeles para allá”, “Carevieja, tráigame unos pastelitos con
gaseosa”, “A mí, unos cigarrillos”, “Carevieja, vaya a ver si
están haciendo la nómina”, Carevieja para aquí, Carevieja para
allá. De modo que era un empleado a medias con sueldo de nada y
de todos: lo que le daban de propinas y por lustrar los zapatos
de la fauna municipal.
Ah, pero a Carevieja también se le cumplió su sueño de ser empleado
municipal. Bueno: si no de empleado, sí de jubilado oficial, por
la gracia de Dios y del Concejo Municipal de San José de
Guasimales de los valles de Cúcuta. Pues en un acto de certera
justicia y reconocimiento, el Concejo expidió un Acuerdo
otorgándole a Carevieja algo así como una pensión especial de
gracia por los servicios prestados al municipio de Cúcuta
durante N años ininterrumpidos. De modo que al fin Caravieja
entró a formar parte, si no de la nómina de empleados, sí de la
de jubilados del municipio de Cúcuta.
“MÁS RÁPIDO QUE SIETE MACHOS”
Quienes personalmente lo conocieron sabían que se
trataba del único loco a quien por una decisión de la justicia,
fue declarado cuerdo.
Y no sólo eso, sino, además, el único que, sin haber dibujado
jamás las letras del abecedario, fue graduado de abogado en un
acto solemnemente imaginario.
(Pablo Chacón Medina, un domingo en el diario La Opinión,
rememorando al “doctor” Jacinto.)
Primero ejerció en Pamplona de lotero, lustrabotas y celador nocturno,
profesiones que combinaba con la de tinterillo; esto es, aún no
“abogado de las ánimas”. Después se trasladó a Cúcuta donde las
siguió ejerciendo junto con la de, ahora sí, “abogado de las
ánimas”, como se hacía llamar, y hasta llegó a ser miembro
auxiliar de la defensa civil, lo que le permitió obtener
licencia para portar revólver.
Su nombre era Jacinto Hernández y su apodo, Siete Machos, le viene
de su atuendo cuando era celador. Era un auténtico Sheriff
del lejano oeste: botas tipo militar (él decía que vaqueras),
jean de color negro con bota recogida de 10 a 15 centímetros,
sujetado con correa ancha de cuero y hebilla metalizada en la
que refulgían, cuidadosamente brilladas, dos balas cruzadas
entre sí, chaqueta negra, cruzada y tallada a la cintura, solapa
ancha donde resplandecía la respectiva estrella de hojalata de
cinco puntas sobre la que decía Sheriff, pañuelo rojo
anudado al cuello y, en el cinto, un auténtico revólver “ocho y
medio” de seis tiros.
Por su profesión de lotero tenía contacto con muchas personas. A cuanto
abogado conocía lo llamaba “colega” y una día, algunos de ellos,
entre los que se cuentan los doctores Pablo Chacón Medina,
Rafael Angarita Serpa, Fabio Peñaranda y Miguel Méndez Camacho,
hicieron posible el sueño de Jacinto: en una parodia que
llevaron a efecto, graduaron a Jacinto Hernández de abogado,
advirtiéndole al graduando que su título era el de “abogado de
las ánimas” con énfasis en “derecho mortuorio”.
El día que se
recibió de abogado, cambió su atuendo texano por un riguroso
traje negro de paño inglés confeccionado en España, que había
pertenecido a su amigo, el poeta y ex gobernador Eduardo Cote
Lamus, de quien testamentariamente heredó toda su indumentaria.
Dicen quienes conocieron el texto del documento que en vida
firmó el poeta, que la justificación para declararlo heredero
universal de todos sus trajes, camisas, corbatas y zapatos, era
que ninguno de los personajes por él tratados, calzaba tanto a
la medida de un poema suyo de corte exclusivamente sub-realista.
(Pablo Chacón Medina, en el mismo escrito.)
Graduado ya de “abogado de las ánimas”, mandó a imprimir sus tarjetas de
presentación con este texto:
Doctor Jacinto Hernández Contreras,
Abogado en derecho mortuorio.
Defensas ante el Ser Supremo.
Audiencias, rezos y novenarios.
Enfrentamientos con Satanás.
Triunfo absolutamente asegurado.
Tarifas a la medida del muerto.
Su ejercicio profesional era el de asistir a los muertos en el “Último
Juicio” ante el Creador, abogando por ellos con rosarios,
jaculatorias, credos y oraciones en la noche del velorio y
durante las nueve noches del novenario. Seguramente él estimaba
que ese tiempo era lo que duraba el juicio.
Ah, ¿pero de dónde viene el dicho: “Más rápido que Siete Machos?”. No es,
como muchos pudieran pensar, por lo rápido con el revólver, como
cualquier pistolero del lejano oeste. No, sus duelos eran en las
salas de velorios y novenarios, a punta de rosarios. Era
extremadamente rápido. Un pistolero no alcanzaba a desenfundar,
cuando ya Jacinto había terminado un rosario. La primera parte
del Avemaría la rezaba así: “Dios te salve, María, vientreee
Jesuuús”. Y la segunda parte: “Santa María, muerteee ameeén”.
