OCCIDENTE UNIVERSITARIO
N° 85
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Publicación informal, editada en la
Universidad Francisco de Paula Santander (de Cúcuta, Colombia)
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Director: JAIRO CELY NIÑO
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(la edición en papel)
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Miércoles 28 de Noviembre del 2007
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¡Qué vaina que la dicha sea
incompleta!
JAIRO CELY NIÑO,
profesor de
la Facultad de
Ingeniería de la UFPS.
jairocely@hotmail.com
El lunes 6 de
febrero de 1995 los profesores universitarios estatales entramos
en Asamblea Permanente Nacional Indefinida —un eufemismo para no
decir escuetamente «paro»—, demandando del gobierno nacional
reivindicaciones salariales y recursos para inversión en las
universidades estatales.
Y como era apenas obvio, el vocero del Gobierno fue el ministro de
Educación Nacional, Arturo Sarabia Better, el cual, aunque
resultó intransigente y un patán, en la madrugada del viernes 3
de marzo debió ceder y pactar con nuestros cuatro negociadores
nacionales un plazo de «concertación» de un trimestre, a razón
de una reunión de un día por semana, y a condición de que
iniciáramos el primer semestre académico del año.
Dicho trimestre se acabó sin que se hubiese llegado a un acuerdo en razón
del matonismo del ministro, por lo cual el lunes 5 de junio
reiniciamos la asamblea permanente.
Y cuando el ambiente entre el Ministerio de Educación y la Federación
Nacional de Profesores Universitarios llegó a sentirse —como
cantara José Alfredo— «muy cerquita del infierno», el presidente
de la República, Ernesto Samper, mandó al matón Sarabia Better
de embajador al Cono Sur y nombró ministra de Educación a su
embajadora ante Madrid, María Emma Mejía Vélez.
El cambio de interlocutor gubernamental de un patán por toda una dama fue
como pasar de negociar en una cantina del salvaje Oeste gringo a
una oficina de Naciones Unidas en Ginebra, por lo cual en la
madrugada del miércoles 9 de agosto nuestros negociadores y
María Bonita suscribieron un acuerdo satisfactorio
para los profesores universitarios estatales.
Esta remembranza de lo ocurrido hace doce años me la indujo el resultado
de los comicios del 28 de octubre de este año, como quiera que
toda una dama fue elegida alcaldesa de Cúcuta para reemplazar a
un patán.
Tal salvaje es el mismo bárbaro que hace 28 meses ordenó despojarle con
violencia a la Universidad Francisco de Paula Santander media
hectárea de su campus, y quien hace cuatro meses la despojó de
la sede del Bosque Popular. Y es el mismo a quien hace dos meses
la Fiscalía recluyó en una cárcel bumanguesa, como presunto
autor intelectual de un asesinato perpetrado por «paracos».
Como cucuteño y profesor de la Universidad Francisco de Paula Santander me
habría deprimido si, desde la cárcel bumanguesa, tal matón
hubiera seguido mangoneando como «alcalde en cuerpo ajeno», lo
cual indefectiblemente habría ocurrido si su muñeco
hubiese ganado la Alcaldía.
Pero ¡qué vaina que la dicha sea incompleta! Porque para gobernador marqué
el voto en blanco, aspirando a que éste superara los que
obtuvieran los otros candidatos para que la elección se
repitiera, por cuanto en la nueva no podrían participar los
candidatos que tuvo la anterior.
Pues como cucuteño no quería que el gobernador fuera quien ganó, porque
está apadrinado por el bárbaro que «tempera» en una cárcel
bumanguesa. Y como profesor de la Universidad Francisco de Paula
Santander menos quería que ganara, en razón de que es un
egresado y él, y el resto de egresados que eran sus colegas
concejales, nunca protestaron contra el salvaje despojo de la
mencionada media hectárea a la Institución que los formó.
Pero ganó, y ello me sugiere que el bárbaro recluso será «gobernador en
cuerpo ajeno» y, por lo tanto, será «presidente en cuerpo ajeno»
de nuestro máximo órgano universitario de Gobierno y dirección.
Claro que por aquello de el beneficio de la duda, cabría esperar
que, en relación con la Academia, le suceda lo que a aquel
personaje de la Biblia que se arrepintió de su traición
—excluyendo, claro está, el bíblico desenlace de expiar la culpa
recurriendo a un mecate— y, en relación con su mandato, también
cabría esperar que algún chamán o sacerdote lo exorcice para que
pueda ejercerlo sin la influencia del bárbaro recluso.n
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Este artículo
fue propuesto hace tres semanas a Oriente Universitario,
que es el periódico oficial de la Universidad Francisco de Paula
Santander, para su edición —le dijeron al autor— del domingo
subsiguiente. Como la edición está «más demorada que orgasmo de
borracho» en razón —le dijeron al autor— de que no se ha podido
reunir el Consejo Editorial de tal periódico, se publica por
descarte en
Occidente,
antes de que al texto impreso lo devore algún gorgojo o bicho
así, y al magnético lo vuelva «sánscrito» algún virus
informático.
