OCCIDENTE UNIVERSITARIO
N° 81
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Publicación informal, editada en la Universidad Francisco de
Paula Santander (de Cúcuta, Colombia)
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Director: JAIRO
CELY
NIÑO
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4 pp
(la edición en papel)
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Jueves 26 de Julio del 2007
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A
MODO DE «EDITORIAL (O ALGO ASÍ)».
Irse antes de cumplir 60 años
En el
«Editorial (o algo así)» de la edición recién pasada se
transcribieron 2 de los 7 párrafos de un artículo de Salomón
Kalmanovitz que mencionan, entre otros, el indignante
tratamiento que recibe del Estado el profesor jubilado cuando
trata de seguir colaborando —se sobreentiende que «a destajo»—
con la universidad estatal de la cual se jubiló.
Porque
también el ex colega Kalmanovitz señala cuán costoso es para las
universidades estatales, en lo pecuniario y académico,
«pensionar masivamente» a sus profesores al cumplir 55 años, a
los cuales tácitamente el ex colega los considera una edad
primaveral para el trabajo intelectual.
Claro que el
mencionado privilegio de jubilarse al cumplir 55 años es
de los profesores veteranos, pues, si el presidente Uribe Vélez
dejara las cosas como están, los jóvenes colegas tendrían que
trabajar 7 años más que aquéllos para acceder a una pensión.
Pero, si lo siguen reeligiendo, terminará «subiéndoles la vara»
a los 80, lo cual equivaldría a que muy pocos o «poquísimos»
vivirían para disfrutar de una pensión. Eso sí: sin abolir el
deber de cotizar para el fondo que dizque habrá de pagarles la
pensión (que no verán).
En otro
párrafo plantea el ex colega que las universidades públicas
deberían impedir que sus profesores abandonen la institución
«antes de tiempo» con lo cual ganarían los estudiantes, sobre
todo si el profesor desarrolló habilidades de investigador en su
carrera. Y redondea: «Es sobre todo del interés de la
institución mantener en la nómina a los mejores profesores que
han pasado el umbral de los 55 años o 60».
Es probable
que quienes leyeron el artículo y no conocen «las intimidades»
de las universidades estatales, que son el 99% (por lo menos) de
los habitantes del país, se hayan preguntado: ¿por qué, con los
actuales profesores veteranos, los 55 años se han convertido en
algo así como una edad «fatal»?
En el caso
particular de la Universidad Francisco de Paula Santander ocurre
que, con 55 años de edad y por lo menos 20 años de servicio, los
actuales veteranos adquieren el derecho a una «pensión de
jubilación» que les pagaría la Institución y, cuando cumplan los
60, dejarían de percibirla y comenzarían a percibir del Seguro
Social la horrorófonamente denominada «pensión de vejez». Pero,
como la «de vejez» resulta ser menor que la «de jubilación» que
percibían, queda a cargo de la Institución la diferencia para
que la mesada conserve el poder adquisitivo.
Eso significa
que si el veterano cumple 60 años y aún está en la nómina del
profesorado de carrera, pierde el derecho a jubilarse y sólo le
quedará la opción de que el Seguro lo pensione, con la
consecuente resignación a una mesada «de vejez» menoscabada.
Ante dicha perspectiva, es entendible que la consigna del colega
veterano sea la de algo así como que: «¡Me largo, antes de que
me cojan los 60!».
Ahora bien:
si no recuerda mal «el suscrito» Director, hace unos 15 años,
cuando era rector de la Nacional el profesor Antanas Mockus,
Kalmanovitz fue vicerrector. Luego cabe preguntar si por
entonces lo desvelaban las preocupaciones planteadas ahora que
se encuentra pensionado. Y si sí lo desvelaban, cabe preguntar
si propuso un incentivo para retener al profesor que al cumplir
55 solicitara la pensión.
Desde luego,
«el suscrito» Director carece de información para responder las
dos preguntas, así como también carece de motivación para
hacer una propuesta, habida cuenta de que en la Universidad
Francisco de Paula Santander basta con que él plantee algo en
Occidente
para que la Rectoría se ranche en lo contrario. Pero ello no
obsta para «botar corriente» en relación con este cuento.