A este genial personaje, sacado de un mundo sub-realista, como lo anota el
doctor Pablo Chacón Medina, desgraciadamente lo mataron unos
malvados ladrones cascareros por robarle su también famoso
revólver “ocho y medio”.
(Cúcuta, julio
de 2007)
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Generalísimo, benefactor
y padre de la patria (1)
RICARDO GARCÍA RAMÍREZ,
profesor Titular emérito de la UFPS.
Rafael Leonidas Trujillo
fue dictador de República Dominicana de 1930 a 1961 y, por lo
largo del período, les contaré el cuento en dos entregas.
República Dominicana fue ocupada por los marines norteamericanos de
1916 a 1924. Después de que éstos abandonaron la isla hubo
inestabilidad y turbulencia, hasta que en 1930 llegó el “feliz
elegido”: el general Rafael Leonidas Trujillo, quien la gobernó
como matón hasta que 31 años después fue abatido por ráfagas de
ametralladora.
Recién llegó al poder hubo el huracán más furioso de la
historia, cuyos estragos sólo fueron superados por la maldad de
ese monstruo. Al tiempo que reconstruía lo que arrasó el
huracán, desató la más exagerada megalomanía que ni a Calígula
ni a Nerón se les ocurrieron. Por todas partes había grandes
letreros luminosos que decían: “Dios y Trujillo”. Lo primero que
hizo fue rebautizar la capital, Santo Domingo, por: “Ciudad
Trujillo”. En las escuelas se enseñaba que no era Dios el que
aplacaba los huracanes que azotan el Caribe, sino la mano del
“Generalísimo, Benefactor y Padre de la Patria”, como se le
tenía que llamar.
Luego se dedicó a aniquilar a los caudillos regionales que se le oponían,
considerados por él como la escoria de la sociedad. Uno de ellos
fue el famoso guerrillero
Desiderio Arias,
quien lo humilló creando una república independiente.
Un día lo invitó a dialogar y, ante la mirada azorada de sus áulicos,
Trujillo aceptó todas las condiciones de Arias. Para sellar el
pacto le obsequió mil fusiles y toneladas de pertrechos, y lo
invitó a una orgía con mujeres para sus soldados y grandes pipas
de ron. Ellos se entregaron a la fornicación y, cuando estaban
todos jinchos, Trujillo les dijo a sus esbirros: “Ahora, partida
de pendejos, no dejen uno solo vivo”.
Los trujillistas dispararon sin tregua sobre la patética montonera de
borrachos. A Desiderio Arias le cortaron la cabeza, la metieron
en un costal de fique y se la llevaron como trofeo al dictador,
quien la asió por el cabello grasiento, la miró con desagrado y
la estrelló contra las paredes, como si fuera una pelota de
béisbol.
Cuando su hija Flor de Oro regresó de París, para tenerla protegida le
construyó un palacio en la montaña. Al batallón de soldados que
la custodiaba lo comandaba el teniente Porfirio Rubirosa que
tenía 23 años, era fuerte, manejaba bien las armas y además era
muy apuesto.
Rubirosa, que también estuvo en París, tenía un gran poder de seducción
ante las hembras. Y como le gustaba el jolgorio, le disgustó ese
nombramiento que lo sepultó en la montaña. Cuando en esa soledad
le cogían las ganas de echarse un polvito, se desesperaba y
dizque le confesó a sus amigos que casi cae en el “yo con yo”
durante el destierro.
Inicialmente, Flor de Oro miraba al teniente y sus soldados como a perros
sarnosos. Un día que él la acompañó a una cabalgata, se le
acercó tanto que ella lo miró como a una plasta de mierda y le
dijo que se alejara de ella. Eso el dolió mucho a Rubirosa quien
decidió “indemnizarse” y, como no era bella pero tampoco fea, se
propuso seducirla.
Una mañana se le acercó y ella le sonrió fugazmente. Se le acercó más y le
hizo un comentario sobre París.
—¿Es que usted conoce París? —le preguntó ella.
—Si, señorita; viví allá dos años... ¿Disfruta este paraje?
—No —contestó ella—, me aburre demasiado. Le voy a decir a mi papá que me
regrese a Ciudad Trujillo. Esto es peor que un convento.
“Esta vieja ya mordió el anzuelo”, se dijo Rubirosa. A partir de ahí, él
la llamó “Florecita” y ella lo llamó “Rubi”. Una tarde no
aguantaron más: se bajaron de sus caballos, los amarraron y se
besaron con avidez. El teniente estaba enveranado y a ella la
apremiaban las urgencias venusinas. Se echaron un polvo a las
carreras, pero quedaron en que en el cuarto de ella, por las
noches, culiarían sin afán. Follaban como locos hasta la
madrugada, pero los polvos nocturnos no producían inapetencia
diurna: culiaban de pie contra los troncos de los árboles y
donde las ganas apremiaran.