(NOTA DEL AUTOR)
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Una leyenda
GUILLERMO
CARRILLO BECERRA,
profesor
Asociado emérito de la UFPS.
gecarril60@yahoo.es
José María Quijano Otero
(Bogotá, 1836-1872) fue poeta, periodista e historiador. Muy
pocos —y
acaso nadie—
como él ha dejado una memoria altamente grata, aunque un poco
desconocida para el grueso del público. Se dice que fue un gran
amigo y que no conoció la envidia ni la mezquindad. Fue defensor
de la causa de los pobres, lo cual se refleja en sus escritos.
Como historiador se dedicó a rescatar algunas leyendas de su
terruño, como esta, ubicada a finales de los años 1700 y
titulada:
«EL FIADOR
Era una noche de aquella Santafé de fines del siglo pasado en
que a las ocho de la noche las calles estaban desiertas,
oscuras, y si se veía tal cual luz, era de algún farol que
iluminaba la imagen de algún santo incrustado en la pared, o de
la linterna de algún raizal que aceleradamente se dirigía a su
habitación, donde debían estar aguardándolo para empezar el
rosario, que presidía siempre el jefe de la familia.
A pesar de la oscuridad y de la lluvia, un caballero se dirigía
apresuradamente a la casa del señor Pantaleón Gutiérrez. Tocó y
fue conducido al gabinete de don Pantaleón. Éste, al verlo,
cerró el libro que estaba leyendo y se levantó a recibir al
recién llegado.
—Malas
nuevas, don Pantaleón: no me ha sido posible conseguir el fiador
y comprendo que usted no puede hacer por mí más de lo que me
ofreció anoche. He venido a pintarle mi dolorosa situación: mi
honra comprometida, mi esposa enferma, mis hijos desnudos, y al
lado de este cuadro, la suerte que por primera vez me sonríe.
Pudiendo mejorar toda mi vida… pero para eso necesito quinientos
pesos en calidad de préstamo. Cansado de buscar la firma de un
amigo, porque ante la miseria muchos olvidan la honradez de los
años anteriores, no se me ha ocurrido sino presentarle a uno que
me conoce, que sabe lo que soy, pero que no sé si tenga las
condiciones que usted desea.
—Oh,
yo no exijo mucho
—contestó
don Pantaleón—:
quiero prestarle a usted un servicio, pero deseo que haya
responsables dos personas en vez de una. Más claro: quiero no
tanto un fiador como un testigo, traído por usted.
—Aquí
tiene usted el único que puedo presentarle
—repuso
el solicitante, con voz medio ahogada por las lágrimas, y al
decirlo, sacó debajo de la ruana un Cristo de madera, y, dándolo
a don Pantaleón, agregó:—
Como testigo es el mejor que puedo presentar; como fiador es el
único que puede responder por mí, porque es el único que ve mi
corazón, no mi miseria.
—Es
mucho más de lo que pedía
—dijo
don Pantaleón enternecido. Un momento después le entregó los
quinientos pesos que solicitaba y quiso devolverle el Cristo.
—No,
guarde usted el fiador: yo lo rescataré cumplidamente lo mismo
que Él me permite hoy rescatar mi honra y el pan de mis hijos.
Algunos meses más tarde regresó el favorecido con el préstamo,
no cabizbajo ni meditabundo, como la primera vez, sino con aire
contento, dejando ver en su fisonomía la dicha que rebosaba en
su corazón. Después de manifestarle a don Pantaleón todo el
agradecimiento que sentía, devolvió la suma que había recibido
en préstamo, no sólo con los intereses, sino con todas las
bendiciones de una familia honorable salvada a tiempo.
Inmediatamente don Pantaleón descolgó el Cristo del lugar donde
lo había colocado desde la noche en que lo recibió como fiador,
y devolviéndolo al dueño le dijo:
—Estamos
en paz; con fiadores como los que usted tiene, raro será que la
suerte no le sea propicia, y que Él no le redima a usted de
cualquier aflicción. Tan puntualmente como usted lo rescata hoy.
—Así
lo espero, don Pantaleón; mi suerte ha variado ya: una obra de
caridad como la que usted hizo, ha sido mi salvación; pero
complete usted su servicio y mi alegría no devolviéndome el
único fiador que tuve el día de la desgracia; consérvelo como
recuerdo de la gratitud de una familia y como una reliquia para
sus hijos.
Los nietos de don Pantaleón conservan con veneración el Cristo
que entró en su casa como fiador aceptado por un patriarca, y
que la desgracia consolada dejó como recuerdo y como reliquia.»