Dando por
descontada la conservación del poder adquisitivo de la plata,
supóngase que un profesor que devenga un millón de pesos de
salario, cumple 55 años y solicita su pensión. La mesada «de
jubilación» le quedará en $940.000 (pesos menos, pesos más) y
dentro de 5 años el Seguro Social le pagará una «de vejez» de
$700.000 (pesos menos, pesos más), por lo cual a la Universidad
se le bajará la erogación de 940 a 240 mil pesos (pesos menos,
pesos más). Un raciocinio cocinero —palabras que son tan
mutuamente excluyentes como las de inteligencia militar—
llevaría al rector de turno a chicanear con que: «Me ahorré
—como si la plata fuera de él— $700.000 en cada sueldo y cada
prima».
Pero, como
las clases que daba el veterano alguien debe darlas, la
Universidad lo reemplazará con un novato, al cual, por esa
condición, le pagará 500.000. O sea que, en los 5 años que el
veterano dura jubilado, en cada vez la Institución deberá pagar
los $940.000 de la pensión del veterano más los 500.000 del
sueldo del novato. Pero, si el veterano se dejara coger de los
60, durante 5 años se ahorraría 500.000 cada vez que pague un
sueldo y una prima.
Entonces,
¿qué hacer para que el veterano no se largue apenas cumpla 55 y
«jornalee» hasta los 60, y por qué no hasta los 65 o los 70?
El sentido
común sugeriría ofrecerle la garantía de algo así como un
statu quo: que cuando se retire a los 60 o a los 65 o los
70, la Institución le pagará la diferencia entre el 94% del
salario (que es lo que le habría quedado de pensión si se
hubiese jubilado al cumplir 55) y lo que el Seguro Social le
liquide como mesada «de vejez». A fin y al cabo, tal diferencia
la tendría vitaliciamente que pagar si el veterano se hubiera
largado al cumplir 55.
Claro: esta
«disquisición» (o algo así) sólo ha considerado lo que algún
santo (o que por tal lo tuvo el Papa que lo «elevó a los
altares») denominó el vil estiércol de Satán. Porque otro cuento
es aquel en el cual más enfatiza Kalmanovitz: la ganancia en lo
académico, que es más producto de la sabiduría de los años que
de los diplomas de doctor o de algo más.n
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Modismos Cucutoches (15):
Cúcuta pepiada
CARLOS HUMBERTO AFRICANO,
profesor Asociado emérito de la UFPS.
kafrica_55@hotmail.com
Es la tercera
o cuarta vez que digo en este libro que en épocas pasadas,
Cúcuta se vestía de lino y seda, mientras los rolos lo hacían
con zaraza y ruanas. El traje diario obligado de los caballeros
era vestido de lino blanco y corbata negra y para las damas, un
típico traje que llamaban “estilo sastre”. En las fiestas
tradicionales de Navidad y Semana Santa era obligado el estreno.
Los bailes en los clubes eran de saco y corbata y entonces se
decía que se andaba “con la hebra”. Los domingos también era
obligado andar con “la pinta”, “ponerse la percha”, porque para
la verbena bailable de las cuatro de la tarde había que estar
“pinchado”.
Todo esto es
hoy apenas recuerdos del pasado, porque pinta y dichos
desaparecieron. Los muchachos hoy día no quieren saber nada del
“Mako” —palabra despectiva que nosotros acuñamos para referirnos
al traje formal—, ni de esa vaina de andar bien vestido. Es que
hasta preguntan con toda su candidez: “¿qué es ‘bien vestido’?”
Y se miran y remiran para saber qué es lo feo que tienen, sin
darse cuenta de que las pintas diarias con las que algunos se
visten, son unos andrajos.