Ya en el paroxismo de ese frenesí, acordaron follar en un sitio excitante
y escogieron hacerlo en las grupas de los caballos, totalmente
empelotos. Parece que el experimento les resultó maravilloso,
pues lo hacían con mucha frecuencia. Pero los espías del general
los pillaron y, como un rayo, le contaron a Trujillo. Éste
ordenó que lo encerraran en la fortaleza Ozama, “A la que nadie
sobrevive”.
El berrinche que armó Florecita fue mayúsculo. Llamó maricones a los que
lo apresaron. A su padre lo llamó tirano y desalmado, y le
notificó que haría huelga de hambre mientras Rubi no fuera su
marido. En vano el general trató de convencerla de que ella
estaba para mayores designios, como casarse con un militar de
altísimo rango o un diplomático de carrera. Así que la huelga de
hambre duró hasta cuando su padre aprobó la boda y excarceló a
Rubirosa. El teniente fue llevado ante el dictador, quien le
preguntó:
—¿Con qué recursos piensa sostener a mi hija?
—Con los ingresos que perciba por el desempeño de algún cargo importante
bajo sus órdenes, mi general.
Su franqueza le granjeó la simpatía de Trujillo. Al otro día Rubirosa era
capitán y secretario privado del generalísimo. Ahí comenzó una
carrera inatajable. La boda se celebró en 1932 con gran
suntuosidad en la catedral más antigua de América, la cual,
dicen, guarda los restos de Cristóbal Colón. Jamás se supo si el
himen de Florecita fue desbaratado por Rubirosa, o si venía así
desde París. Esto último es lo más probable, dada la destreza de
Florecita en el tálamo o donde la cogieran las ganas de follar.
Asegurada Florecita, Rubirosa empezó a beber y a frecuentar guarichas.
Cuando Flor de Oro le pedía un polvito, que debía ser matinal
porque él llegaba amaneciendo, el vagabundo ya no tenía ni los
cunches. Flor le dio quejas a papito y éste lo destituyó en
par-patadas. Él le enrostró a su mujer haberle llevado chismes a
Trujillo y le pegó un par de tochazos que casi le desfiguran el
muelero. La nena se presentó energúmena en palacio y le mostró a
su taita lo que le había hecho su marido. Trujillo lo hizo
comparecer y le dijo:
—Mi muy querida hija está con el rostro desfigurado. Eres un cobarde y un
miserable, y no mereces vivir. ¿O tienes alguna explicación?
—Si, jefe —le dijo Rubirosa—: la castigué como se merece, pues es una
autentica fiera. Porque llegó el momento de definir quién debe
llevar los pantalones en la casa, pues no estoy dispuesto a que
ninguna mujer, así sea una hija suya, me ponga enaguas. Usted,
mi general, tiene la palabra.
Al dictador lo impresionó la poderosa personalidad de su yerno y, pensando
que podría ser el más útil y eficiente de sus colaboradores, le
dijo: “Te voy a dejar con vida, pero vas a reconciliarte
inmediatamente con mi hija”. Y dispersó el pelotón que lo iba a
fusilar. Esa noche Rubirosa le echó todos los polvos que le
adeudaba y la nena los devoró con emoción, uno por uno, sin
mostrar ningún cansancio.
Un día el dictador le dijo a Rubirosa:
—Quiero que me des nietos cuanto antes.
—Imposible complacerlo —le dijo Rubirosa—. Cuando tenía 15 años, me dieron
paperas que se me bajaron a las güevas y quedé estéril. Puedo
hacer muy felices a las mujeres, pues estoy muy bien cargado,
pero no puedo fecundarlas.
—Entonces vamos a tramitar el divorcio —replicó Trujillo—, pues si no
haces madre a mi hija, jamás podrás domarla. Y porque si le da
otra tandanga de tochazos, no volvería a perdonarte. Te vas ya
de secretario a la embajada en Berlín. Serás más útil así, que
como merienda de tiburón.
Pero duró en Berlín muy poco tiempo, pues su color de piel no lo favorecía
en la Alemania hitleriana. Y como no tenía acceso a las teutonas
(que son tetonas, además) para desahogar su libido insaciable,
debió jalarle al regocijo solitario.
(CONTINUARÁ)
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FUENTE: El
libro
Bestiario Tropical,
de Alfredo Iriarte.