Esta historia la traigo a colación para hacer un pequeño tributo
a la palabra empeñada. Para nuestros antepasados, el compromiso
estaba por encima de cualquier sacrificio. No como ahora: nadie
cree en nadie, ni siquiera dentro de la misma familia. Cualquier
crédito requiere de fiadores con finca raíz, balances contables,
cartas de recomendación, huellas, autenticaciones, pagarés en
blanco. Toda operación que implique dinero se basa en la
sospecha.
También es cierto que, antiguamente, no existían tantos
tumbadores como hoy. Por eso no es raro encontrar en algunos
negocios unos avisos-caricaturas con frases muy dicientes: “Hoy
no fío, mañana sí”. “El que fiaba se murió”. O un tipo gordo,
con un tabaco en la mano y con una sonrisa de satisfacción,
exclamando: “Yo vendí al contado”; y al frente, un cucho
escurrido, con cara de angustia, maldiciendo: “Yo vendí a
crédito”.
En fin, hay que ser confiado pero tomando precauciones, no sea
que terminen pagándole con oraciones.
(Cúcuta, noviembre de 2007)
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La
Cúcuta que hemos perdido
JESÚS ENRIQUE LINDARTE DUARTE,
profesor Asociado emérito de la UFPS.
micropore_45@hotmail.com
A veces la
memoria de los pueblos se pierde en los recuentos nostálgicos de
los viejos, quienes se llevan consigo los más auténticos
testimonios de lo que constituía su raigambre. A la Cúcuta de
mediados del siglo XX la recuerdo y añoro porque tenía
identidad, cultura, urbanidad y urbanismo, gente que, cucuteña o
no, estaba orgullosa de vivir en Cúcuta, de llamarse cucuteños y
de trabajar por Cúcuta, por una Cúcuta de calles y avenidas
vestidas de almendrones, altas palmeras, acacias, mamones,
hurapos, buganvillas, muchas de aquellas calles y avenidas
perfumadas por la fragancia de rosas, mirtos y jazmines.
Recuerdo las calles y avenidas empedradas, motivo de orgullo de nuestra
identidad, hoy sepultadas bajo la tiranía del asfalto. Recuerdo
los lugares, puntos de referencia, los cuales servían a los
habitantes de la antañona Cúcuta para ubicarse y orientarse:
“Vaya hasta La Rosa Blanca y compre…”. Eran lugares con
historia y con orgullo de existir, muchos de los cuales han
desaparecido en la vorágine del cambio producido por la
modernidad. Sin embargo, con el desgaste inevitable de los
recuerdos, quiero retrotraer algunos de ellos con sus
denominaciones de entonces para solaz y ejercicio memorístico.
Quienes hoy superamos los 60 años de juventud (como dice una amiga), y nos
vemos rodeados de magníficas y modernas edificaciones (un
orgullo para la ciudad, por supuesto), recordamos con nostalgia
y dolor de terruño los viejos lugares que marcaron nuestras
vidas y le dieron identidad a nuestro presente. Como las
instalaciones de
La Aduana (donde hoy está el centro comercial El Oití), hasta
donde llegaba el tren a dejar las mercancías para el aforo.
La Rosa Blanca
(avenida 9ª con calle 10), una venta de misceláneos.
El Salón Blanco (avenida 6ª con calle 10), con lo más exquisito en
vinos, licores, chocolates, dulces y demás artículos para
regalos.
La Esquina
de la Fortuna,
una tienda en la calle 13 con avenida 9ª (barrio El Contento).
La Chiva, una tienda de misceláneos, en la esquina de la calle 11 con avenida 3ª.
Ben-Hur
(calle 11 con avenida 4ª), una tienda muy concurrida para hacer
un alto en las actividades comerciales. La
Panadería La
Roca (calle 10 con avenida 3ª). Los telares de
Pedro Felipe Lara, en la avenida 3ª entre calles 14 y 15.
El Triángulo Rojo,
muy parecido a El Salón Blanco, en la calle 10 con
avenida 4ª.
El Circo,
en la esquina suroccidental de la calle 10 con avenida 2ª, que
hoy está unos metros al sur de dicha esquina y a donde, para
curtir la nostalgia, aún acudimos los cucuteños a comprar dulces
de leche de cabra, de toronja, “arrastrados”, etc. La
Bomba Cúcuta, una estación de servicio
ubicada frente a El Circo antiguo. La
Ferretería El Cóndor, en la avenida 7ª con calle
11.
El Tequendama, una tienda de abarrotes en la avenida 8ª con calle
11. La
Esquina
de la Víctor, una venta de los famosos radios
RCA-Víctor, de bulbos o tubos de vacío, esquina que
posteriormente albergó las instalaciones de la
Phillips (“Tarde o temprano, su radio
será un Phillips”, decía su cuña radial). El
Café Rialto,
en la calle 10 entre avenidas 5ª y 6ª. El
Café del Comercio,
en la esquina suroriental de la calle 11 con avenida 5ª, en
donde era frecuente ver a señores de la época conversando
animadamente alrededor “del tinto y del vaso de agua”; entre
éstos, don Isidoro Duplat.