Ayer (junio
14/2007), mientras escribía estas notas en la cafetería del
cuarto piso del edificio Fundadores, de la UFPS —por mucho
tiempo, para mí, lugar de encuentro, sitio de reunión y “sala de
redacción”—, entró un estudiante con unos descoloridos jean con
severos rotos a la altura de la rodilla, en una maga, y a la
altura del muslo, en la otra. Como estaba en este asunto, no me
aguanté las ganas de llamarlo y enterarlo de lo que estaba
escribiendo, para luego preguntarle si había alguna razón
especial por la cual muchos estudiantes usaban esa pinta
andrajosa; le aclaré que era “para dejarlo consignado aquí”. Se
miró con su cara de sorpresa y de hito en hito me miraba, y
estoy seguro de que en su cabeza se hacía la misma pregunta que
todos: “¿qué es lo feo que tengo?” No me respondió nada, pero
pude evadirme de la situación incómoda en que me había metido
(era yo el incómodo, él seguía fresco), porque otro estudiante
lo llamó. Pero me sigue quedando la inquietud: ¿por qué los
muchachos se visten tan estrafalario?, ¿será que copian
costumbres ajenas? Mientras tanto, las chicas, que son y siguen
siendo unas damitas cucuteñas, se visten con una elegancia que
ya quisieran tener en otras partes. Y como de este tema hay poco
que decir, apenas nos quedan estos dichos:
El cucuteño
no se viste bien, sino que “se pone la pinta”. Además, utiliza
(utilizaba, porque vestirse bien se acabó) cualquiera de estas
expresiones para indicar que va bien vestido, las cuales algunas
veces se dicen en son de elogio y las más, en son de broma:
¡Ucha, Pepe!
¡Uy, qué
pinta!
Andar con la
pinta
Estar de
pipiripao
Ponerse la
percha
Estar pepiado
Estar
pinchado
Ponerse la
hebra
Estar
emperifollado
Pura pinta:
Es nuestra expresión criollísima que reemplaza: “el hábito no
hace al monje”. Se dice con desdén y con burla para referirse a
una persona que con su vestimenta aparenta lo que no es.
Se amatachinó:
Ahora se dice que “¡cómo tiene personalidad!” aquella persona
que se viste estrafalario. Nosotros, desde hace tiempo, les
tenemos su mensaje: Se amatachinó. Es decir: se vistió como un
matachín.
Se puso el mako:
Es despectivo para nombrar el traje formal, el traje completo de
los caballeros: el “mako”. En otros tiempos se llamaba (y en
gente culta se llama) por su nombre propio: el “flux”.n
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Generalísimo, benefactor y
padre de la patria (2)
RICARDO GARCÍA RAMÍREZ,
profesor Titular emérito de la UFPS.
En el
artículo anterior dejé a Porfirio Rubirosa en la embajada
dominicana ante el Tercer Reich, con dificultades para desahogar
su libido insaciable. Para una alemana de esa época era mejor no
haber nacido que culiar con un exponente de una raza “inferior y
degenerada”, pues la GESTAPO estaba presta a castigar los
pecados contra la pureza racial.
Ante tan
cruel y prolongada castidad pidió traslado a la embajada en
Francia, que “mi general” le concedió. Allí se sintió en un país
libre, donde a una mujer no se la enjuiciaba por culiar con
quien quisiera. Allí Rubirosa se dio la gran vida de puto
seductor. En 1942 se casó con la famosa actriz europea Danielle
Darrieux, conquistada a base de mentiras.
De París pasó
a la embajada ante Italia, donde empezó a serle infiel a
Danielle. En Roma sedujo a una bella, famosa y rica periodista,
que era la mujer más rica del mundo. Se llamaba Doris Duque,
heredera única del mayor imperio tabacalero de los Estados
Unidos. Contra viento y marea dejó a la Darrieux y se casó con
la Duque.
Dorisita le
regaló un millón de dólares, un avión, una flotilla de autos de
carreras, una cuadra de caballos de paso y un fabuloso palacio
en las riberas del Sena. Porfirio había vendido a buen precio su
bragueta. Tras ordeñar a su rica consorte y sabiendo que no lo
seguiría, le dijo que se iba de embajador a la tierra del
dictador Juan Domingo Perón. Por la separación, Doris le dio a
Rubirosa un cheque sustancioso y, de los regalos de boda en
especie, sólo le dejó los caballos.