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Una trascendental intrascendencia
JAIRO CELY NIÑO, profesor de
la Facultad de Ingeniería de la UFPS.
jairocely@hotmail.com
A final de la tarde del
miércoles 27 de junio ocurrió la «Imposición» de un «Botón» a
las y a los integrantes del personal docente y administrativo de
la sede central de la Universidad Francisco de Paula Santander
que recién habían cumplido 20 ó 25 ó 30 años de servicio, y se
les hizo un reconocimiento a quienes recién se habían jubilado y
un homenaje a quienes recién habían muerto. Yo figuraba entre
quienes habían cumplido 25 años de servicio, y no asistí a dicho
acto.
Temprano, el
día siguiente, en la cafetería del 4º piso del edificio
Fundadores, una funcionaria administrativa de servicios
generales me dijo que no me vio en el acto y me preguntó por qué
no había ido.
—Para evitarle
a mis nietas y a mis nietos, quienes aún no han nacido
—respondí—, la sorpresa de que su nono se dejó condecorar por
hacer lo que debía.
Ella arqueó las
cejas, encogiéndose de hombros, y… «No más preguntas, Señoría».
A media mañana
de ese día, en el 2º piso de la Torre Administrativa, una
secretaria me hizo similar observación e idéntica pregunta, y le
di igual respuesta. Pero ella «retacó»:
—¿Por qué usted
es irreverente?
Entonces le
comenté que, hablando de reconocimientos, venía de reclamar el
cheque que me reconocía pecuniariamente el haber trabajado el
mes de junio.
—Es que no
sólo de pan de vive el hombre —insistió.
Le hice
entonces una digresión, aclarándole que era estrambótico el
ejemplo:
—A un soldado
no se lo condecora por simplemente combatir, pues ese es su
deber en el campo de batalla. Y, por lo que he visto en las
películas, la más alta condecoración gringa en la milicia es
El Corazón Púrpura, que le otorga el Congreso a aquel
soldado, cualquiera sea su rango, que haya ido más allá de lo
que su deber se lo imponía.
Y retorné al
ámbito académico:
—Así que
vaya y venga que a un profesor universitario se lo condecore
por haber recibido un premio internacional; o al menos,
nacional. Y si no recuerdo mal, ningún profesor de esta
Institución ha recibido un premio de esos; ni siquiera alguno de
quienes tienen postgrado de Doctor, cuya consecución,
salvo una única excepción, si no recuerdo mal, le costó a la
Institución ingentes recursos pecuniarios. Aunque de pronto,
mademoiselle, hasta vaya y venga que se me
condecorara explícitamente por ser uno de los profesores más
baratos, como quiera que la Universidad no ha invertido en mí ni
siquiera lo que cuesta un Diplomado.
—¡Jmp!
—murmuró, encogiéndose de hombros, y… «No más preguntas,
Señoría».
Poco después,
en la larga y cuasi inamovible fila del Banco Popular, recordé
que la única «condecoración» que recibí fue un modesto trofeo
hace 20 años por ser el primero, en la categoría 30 años a 40,
en uno de los eventos conmemorativos de las bodas de plata de la
Universidad Francisco de Paula Santander: una caminata nocturna
por parejas, habiendo sido mi pareja una estudiante del ciclo
básico de Ingeniería de Sistemas, quien no tenía 20 años. Y en
ese entonces lo acepté, no por tener 20 años menos de madurez
respecto a hoy, sino porque había hecho algo más de lo que
reglamentariamente se me exige, aunque fuese tan irrelevante que
a lo mejor no quedó registro escrito.
De modo que,
con 20 años más de madurez, me parece hasta infantil que se
premie el simple cumplimiento del deber, pues para eso se le
paga al funcionario; aunque el sueldo sea modesto. Porque si
alguien se cree un genio intergaláctico y considera, por lo
tanto, que su desbordada inteligencia está muy mal remunerada,
pues que se largue para la NASA que, si aprueba el examen de
ingreso de científicos de alto turmequé, el Tío Sam lo
remunerará con muchos dólares.
Pero, más que
«infantil», me parece hasta riesgoso que se exalte el simple
cumplimiento del deber. Porque alguien moderadamente suspicaz
inferiría que en esta Institución casi nadie hace ni lo mínimo,
y que por eso se le exalta a quien de mala gana no llega una
hora después del comienzo oficial de la jornada de trabajo ni se
larga una hora antes del final oficial de tal jornada, aunque
nada haga en la jornada o cumpla a medias su deber.
Incluso,
alguien morbosamente suspicaz diría que entonces es verdad aquel
«run-run» de que hay casos en los cuales, cuanto más millones
invirtió la Institución en postgraduar a un profesor, éste más
infiel le es «pirateando» en alguna institución de secundaria o
en alguna institución universitaria «de garaje», y que entonces
debe ser la lealtad lo que se premia.
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Como una hora
después de estar haciendo cola en el banco mencionado, «de
buenas a primeras» recordé que entre diciembre de 1988 y junio
de 1992 fui representante profesoral ante el Consejo Superior, y
que de cuando en cuando el rector proponía la «imposición» de la
«medalla en oro» o de la «medalla en plata», o el otorgamiento
de una «placa», a algún funcionario o a alguna funcionaria
docente o no docente.