(Esta esquina ha tenido varias denominaciones comerciales: en un principio
fue la Casa Broyer, un almacén de inmigrantes alemanes;
después se construyó el edificio de don Antonio Copello, un
inmigrante italiano; luego funcionó el Café del Comercio;
posteriormente, y durante varios años, ahí estuvo el Almacén
Tony; y hoy día, en esa esquina tiene su sede el Banco
Davivienda.)
Las desparecidas salas de cine
Guzmán Berti,
Aire Libre,
Buenos Aires,
Miraflores
y
Santander,
donde, antes de ver las películas gringas o mejicanas, los
muchachos intercambiábamos las historietas (Comics, dicen
hoy los “chamos”) de Tarzán, El Llanero Solitario,
Supermán, Santo (el enmascarado de plata), etc.
Tito Abbo fue un almacén de ropa y calzado que el inmigrante italiano
de este nombre tuvo en la calle 12 con avenida 5ª, donde después
estuvo el almacén Ley y ahora, el almacén Éxito.
El Martillo
fue una tienda de abarrotes en la calle 14 con avenida 10. El
Mercado Cubierto de Cúcuta,
que estuvo en donde hoy están las oficinas del Acueducto. La
Esquina de
La Estrella, muy conocida por los cucuteños de hoy día pues aún existe
(avenida 7ª con calle 12). La
Ferretería
El Gallo de Oro, cuyo propietario era José Saieh,
estuvo en la avenida 7ª entre calles 12 y 13. La Esquina de
La Equitativa
estuvo en la avenida 7ª con calle 13. La Esquina de don Antonio
Copello, residencia de este inmigrante italiano, estuvo en la
calle 11 con avenida 2ª.
La Lucha,
fue una tienda (y al fondo, un burdel) en la esquina de la calle
14 con avenida 10. En el
Banco de la República,
cuyo edificio era de arquitectura republicana, se cumplían las
operaciones bancarias de la ciudad y en cuyas oficinas existió
un reloj de pedestal el cual marcaba la hora exacta de la
actividad citadina; dicha edificación fue demolida para dar paso
a la estructura que hoy vemos en la calle 11 con avenida 5ª,
aunque la sede del banco está ahora sobre la Diagonal Santander,
detrás del Club Cazadores.
Las instalaciones del
Ferrocarril de Cúcuta,
que recorrí en mi niñez y en cuyo tren viajé hasta Puerto
Santander, fue un importante medio de transporte que nos
comunicaba con el puerto venezolano de Encontrados, de
donde regresaba cargado con todo tipo de mercancías
(automotores, finas telas europeas, licores, etc.) que entraban
por Maracaibo de diferentes partes del mundo. Por supuesto, esta
maravilla no duró mucho tiempo pues, sobra decirlo, nuestra
dirigencia no supo preservar, mantener y mucho menos defender de
los detractores de la ciudad tal recurso y lo perdimos, así como
la hermosa arquitectura de su estación principal: la
Estación Cúcuta, donde está
la Terminal de Transportes. El ingeniero
Virgilio Durán Martínez
(q.e.p.d.), mi compañero docente en la UFPS, escribió varios
libros inigualables en datos y cotidianidad de la Cúcuta de
finales del siglo XIX y principios del XX, y en uno de ellos
narró la historia del desaparecido tranvía de la ciudad.
Otra estructura digna de elogiar fue la de las dos torres inalámbricas,
situadas en donde hoy están Telecom y el nuevo centro
comercial Ventura Plaza, que tenían la “anatomía” de la
famosa Torre Eiffel. Recuerdo que la más alta medía 72
metros y que la más baja estuvo ubicada frente a donde por
muchos años estuvo la estación de Bomberos Voluntarios.
Todos los días anunciaba con una sirena, que perdura intacta en
la memoria de los cucuteños, la hora del mediodía. Dichas torres
estaban conectadas por un cable muy largo que cumplía la doble
misión de recibir y enviar las señales de radio, y servía de
posada a miles de migrantes golondrinas. De estas torres tengo
varios recuerdos que surgen vívidamente. Como el de que cada
año, para la celebración del 20 de Julio, un empleado de
la
Concesión Marconi subía
hasta lo más alto de la torre más alta con la bandera de
Colombia en asta y atada, desde luego, a la cintura y por la
espalda para que la fuerza del viento no lo derribara, acto que
requería de una proverbial fibra muscular y equilibrio. Allí
permanecía nuestro pabellón enarbolado por varios días,
recordándonos con su ondear el amor de patria para, luego de
finalizadas las festividades, ser arriado por el mismo hombre
con la misma valentía.