En Argentina
llevó una vida esplendorosa seduciendo beldades y hasta le echó
el ojo a Evita Perón quien, según él, tenía “unas tetas de muy
buen ver”. Pero se abstuvo de echarle los perros pues, para él,
no había la menor duda de que la preservación de ese mito era
mil veces más importante que echarle sus polvitos. Su estadía
allá fue una de las más placenteras: trabajaba poco y se lo
pasaba jugando polo. Sus proezas ecuestres lo convirtieron en
estrella de primera magnitud de la alta sociedad, a cuyas
reuniones no faltaba.
Un día
Rubirosa se topó en París con Doris, su esposa (pues no se
habían divorciado), y con pasmoso cinismo le dijo: “Después de
haber sido tu abnegado y fiel esposo, no puedes dejarme en la
miseria. Estoy en bancarrota, pero puedo salir de apuros con
cinco millones de dólares y el palacio de París”. Y ocurrió lo
inaudito: sonriendo con ternura, ella le hizo un cheque por la
cantidad que mencionó.
En esos
primeros años de la década de los 40, Rubirosa gastó dinero por
montones, fornicó cuanto pudo y acumuló trofeos de polo. Y
cuando quedó otra vez en bancarrota, su primer suegro llenó con
muchos dólares sus cuentas, pues Trujillo estaba convencido de
que era su embajador estrella.
Cuando
enamoró a Zsa Zsa Garbor se disparó su fama de seductor. Por esa
época se decía que difícilmente había una mujer en el mundo a la
que no se le mojaran las pantaletas con sólo imaginar “en
acción” a Rubirosa. Y cuando a Zsa Zsa Garbor empezó a
ablandárseles las nalgas y a escurrírseles las tetas, cambió el
plan de vuelo y encontró otro tesoro: la archimillonaria Bárbara
Hutton. Abandonó a Zsa Zsa Garbor y se casó con la Hutton,
después de que Doris tramitó y obtuvo el divorcio tras
encontrarlos follando en un hotel.
Lógicamente,
la intención de Rubirosa era sacarle plata a la otoñal, magra e
hipocondríaca Bárbara. Él decía: “Mis fondos se agotan al galope
y, por lo tanto, entre la belleza y el dinero, no puedo
vacilar”. Hasta Trujillo celebró esa osadía erótica de Rubirosa.
Cuando llegaron a Palm Beach para la luna de miel, Bárbara cayó
en cama con todos los males habidos y por haber. Dicen que en
ese estado tan lamentable sólo echaron tres polvos lánguidos,
difíciles y tediosos. Rubirosa seguía follando por fuera, hasta
que, en su lecho de enferma, Bárbara estalló y le solicitó el
divorcio, dándole a cambio cinco millones de dólares. Se dice
que Bárbara Hutton ha impuesto una marca que no ha tenido los
honores que merece: la de haber pagado los tres polvos más caros
de la historia universal.
Pero dejo a
Ruborosa, porque le he dedicado muchos párrafos sin ser el
protagonista de esta historia, y vuelvo a quien lo es: Rafael
Leonidas Trujillo, el “Generalísimo, Benefactor y Padre de la
Patria”, como se le tenía que llamar.
Este dictador
tenía una manera muy especial para salir de sus más altos
colaboradores. Lo común es que a un ministro incómodo le pidan
la renuncia. Pero Trujillo hacía sonar una sirena en el despacho
del burócrata que quería destituir y allá llegaban un par de
gorilas quienes, con palabras soeces y sin ninguna explicación,
lo ponían a empellones en la calle.
Al
generalísimo le gustaba que sus empleados lo adularan, sobre
todo por escrito; de lo contrario, los desterraba o los pasaba
al papayo. Cuentan que un escritor español, llamado Jesús de
Galíndez, escribió un libro titulado La era de Trujillo
que a éste no le gustó, por lo cual lo persiguieron hasta Nueva
York donde lo arrojaron a una chimenea de un barco que aún tenía
sus máquinas prendidas. Según se dice, para Trujillo el
cementerio era: “Un lugar de reposo para los difuntos y de
advertencia para los vivos de todo el mundo”.