Tales condecoraciones se crearon 19 meses antes de que yo debutara como
representante profesoral ante el Consejo Superior: el 29 de mayo
de 1987 (el acto administrativo es el Acuerdo 29), año en cuyo 5
de julio la Universidad oficialmente cumpliría 25 años de
fundada. (¿Acaso porque «el protocolo» o «la ortodoxia» obligan
a conmemorar una efemérides condecorando «hasta el gato de la
casa»?)
Y si en cada vez voté positivamente tales propuestas del rector, fue
porque, un año antes de que tales condecoraciones se crearan
—cuando yo era un «mocoso» profesor de apenas 5 años de
servicio—, le oí a más de un colega veterano comentar que,
cuando un obrero cumple 20 ó 25 ó 30 años de servicio, la
empresa lo exalta con alguna condecoración y hasta con una
«prima quinquenal», mientras aquí: «ni siquiera una medalla».
Incluso, un ex maestro mío comentó: «Mejor les fue a las monjas
del chiste que sabemos».
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Religión, ¿necesidad o
conveniencia?
JOHN MARIO
ESPINOSA IBARRA, estudiante de
primer
semestre de Ingeniería Electrónica en la UFPS.
A lo largo
de la historia el ser humano se ha obsesionado en la búsqueda de
respuesta a todos aquellos fenómenos que ocurren en su entorno,
tal vez como resultado de su innata e inquebrantable ansia de
poder, ya que desde tiempos remotos la posesión de conocimiento
ha marcado una gran ventaja sobre masas ignorantes ansiosas de
respuestas. O sencillamente lo ha hecho para alivianar las
necesidades de sus propios miedos y frustraciones.
Esto
probablemente llevó al hombre a plantearse interrogantes de tipo
existencial, los cuales, al generar cierto grado de
inconformismo y temor, fueron encargándose de forjar una seria
necesidad de justificar cada evento de nuestra cotidianidad y
clasificarlo dentro de un escenario al que denominamos en
nuestra sociedad actual: “Religión”.
Más, aún:
cuando nuestra cotidianidad se siente ampliamente familiarizada
con el término, ¿quién puede decir con exactitud qué es
Religión? O ¿de dónde proviene?
No hace mucho
tiempo se pensaba que la Religión no era sino una ciencia
rudimentaria que en la evolución del hombre fue antecesora de
las demás ciencias existentes y, aunque podría afirmarse de
manera más acertada y objetiva que la Religión no es más que la
relación humana establecida con lo sagrado —“Dios”, cuya
existencia puede ser creída por fe o bien puede ser objeto de
polémicas de carácter metafísico—, no escaparíamos a la enorme
controversia que se desenmarañaría en torno a su real
caracterización.
De algo sí
podemos sentirnos seguros y es que bajo ninguna circunstancia la
Religión puede considerarse una cualidad o disposición innata
del hombre, pues generalmente la experiencia, sumada a la
influencia de generaciones devotas en el transcurso de nuestras
vidas, son las que marcan el curso de nuestras tendencias
religiosas. Tampoco podemos suponer un origen específico para la
Religión, pues se sabe que el hombre ha poblado la Tierra desde
tiempos remotos, muchos de los cuales se encuentran escasamente
documentados y, en otros casos, la información existente sobre
las costumbres y tradiciones del hombre en esas épocas es nula.
Hoy por hoy,
y continuando sobre el acelerado curso de la evolución
tecnológica e intelectual del ser humano, existen innumerables y
diferentes tipos de religiones por todo el mundo. Hay religiones
naturales en las cuales las personas reconocen su
dependencia de un ser supremo (Dios), el cual sólo es posible
comprender con ayuda de la fe. Hay religiones de tipo más
sobrenatural en las cuales Dios se manifiesta por medio de
preceptos y enseña la forma de cumplirlos. En esta categoría
podríamos clasificar a la Religión Islámica, cuyo libro sagrado,
“El Corán”, según sus fieles, fue escrito por Mahoma, el
cual se hallaba inspirado por Alá (Dios). También existen
religiones politeístas las cuales, como en la antigua
civilización Griega, admitían la existencia de varios dioses.
Además, existe un pequeño grupo de personas que consideran
improductivas e innecesarias las tendencias religiosas, por lo
cual generalmente se clasifican dentro de una tendencia
denominada “Ateísmo”, que niega rotundamente la existencia de
cualquier ser superior y sobrenatural.