Otro recuerdo es el de un diciembre, cuyo año exacto se pierde en mi
memoria: con motivo de la Navidad, a los empleados de la
incipiente Telecom se les ocurrió llevar un cable
eléctrico hasta la cima de la torre mayor, para instalar una
bombilla de adorno cuya luz se veía desde los alrededores como
una estrella. Por la proximidad de mi casa paterna con
Telecom, rápidamente nos familiarizamos con la tal
“estrella”, pero no dejó de ser gracioso descubrir que, noche
tras noche, grupos de cucuteños llegaban hasta el lugar a
comprobar la existencia del fulgurante “astro”. Otro detalle que
recuerdo con nitidez es el de las intimidantes tormentas
eléctricas en la época de lluvias, las cuales descargaban toda
su intensidad sobre la torre mayor por ser ésta la construcción
más alta de Cúcuta en aquel tiempo, privilegio que le imponía la
misión de pararrayos. Era tal la magnitud de aquel fenómeno de
luz y sonido, que a los habitantes cercanos a estas
instalaciones nos sacudía de terror el rompimiento de las
moléculas de aire.
Acuden a mi mente nostálgica los terrenos de las grandes casas solariegas
y las haciendas que alguna vez, orgullosas, rodearon a la Cúcuta
De calles anchas, como el corazón de sus gentes (tal como
sentenciaba Álvaro el Mocho Barreto Niño). Tales
terrenos, hoy desprovistos de su estirpe, sólo contribuyeron al
posterior crecimiento desordenado y tosco de nuestra urbe. El
boom comercial ha conjugado un crecimiento poblacional
inusitado (¡pavoroso ver tanta gente y no muchas caras
conocidas!). Ha crecido la ciudad en su horizontalidad y en su
verticalidad, ha llegado mucha gente de muchas partes a
establecerse. Tal vez nos hemos “ganado” la inmensa urbe que hoy
conocemos, con sus problemas inherentes: un urbanismo
desordenado, una ciudad sin urbanidad y sin civismo y con una
identidad amorfa. Definitivamente hemos perdido para siempre a
esa Cúcuta de tanta querencia, con sus calles arborizadas en
donde eran posibles el paso de los peatones y las tertulias
vespertinas con el sabor del “dulce de platico” en las aceras,
frente a las casas de puertas abiertas, a donde los amigos
llegaban sin invitación ni previo aviso, y tantas otras
entrañables costumbres que caracterizaban a esta
Perla del Norte.
No puedo terminar esta evocación sin rendir un inmenso y merecido homenaje
a nuestro insigne río Pamplonita, antaño río de frescas aguas en
el verano; impetuoso en el invierno. ¡A mi gran Río! De él nos
hemos servido para beber, para bañarnos, para lavar la ropa,
para regar sementeras; en general, lo hemos usado y abusado. Hoy
sus aguas, amenazadas por la contaminación con petróleo y la
tala indiscriminada en sus riberas y en las de sus afluentes, le
han significado una verdadera estocada, esta vez mortal, a sus
ya moribundas corrientes. ¿Cómo no recordar a este amado y
respetado río de nuestra niñez, al que hacíamos furtivas
escapadas por el calor abrasador, con la consecuente “fuetiada”
al llegar a casa “por coger p’ al río a escondidas”? ¡Río
inmenso, rio grande, río bravo, arrollador y arrobador! ¡Ayer,
qué bien te quisimos; y hoy, qué bien poco te queremos!n
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Fin de lo perdurable
DORIS LESSING,
escritora británica.
Ganadora del
Premio Nobel de Literatura 2007.
Palabras
leídas por la autora hace 6 años, al recibir el
Premio Príncipe de Asturias 2001.
Transcritas de la página 3 del suplemento Lecturas Fin
de Semana del diario El Tiempo, del sábado
20 de octubre del 2007.
–
(Nota del Director)
l
Érase una
vez un tiempo —y parece muy lejano ya— en el que existía una
figura respetada: la persona culta. Él —solía ser “el”, pero con
el tiempo pasó a ser cada vez más “ella”— recibía una educación
que difería poco de un país a otro —me refiero por supuesto a
Europa— pero que era muy distinta a lo que conocemos hoy.
William Hazlitt, nuestro gran ensayista, fue a una escuela a
finales del siglo XVIII cuyo plan de estudios era cuatro veces
más completo que el de una escuela equiparable de ahora: una
amalgama de los principios básicos de la lengua, el derecho, el
arte, la religión y las matemáticas. Se daba por sentado que
esta educación, ya de por sí densa y profunda, sólo era una
faceta del desarrollo personal, ya que los estudiantes tenían la
obligación de leer, y así lo hacían.
Este tipo de
educación, la educación humanista, está desapareciendo. Cada vez
más los gobiernos —entre ellos el británico— animan a los
ciudadanos a adquirir conocimientos profesionales, mientras no
se considera útil para la sociedad moderna la educación
entendida como el desarrollo integral de la persona.