Su fortuna se
calculó en mil millones de dólares y llegó a ser el propietario
del 65% de las tierras productivas del país. Otro rasgo
extravagante de Trujillo fue su pasión obsesiva por el lujo en
el vestir. Fue un currutaco (enano) ostentoso, abigarrado
y fanfarrón. Adoraba los bicornios adornados con plumas de
avestruz y llegó a tener un centenar. Tenía más de dos mil
trajes, entre vestidos civiles y uniformes militares. Tenía más
de diez mil corbatas y cerca de 500 pares de zapatos. Dicen que
nunca tuvo menos de veinte mil camisas.
Aunque era
casado con Bienvenida Ricardo, una gordita exuberante, la
abandonó por ser muy infantil y se enmozó con quien le dio el
hijo que siempre había querido tener: Rafael Leonidas Jr., mejor
conocido como Ranfis. A los 4 años lo hizo coronel y a
los 9, general de brigada. La megalomanía no se detenía ante el
ridículo y menos tratándose de él o su familia. Tuvo otros
hijos: Flor de Oro, de la que ya hablé; Radamés, que era un
perfecto idiota; y Angelita, la menor, que era muy bella pero
era una ninfómana perdida, por cuyo lecho desfilaron todos los
jóvenes cadetes y oficiales de las fuerzas armadas dominicanas.
Ranfis
Trujillo tenía todas las taras de su padre pero ninguno de sus
atributos. Era un cobarde, un mentecato y un mediocre, cuyas
torpezas a menudo exasperaban al dictador. Era lujurioso, beodo
incorregible y un haragán que jamás mancilló sus manos con algo
parecido a trabajar. Se matriculó en la academia militar de Fort
Leavenworth (California), a la que no asistió por la vida de
crápula que llevaba. La academia lo rajó y lo expulsó. El
dictador llevó ese caso ante la ONU y la amenazó con una ruptura
diplomática.
La mamá del
dictador, Altagracia Julia Molina, era una dama buena pero boba
que escribió un libro idiota sobre Máximas Morales, del que se
editaron 500 mil ejemplares y por lo cual la Academia Dominicana
de la Lengua la consagró como: “Benemérita de las letras
dominicanas, a la par de Cervantes y Quevedo”.
Cuenta que
Leonidas Trujillo tuvo cinco hermanos. Uno de ellos, Héctor
Bienvenido (el Negro), era un bobo dócil
y sumiso. Los otros cuatro hermanos, Aníbal, Virgilio,
Petan y Pepe, fueron un viacrucis para Trujillo durante su larga
dictadura. Eran una cáfila de rufianes de la peor calaña. El más
siniestro fue Pepe, quien quiso conspirar contra su hermano
dictador y apareció en su casa, “suicidado”.
La voracidad
sexual del dictador fue famosa. Prefería mujeres mulatoides,
rollizas y tetonas. Tenía la cursi costumbre de recitarles
mientras las tenía empelotas en la cama, listas para follar. Era
su singular arma de seducción.
Cuando la
Iglesia empezó a criticarlo desde los púlpitos, decidió acabar
con su cabeza visible: el papa Pío XII. Como le pareció que
enviar sicarios era burdo, recurrió a uno de los mejores brujos
de su tierra. Según el pueblo, ese brujo tenía muchísimos
poderes y mataba de mal de ojo. Y aunque no había montado en un
avión, Trujillo lo nombró agregado aéreo de la embajada
dominicana ante el Vaticano y le impartió esta orden: “Mátalo
con la sola mirada”. Cuando al brujo le concedieron la audiencia
que pidió con insistencia, el Papa ni siquiera se resfrió.
Entonces renunció a su cargo y se asiló en Noruega pues, si
volvía, el dictador lo “suicidaba”.
La cara
cómica del poder absoluto se describe en una anécdota de
Trujillo, quien se jactaba de ser muy buen bailarín. Un día
estuvo en una fiesta en donde muchas parejas bailaban el famoso
merengue dominicano. De entre las parejas sobresalía un man que
llamaba la atención por su destreza. Eso encolerizó al dictador,
quien le dijo a su edecán:
—Notifíquele
ya a ese mequetrefe que está destituido.