Se estima
que, en la actualidad, religiones como el cristianismo, el
hinduismo y el islamismo abarcan la mayor cantidad de adeptos
entre la población mundial. Pero, ¿a qué se deberá tanta
variedad en materia de creencias? Tal vez este fenómeno sea
producto del vertiginoso auge de la industrialización, que ha
llevado al hombre a un estado tal de excesos y sofoco, que ha
buscado exasperadamente refugiarse en cualquier tipo de fe que
alivie las frustraciones ocasionadas por circunstancias adversas
y que al mismo tiempo satisfaga la necesidad de encontrar algo
en lo cual depositar la esperanza de tiempos futuros llenos de
abundancia. Probablemente este fenómeno ha sido el responsable
del auge de centenares de religiones, muchas de ellas con
características y especificaciones especiales de acuerdo con las
diferentes necesidades de las personas. Esta singular situación
podría ser equiparable a un gran centro comercial, en el cual
las religiones exponen sus argumentos al público y cada quien
escoge la que mejor se adapte a su necesidad o conveniencia.
La Religión
también ha ocupado un lugar importante en el desarrollo de
nuestra historia. Podemos afirmar, sin temor a exagerar, que la
Religión ha desempeñado un rol trascendental en más del 85% de
los eventos que han marcado radicalmente el curso de la historia
y es en este hecho en el que se reflejan claramente las más
arraigadas necesidades espirituales del ser humano. Se conoce,
gracias al trabajo de historiadores y especialistas en el tema,
que en la época de la Inquisición, por ejemplo, el desarrollo de
la tecnología se vio radicalmente entorpecido debido a la enorme
represión que ejercían los grandes eclesiásticos de la época
sobre quienes se apartasen de los preceptos dictaminados por
ellos; por ende, cualquier descubrimiento de carácter científico
que implicase controversias de carácter religioso era destruido
y el responsable, llamado “hereje”, en muchos de los casos
recibía como castigo la pena de muerte en la hoguera. En
contraste, tenemos que la Religión también ha inspirado el
desarrollo y florecimiento de grandes imperios y civilizaciones
de tiempos muy remotos, como los antiguos Griegos, quienes
basaban sus creencias en una multiplicidad de dioses cuyas
características eran muy similares a las de los seres humanos,
es decir, de procedencia Antropomórfica y de quienes obtuvimos,
entre otros, un enorme legado cultural y social.
Aunque en
nuestros días una gran parte de las religiones existentes
planteen en sus doctrinas estilos de vida irreprochables,
existen comunidades que sólo intentan aprovecharse de la
vulnerabilidad de ciertas personas para obtener lucro o
conseguir objetivos políticos a costas de su fe ciega. En el
mundo ocurren a diario los eventos más insólitos en los cuales
el hombre ha pretendido usar la Religión como máscara para
disfrazar los actos más lamentables. Hoy día estamos siendo
testigos de uno de los episodios más sangrientos que ha
registrado nuestra historia: la interminable guerra que se vive
actualmente en Oriente Medio entre miembros de las comunidades
Judías, pertenecientes a Israel, y miembros de las comunidades
Islámicas (musulmanes), procedentes de Palestina. Cientos de
personas son víctimas de individuos que sacrifican sus vidas en
actos terroristas, según ellos, en nombre del Dios de su
Religión, siendo que se ha constatado que ni el Islam ni el
Judaísmo promueven el suicidio como acto de fe. Análogamente, se
conocen casos de individuos que se han autoproclamado “Enviados
de Dios”, o “Mesías”, y por medio de este tipo de presunciones
han logrado someter a otros, impulsándolos a cometer toda clase
de actos.
Mas no
podemos responsabilizar a la Religión por los desventurados
acontecimientos que le han ocurrido a nuestra civilización. No
podemos culpar a la máscara que contemplamos durante el engaño.
Debemos observar al verdadero autor, quien se encuentra tras el
disfraz, el que actúa con ocultas intenciones. El animal
intelectual llamado “hombre” es a quien debemos responsabilizar,
porque ha sido el causante de que a diario se cometan las más
graves injusticias en el mundo, además de destruir su propio
hogar colmando de suciedad y decadencia todo aquello con lo cual
tropieza. Acaso… ¿el ser humano ha creado la Religión con el fin
de justificar sus errores? ¿No le es posible al hombre moderno
observar a simple vista lo que está ocurriendo en nuestro
planeta a causa de su ignorancia?
En el ámbito
de la Psicología se dice que los errores ayudan a las personas a
alcanzar la madurez por medio de la reflexión acerca de cada uno
de sus actos, pues al final se comprende mejor la naturaleza de
la sociedad y la manera de convivir con nuestro entorno sin
alterarlo radicalmente. Por esta razón sería muy inadecuado
pretender justificar a cada momento nuestras acciones erradas,
ya que estaríamos saltando este pequeño pero importante paso. Si
reflexionáramos cada día sobre nuestras acciones tanto positivas
como negativas, si intentásemos situarnos en la posición de las
demás personas, si por un instante nos sentáramos a meditar
sobre la forma de ayudar a mejorar nuestro mundo, y si en algún
momento dentro de nuestra corta existencia nos dedicáramos a
mejorar un poco nuestra forma de actuar, entenderíamos el
verdadero significado de la Religión, pues ésta no sólo se
limita a la creencia en un ser divino todopoderoso y vengativo
al cual hay que temer. Tampoco se trata de andar por ahí
actuando como un ser salvaje: mintiendo, odiando, ultrajando y
asesinando para luego pretender que, con un sencillo acto de
contrición, resultaremos santificados y libres de toda culpa
para así poder volver a empezar ese círculo vicioso en el cual
el hombre ha pretendido usar la Religión como el chivo
expiatorio de su mezquindad. La Religión abarca mucho más que
eso. Se trata de un estilo de vida idóneo para el hombre,
fundado en la fe y basado en la virtud.