La educación
de antaño habría contemplado la literatura e historia griega y
latina, y la Biblia, como la base para todo lo demás. Él —o
ella— leía a los clásicos de su propio país, tal vez a uno o dos
de Asia, y a los más conocidos escritores de otros países
europeos: a Goethe, a Shakespeare, a Cervantes, a los grandes
rusos, a Rousseau.
Una persona culta de Argentina se reunía con alguien similar de España,
uno de San Petersburgo se reunía con su homólogo en Noruega, un
viajero de Francia pasaba tiempo con otro de Gran Bretaña y se
comprendían, compartían una cultura, podían referirse a los
mismos libros, obras de teatro, poemas, cuadros, que formaban un
entramado de referencias e informaciones que eran como la
historia compartida de lo mejor que la mente había pensado,
dicho y escrito. Eso ya no existe.
El griego y el latín están desapareciendo. En muchos países, la Biblia y
la religión ya no se estudian. A una chica que conozco la
llevaron a París para ampliar sus miras —que le hacía falta— y
aunque destacaba en sus estudios, confesó que nunca había oído
hablar de católicos y protestantes, que no sabía nada de la
historia del Cristianismo ni de cualquier otra religión. La
llevaron a oír misa a Nôtre Dame, le dijeron que esta ceremonia
era desde hace siglos base de la cultura europea, y que debería
por lo menos saber de ello, y ella lo presenció todo
obedientemente, tal y como presenciaría una ceremonia de té
japonesa, y luego preguntó: “¿Entonces, estas personas son una
especie de caníbales?”. En todo esto ha quedado lo que parece
perdurable.
Hay un nuevo tipo de persona culta, que pasa por el colegio y la
universidad durante 20, 25 años, que sabe todo sobre una materia
—la informática, el derecho, la economía, la política— pero que
no sabe nada de otras cosas, nada de literatura, arte, historia,
y quizá se le oiga preguntar: “Pero, entonces, ¿qué fue el
Renacimiento?” o “¿Qué fue la revolución Francesa?”. Hasta hace
50 años a alguien así se le habría considerado bárbaro. Haber
recibido una educación sin nada de la antigua base humanística:
imposible. Llamarse culto sin un fondo de lectura: imposible.
Durante
siglos se respetaron y se apreciaron la lectura, los libros, la
cultura literaria. La lectura era —y sigue siendo en lo que
llamamos el Tercer Mundo—, una especie de educación paralela,
que todo el mundo poseía o aspiraba a poseer. Les leían a las
monjas y monjes en sus conventos y monasterios, a los
aristócratas durante la comida, a las mujeres en los telares o
mientras hacían costura, y la gente humilde, aunque sólo
dispusiera de una Biblia, respetaba a los que leían.
En Gran
Bretaña, hasta hace poco, los sindicatos y movimientos obreros
luchaban por tener bibliotecas, y quizá el mejor ejemplo del
omnipresente amor a la lectura es el de los trabajadores de las
fábricas de tabaco y cigarros de Cuba, cuyos sindicatos exigían
que se les leyera a los trabajadores mientras realizaban su
labor. Los mismos trabajadores escogían los textos, e incluían
la política y la historia, las novelas y la poesía. Uno de sus
libros favoritos era El Conde de Montecristo. Un grupo de
trabajadores escribió a Dumas pidiendo permiso para emplear el
nombre de su héroe en uno de los cigarros.
Tal vez no
haga falta insistir en esta idea, pero sí creo que no hemos
comprendido todavía que vivimos en una cultura que rápidamente
se está fragmentando. Quedan parcelas de la excelencia de antaño
en alguna universidad, alguna escuela, en el aula de algún
profesor anticuado enamorado de los libros, quizá en algún
periódico o revista. Pero ha desaparecido la cultura que una vez
unió a Europa y sus vástagos de Ultramar.
Podemos
hacernos una idea de la rapidez con la cual las culturas son
capaces de cambiar, observando cómo cambian los idiomas. El
inglés que se habla en Estados Unidos o en las antillas no es el
inglés de Inglaterra. El español no es el mismo en Argentina o
en España. El portugués de Brasil no es el portugués de
Portugal. El italiano, el español, el francés surgieron del
latín, pero no en miles sino en cientos de años. Hace muy poco
tiempo que desapareció el mundo romano, dejando tras de sí el
legado de nuestras lenguas.
Representa
una pequeña ironía de la situación actual, que gran parte de la
crítica a la cultura antigua se hiciera en nombre del elitismo;
sin embargo, lo que ocurre es que en todas partes existen cotos,
pequeños grupos de lectores de antaño, y resulta fácil imaginar
a uno de los nuevos bárbaros entrando por casualidad en una
biblioteca de las de antes, con toda su riqueza y variedad, y
dándose cuenta de pronto de todo lo que se ha perdido, de todo
lo que —él o ella— ha sido privado.