—Pero él no
es empleado público, mi general.
—Entonces hay
que nombrarlo para destituirlo.
Y así fue: lo
nombró embajador ante Japón y, apenas firmó el acta de posesión,
le notificaron su destitución.
Hay una
anécdota trágica, sobrecogedora y espantable, que demuestra cómo
el poder a veces puede volverse incontrolable para el mismo que
lo ejerce: en los últimos años de su dictadura, la megalomanía
de Trujillo llegó al extremo de enemistarse con la mayoría de
naciones democráticas; en especial con Venezuela y su
presidente, Rómulo Betancour, por haber propuesto sin tapujos
acabar con la tiranía dominicana.
Trujillo
buscó a un español, González Mata, para que le hiciera un
atentado a Betancour. Antes de llevarlo a cabo con un vehículo
con 25 kilos de TNT, Mata quiso hacer una prueba con muñecos y
Trujillo replicó: “¿Para qué muñecos, pendejo, si el ensayo debe
ser real?”.
Hizo traer a
dos matricidas, un parricida y un infanticida. Esos cuatro
estaban contentos pues, les dijeron, por prestarse a un
experimento serían indultados. Los cuatro criminales fueron
colocados en un auto, del que salieron en átomos volando. Para
estar más seguro, Trujillo hizo traer a tres rateros y se
repitió el experimento. “Ahora sí —dijo—, vamos a Caracas a
liquidar al enemigo”. El atentado se hizo el 23 de junio de
1960, pero el doctor Betancour sobrevivió.
Ese intento
de asesinato político agitó a la Casa Blanca, que envió un
emisario especial a exigirle la renuncia al dictador. Éste lo
escuchó con atención pero luego, indignado, hijueputió al
emisario y al presidente Kennedy, y le informó que tenía dos
horas para largarse del país; de lo contrario, lo fusilaría en
los jardines de su hotel.
Como Trujillo
rechazó el retiro digno, incluso el exilio dorado en España que
le ofreció su dictador Francisco Franco (también
“generalísimo”), el gobierno gringo encargó de la solución a los
matarifes de la CIA, quienes el 30 de mayo de 1961
cumplieron el encargo. Lógico que, como siempre, a través de
interpuestas personas del país.
La CIA
preparó minuciosamente el atentado. Esperaron a que se dirigiera
a su pueblo natal, San Cristóbal, donde lo esperaba una doncella
que iba a ser desdoncellada. Entonces las ametralladoras se
activaron. El chofer sobrevivió y huyó como una rata. Trujillo
quedó inerte y ensopado en su propia sangre. Actualmente sus
huesos reposan en París, en el cementerio Le Pére Lachaise.
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FUENTE: El
libro
Bestiario Tropical,
de Alfredo Iriarte.
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«A
veces llegan cartas…»
JAIRO
CELY
NIÑO,
autor del artículo
Una
trascendental intrascendencia,
de la
página 6 en la edición Nº 80 de
Occidente…
Con fecha 17 de julio del 2007 (un día después de difundida la
edición Nº 80 de
Occidente Universitario),
recibí un mensaje manuscrito de un colega veterano:
Apreciado Jairo:
Muchas gracias por el ejemplar del Nº 80 de
Occidente Universitario.
Con el mismo afecto de siempre
(…) rectifico tu afirmación “ningún profesor de esta
Institución ha recibido un premio internacional” por cuanto mi
tesis doctoral obtuvo el primer premio de Ciencias en el
concurso de tesis hispanoamericanas y filipinas del Instituto de
Cultura Hispánica (1968). Te complemento la información
que tanto mi título de químico como el de doctor se debieron a
los ingentes esfuerzos y trabajos de mi señora madre y a mi
trabajo cuando estudiaba.
Atentamente,
(Sigue la firma.)