La gran
mayoría de religiones existentes promueven valores como la
honestidad, el perdón, el diálogo y el amor como principios
elementales para lograr la comunicación con ese ser supremo y
obtener como resultado la tan buscada y anhelada felicidad de la
que han hablado ya innumerables autores. Pero, dadas las
circunstancias por las cuales está atravesando actualmente el
ser humano —hambrunas, enfermedad, tragedias, violencia y
guerra, todas carentes de alguna mínima señal de felicidad—,
podríamos concluir que tal vez existe una seria tendencia del
hombre a confundir y manipular la información para darle el
sentido que mejor se adapte a su condición o conveniencia. De
esta forma, es muy fácil y cómodo llevar una vida llena de
abusos y excesos sin sentir la menor culpa o remordimiento y, no
habiendo lugar a reflexiones, se llega a un estado de
inconsciencia en el cual los propios defectos pueden ser
enmascarados y sometidos, lo que consecuente e inevitablemente
termina por convertir al hombre en su propio gran obstáculo.
La Religión
debería ser fuente de inspiración de grandes obras y de hombres
cuyos cometidos sean ejemplo de virtud para sus semejantes; de
jóvenes creativos dispuestos a luchar porque las próximas
generaciones vivan en un mundo sin guerra y para que ésta sea
sólo el recuerdo de un dramático episodio más de nuestra
historia. Nuestro mundo necesita de la conciencia de todos. No
basta sólo con palabras. Se requiere de la honestidad de todos
aquellos que dicen llamarse religiosos o practicar determinada
doctrina, y ser ejemplos de vida para las generaciones
venideras, ya que no se necesita ser un erudito en la materia
para notar que, independiente de la Religión o credo que se
profese, existen normas naturales y elementales de conducta
basadas en la razón, las cuales, sumadas a un poco de
espiritualidad y mucha voluntad, podrían conducirnos hacia un
estilo de vida ideal… en lo cual no concuerdan la mayoría de las
religiones existentes.
Mas, con
esto, no necesariamente estamos proclamando la total
decadencia del ser humano. Y aunque desafortunadamente se trate
de un fenómeno bastante globalizado, aún existen personas y
comunidades concientes de esta situación y a su vez ansiosas por
aportar su pequeño grano de arena a favor del cambio. Aún
existen soñadores e idealistas trabajando en la creación de un
mundo nuevo: un mundo en donde la solidaridad sea más que una
palabra y donde el amor abandone su reclusión en la utopía para
ocupar un sitio en cada acción y pensamiento del hombre y así
lograr detener el acelerado curso del ser humano a la
destrucción y, por consiguiente, asegurar nuestra propia
supervivencia.
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El dictador que quiso ser
el trasunto físico de
Napoleón I
RICARDO GARCÍA RAMÍREZ,
profesor Titular emérito de la UFPS.
El general
Jorge Ubico
gobernó Guatemala desde 1931 hasta 1944, cuando fue derrocado
por un movimiento popular.
Siempre tuvo
una obsesión maniática para la cual trabajaban febrilmente
sastres, maquilladores y fotógrafos: la de ser físicamente
parecido al emperador Napoleón Bonaparte. Pasaba horas mirándose
en el espejo para ver los adelantos de la semejanza, y comía
dulces y carbohidratos para tener una barriguita parecida a la
de “Su Imperial Majestad”.
El general Ubico era extremadamente rudo, como su padre Mamerto, quien
amarraba a sus siervos a un árbol y los vapuleaba hasta
desollarlos por cualquier desacato o negligencia en el trabajo.
A menudo don Mamerto le decía a su hijo Jorge: “Los hombres son,
en su gran mayoría, bestias que no entienden sino el lenguaje
del garrote”.
Se dice que en la época del general Ubico la seguridad en Guatemala era
tan increíble, que se dormía con las puertas abiertas. A los
delincuentes de “alto rango” los fusilaba sin ninguna
explicación. A los ladrones les amarraba las manos y los
arrojaba desnudos a una alberca y, una vez allí, les aplicaba
baños eléctricos que les hacía dar saltitos muy chistosos. De
esas experiencias de alto voltaje, a los raterillos les quedaban
imborrables “lecciones de honradez y buena conducta”.