Así pues,
¿qué va a pasar ahora en este mundo de cambios tumultuosos? Creo
que todos nos estamos abrochando los cinturones y preparándonos.
Escribí lo
que acabo de leer, antes de los acontecimientos del 11 de
septiembre. Nos espera una guerra, parece ser que una guerra
larga, que por su misma naturaleza no puede tener un final
fácil.
Sin embargo,
todos sabemos que los enemigos intercambian algo más que balas e
insultos. En España quizá sepan esto mejor que nadie. Cuando me
siento pesimista por la situación del mundo, a menudo pienso en
aquella época, aquí en España, a principios de la Edad Media, en
Córdoba, en Granada, en Toledo, en otras ciudades del sur, donde
cristianos, musulmanes y judíos convivían en armonía; poetas,
músicos, escritores, sabios, todos juntos, admirándose los unos
a los otros, ayudándose mutuamente. Duró tres siglos. Esta
maravillosa cultura duró tres siglos. ¿Se va visto algo parecido
en el mundo? Lo que ha sido puede volver a ser.
Creo que la
persona culta del futuro tendrá una base mucho más amplia de lo
que podemos imaginar ahora.n
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Tener más de una amante
RICARDO GARCÍA RAMÍREZ,
profesor Titular emérito de la UFPS.
cardingarcia@hotmail.com
El hombre
que tiene mujer y dos mozas, ¿es súper macho o masoquista?
Porque si “la legítima” jode mucho y una moza jode un poco (al
fin y al cabo es mujer), ¿cuánto no joden tres mujeres? Eso, en
lo emocional; porque en lo económico, se debe ser un jeque para
atender tres gastos.
Si una
insatisfacción sexual lo llevó a buscar en una moza lo que no
halló en su mujer, ¿qué busca en una segunda moza? Si es porque
“una es bueno, dos es muy bueno y tres es mucho mejor”, entonces
ninguna se debe parecer a las otras dos ni saber que las otras
dos existen.
La primera
será el ama de casa perfecta, la madre dedicada. La segunda será
lo sexy que la primera dejó de ser a poco de casados, la que
hace en la cama lo que rechaza la primera. La tercera será más
linda que las otras, pero no necesariamente más inteligente; o
por lo menos, será “la novedad” que busca casi todo hombre.
Probablemente
su mujer no esté interesada en descubrirle una tercera: ya
sufrió mucho al descubrirle la segunda. Pero, como el niño
olvida un juguete viejo apenas aparece uno nuevo, la 2 sí
descubriría a la 3 si el hombre la descuida. En tal caso, hay el
riesgo de que la segunda se alíe con la primera y hagan de la
vida del tipo un calvario.
Lógicamente,
la vida sexual con su mujer irá en declive. Y lo curioso, dicen
los expertos, es que la 2 seguirá siendo mejor en la cama que la
3, por lo que estos casos de hombre y dos amantes duran poco;
apenas unos meses.
A
continuación, algunas recomendaciones para el hombre que se
encuentra en esta situación y no quiere ser descubierto por
ninguna de las tres:
l Que
ninguna de sus mujeres tenga nombre. Llámelas “amor”, “cariño”,
“cielo”, “ángel” o con cualquier otro término florido. Y a la
hora del sexo, no se le ocurra susurrar su nombre porque la
memoria es traicionera y usted podría ser capado “con una
cuchilla, de esas de afeitar”.
l
Cuando atienda el teléfono, esté absolutamente seguro de quién
es la que llama. A ninguna amante le gusta ser confundida con la
esposa; y menos, viceversa. Pídale a cada moza que se
identifique apenas diga “¿aló?”.
l Haga
agenda para el sexo. No pretenda lucirse con la una, en la
mañana; con la otra, por la tarde; y con su mujer, por la noche.
“El siete polvos” es un mito.
l
Mucha gente le acepta al prójimo una moza; pero difícilmente,
dos. Luego no chicanee, para no ser macartizado.
l Si
vive en apartamento, sea amigo del portero. Un día podría
salvarle la vida. Además de amigo, debe ser aliado.
l No
confunda fechas de cumpleaños y de conmemoraciones. Esté
totalmente seguro de la ocasión y del regalo.
l Si
algún conocido de su esposa lo ve en público con una de sus
amantes, llámela enseguida y dígale que está haciendo un trabajo
con su “jefa” o secretaria y se topó con el tal amigo. Cuando
usted llegue a casa, a lo mejor su esposa ya tomó por disociador
al conocido.
l No
lleve al mismo motel a sus dos mozas. Nunca falta la empleada
torpe que haga un comentario inconveniente.
l
Regáleles a sus 3 mujeres la misma marca de perfume.
l Los
cabellos femeninos en su ropa o en su cama, son fatales. Si fue
tan bruto de llevar a su casa alguna moza, antes de que llegue
su mujer haga una limpieza minuciosa.
l Si
estuvo con alguna moza en un motel, no llegue a casa con el
cabello mojado. Hágase rapar. Es preferible ser un rapado en la
casa que un melenudo en el camposanto.
l
Cuídese de los cambios bruscos de carácter: toda mujer sospecha
ante una tristeza o alegría repentina.
l Si
le gusta enviar “cartitas de amor” a las amantes, no les coloque
fechas ni destinatarias, ni las firme.
l No
se quite la argolla de casado en el motel: allá podría quedarse.