COMENTARIO
Ante todo, la rectificación y el complemento del colega veterano
fueron motivados por el párrafo:
«Así que vaya y venga que a un profesor universitario
se lo condecore por haber recibido un premio internacional; o al
menos, nacional. Y si no recuerdo mal, ningún profesor de
esta Institución ha recibido un premio de esos; ni siquiera
alguno de quienes tienen postgrado de Doctor, cuya
consecución, salvo una única excepción, si no recuerdo mal, le
costó a la Institución ingentes recursos pecuniarios. (…)»
Pues bien: es evidente que no fui taxativo con que «ningún
profesor de esta Institución ha recibido un premio de esos»
(internacional o nacional), como quiera que a tal percepción la
antecedí de la expresión «si no recuerdo mal». Y no debía
posar de taxativo pues, si de joven ya mi memoria era
deplorable, peor lo es ahora que ya cumplí 54.
En rigor me refería a que ningún colega lo había recibido
exclusivamente por su labor o producción como profesor de esta
Institución, que es de lo cual «daría fe» si eventualmente me lo
permitiera mi deplorable retentiva. Porque, como a la casi
totalidad de profesores que han habido en mis casi 26 años de
servicio a esta Institución los conozco por colegas y no por
condiscípulos, desconozco qué desempeño modesto o destacado tuvo
como estudiante cada uno.
Es más: hace quizá un par de años, siendo presidente de la
Asociación de Profesores, redacté y difundí un comunicado
informando que a una colega le llegó un e-mail del Instituto
Politécnico Nacional, informándole que requerían su presencia en
el Distrito (mexicano) Federal para ser condecorada porque su
tesis doctoral había obtenido un premio nacional. De eso me
acordé cuando redacté el artículo
Una trascendental intrascendencia,
pero no lo registré porque fue obtenido por ser estudiante de
postgrado y porque desde hace un poco más de un año esta joven
dama ya no es nuestra colega en esta Institución.
Y en cuanto a la expresión «cuya consecución,» (del grado
de doctor) «salvo una única excepción, si no recuerdo mal, le
costó a la Institución ingentes recursos pecuniarios»,
tácitamente me referí como única excepción al colega veterano,
pues, pese a mi deplorable retentiva, sí recuerdo haber oído
que, cuando él se vinculó como profesor a esta Institución, ya
tenía su grado de doctor.n
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Faltando tal
vez «Cinco pa’ las doce» de la noche del domingo 15 de julio del
2007 le envié por Internet la edición Nº 80 de
Occidente Universitario
a
un joven colega «desplazado por la Academia», quien cursa
doctorado en la Universidad Complutense, de Madrid. Y por la
diferencia horaria entre Cúcuta y Madrid, en la madrugada de ese
lunes encontré en mi correo que el colega se había reportado:
Apreciado colega:
Te agradezco el Nº 80 de
Occidente Universitario.
Me interesó leer tu artículo sobre “las condecoraciones por
el deber cumplido”. Debo decirte que comparto el hecho de
que este “premio” debe ser para exaltar
lo mejor de lo mejor
de nuestra universidad, inclusive sin tener los 20, 25 o
30 años de servicio (…). Seguramente, muchos de los
doctores a los que tú te refieres preferirían estar en otra
universidad que reconozca social y públicamente, sin que tengan
25 años de servicio, su trayectoria y producción. (…)
Las organizaciones de hoy valoran el desarrollo de las
competencias profesionales de sus recursos humanos, e incentivan
su crecimiento personal, dado que ellos generan la mayor riqueza
de que goza una empresa: el conocimiento.
Lamentablemente, en nuestra UFPS las limitaciones de orden
presupuestal son la justificación permanente para que la
creatividad sea opacada por la burocracia. Sin embargo,
soy optimista que pronto los cambios cualitativos y sustanciales
en y para la universidad llegarán para darle la dinámica y
desarrollo que merece.
Un saludo y un abrazo fraternal.
(Sigue el nombre.)n
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N O T A S :
u
Cualquier nota que no tenga explícitamente autor, debe ser
atribuida
exclusivamente al director de
Occidente Universitario.
v Por
limitaciones pecuniarias, las ediciones «en papel» de
Occidente Universitario,
que se difunden completamente
gratis, es de
40 ejemplares, en promedio.
? La
edición Nº 82 de
Occidente Universitario
saldrá
(probablemente) el lunes 13 de agosto del 2007.