Con sus enemigos políticos tenía dos opciones. A los más peligrosos los
fusilaba, no sin antes darles una golpiza en las partes nobles
(en las güevas). A los que él creía que merecían cierta
benignidad les amarraba las manos y les colocaba un torniquete
en forma de corona en su cabeza, que todos los días iba
apretando hasta que morían o enloquecían.
Ubico tomaba fotografías de esos actos, que luego observaba con regocijo.
Cuando se aburría de las fotos, bajaba a las mazmorras para
verificar la aplicación de sus muy originales métodos de
corrección y enmienda. A quien no le cumplía las órdenes o las
cumplía mal, lo hacía empelotar, sujetar a una columna y
flagelar, hasta cuando él levantara el dedo pulgar como signo de
perdón.
Como Trujillo, el dictador de República Dominicana, Ubico visitaba a los
campesinos para llevarles ayudas en especie. Un día un campesino
le solicitó una marimba y el general le hizo llegar la mejor a
la menor brevedad. Otro día un campesino le pidió una tierrita
para trabajar y el general le echó un largo sermón sobre el
carácter sagrado de la propiedad privada y le aconsejó
paternalmente resignarse a su pobreza, por cuanto ella obedecía
a los designios de Dios.
Uno de sus compañeros de armas intentó hacerle un levantamiento, cansado
de tanta sangre, chivateo y terror. Esa insurrección no prosperó
y su cabecilla fue aprehendido, encarcelado y torturado para que
delatara a los demás.
El malogrado conspirador les dijo a los guardias que “cantaría”, pero sólo
en presencia de Ubico, quien bajó a las mazmorras para escuchar
al insurrecto y, cuando estuvo frente a él, éste le dijo:
“Escucha bien, Jorge: no es cierto que yo te haya llamado para
delatar a nadie, porque yo no soy un asqueroso sapo. Lo hice
sólo para recordarte que eres un cochino bastardo y un hijo de
la peor puta”. Inmediatamente, y sin darle tiempo al general, lo
escupió en el ojo derecho con puntería militar. Como es lógico,
sus esbirros lo acribillaron, dejándolo como un mazacote
irreconocible y grotesco.
Pablo Neruda fue invitado a Guatemala a un recital poético en la época de
Ubico. El teatro estaba repleto la noche del recital, en
especial de militares. Neruda no cometió la temeridad de
presentar un repertorio de poesía política y combativa, sino que
leyó la primorosa selección de poesías juveniles de amor, que
fueron su seguro de vida.
El recital fue todo un éxito y, cuando Neruda se inclinó varias veces para
agradecerle al público sus aplausos, miró con disimulo el palco
principal y a derecha e izquierda vio potentes ametralladoras
emplazadas, apuntando a su cabeza. Según lo supo después Neruda
de manera oficial, tenían orden de disparar si él recitaba
poemas “subversivos”. Y lo más grave de todo fue que la decisión
de disparar o no, según el contenido de los poemas, fue dejada
al criterio de los matarifes, que lógicamente no eran doctos
críticos literarios.
Cuando recitó el poema 15, “Me gustas cuando callas porque estás como
ausente (…)”, fue ovacionado largamente porque, según los
áulicos del general, podía acuñarse como el slogan del
gobierno contra la oposición.
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FUENTE: El
libro
Bestiario Tropical,
de Alfredo Iriarte.
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De Lisandro Duque Naranjo en su artículo
Los once diputados
(del Valle, asesinados), publicado en la página 20-A del
semanario
El Espectador
del 1º al 7 de julio del 2007:
«El
presidente Uribe va a tener que decidir si gobierna como
representante de todos los colombianos, o por lo menos tiene
alguna piedad con quienes se encuentran en condición altamente
vulnerable, o si actúa desde palacio estrictamente como hijo de
don Alberto Uribe,
(su papá)
una víctima de las Farc, pues esa
rabia y ese dolor tan personales están ampliando en exceso el
número de huérfanos causados por esa organización.»
Una semana después, en primera plana del mismo semanario
apareció una caricatura del maestro Héctor Osuna, en la cual el
presidente Álvaro Uribe le dice a un grupo de familiares de
secuestrados: «El dolor por el ser querido los obnubila.»
Y uno de dichos familiares le pregunta: «¿Y
usted, cuánto lleva obnubilado?»
(A propósito de tal apreciación o percepción del
caricaturista y del cineasta-columnista, remember el
artículo
La salud mental del gobernante,
publicado en la edición Nº 30 de
Occidente Universitario.)
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N O T A S :
u Cualquier nota que no tenga explícitamente autor, debe
ser
atribuida
exclusivamente al director de
Occidente Universitario.
v Por limitaciones pecuniarias, las ediciones «en papel»
de
Occidente Universitario,
que se difunden completamente
gratis, es de 40
ejemplares, en promedio.
? La
edición Nº 81 de