Ni la guarde en el bolsillo: de una, su mujer la echará de menos
en su dedo cuando llegue.
l Si
llama desde su casa a una moza, cuidado con la tecla “redial”:
retiene el número de la última llamada. Entonces, después de
llamarla, marque otro número local.
l Si
su guaricha tiene celular y la llama a ese aparato, ese número
aparecerá en su cuenta telefónica.
l El
color de los infieles es el negro. No vaya de blanco o colores
claros a una cita con su amante. Las marcas de labios rojos y
los cabellos pasarán desapercibidos en ropa oscura. (Claro que
si la guaricha es rubia, está jodido.)
EL DETECTIVE, SU ENEMIGO INVISIBLE
No
desestime la inteligencia de su esposa. Si algo sospechara,
podría contratar un detective y éste seguramente lo descubrirá.
A menos que tenga en cuenta este artículo.
Hay algunas
pistas que permiten detectar si su esposa contrató un detective
privado. Por ejemplo:
l Si
de buenas a primeras deja las riñas cotidianas.
l Si
se enojaba por llegarle tarde y ahora, ni se inmuta.
l Si
se volvió extremadamente comprensiva.
Si usted cree
que su mujer no contrataría un detective, le será difícil darse
cuenta de que le están haciendo seguimientos. Sobre todo, porque
la persona que los haga es profesional y no irá disfrazada de
Sherlock Holmes: con sobretodo, gorro, pipa y lupa; y menos, con
el doctor Watson de asistente. Será una persona tan corriente
como usted.
Recuerde que
hay aparatos electrónicos de escucha que grabarán lo que hable,
“a capela” o por teléfono. Y si empezó a sospechar que su mujer
lo espía a través de un detective (a lo mejor usted ya está
cogido), desde su casa no vuelva a llamar a sus amantes ni a
recibir sus llamadas.
Si tiene
carro, puede ser seguido. Lo tradicional es un carro atrás del
suyo o, de pronto, una motocicleta. Así que si va con su moza
para un motel y ve por el retrovisor algo sospechoso, siga
derecho y entre en la primera iglesia que se tope. Su mujer no
le creerá al detective. Al fin de cuentas, con la moza se va a
fornicar y no a rezar.
Si va en
busca de su moza y descubre que lo está siguiendo un carro, pero
sus ganas de “comérsela” son incontrolables, llámela y pídale
que llegue antes al motel y pida con nombres propios sendos
cuartos. Llegue 30 minutos después y encuéntrense en el de ella.
Cuando el detective llegue, con una “propina” sabrá cuál cuarto
le asignaron a usted. Pero, por muy sensible que sea el
dispositivo electrónico de escucha, no percibirá susurros ni
jadeos en su cuarto y, lógicamente, no se pondrá a tocar en cada
puerta tras la cual el aparato detecte susurros y jadeos para
ver en cuál otro cuarto se coló.
El detective
le saldrá a su esposa con el “frustrado positivo” de que lo vio
entrar solo a un motel. Si algo le comenta ella, dígale que
estaba cansado y alquiló un cuarto para recuperarse con una
siesta “lejos del mundanal ruido”. O si usted es un incorregible
caradura, dígale que fue a ver si esos sitios eran llamativos
para llevarla a tener sexo diferente al rutinario de la casa;
pero que, definitivamente, con esos sitios “es más el ruido que
las nueces”.
Aun si su
mujer no contrató un detective, no entre al ni salga del motel
con su moza; y menos, a pie. Que cada uno entre y salga “por su
cuenta”. Así evitará que algún conocido chismoso lo vea entrar o
salir con una moza.
También evite
esos moteles “de quinta categoría” cuyos estacionamientos dan a
la calle. Cualquier sapo o chismoso conocido vería la placa de
su carro.
Si le dio al
detective la papaya de confirmar que usted es un infiel, el día
menos pensado, cuando estén ad portas del orgasmo, la
puerta del motel se abrirá y en el umbral verán al detective, a
su mujer y seguramente a un policía. Además de la vergüenza de
ser cogido “con las manos en la moza”, deberá afrontar el
divorcio, con la consecuente división de bienes y el pago
mensual de pensión alimentaria.
COSAS QUE USTED PUEDE HACER
SI SIENTE QUE LO SIGUEN
Si va a pie
en busca de su moza y le parece que quien va atrás lo espía, dé
media vuelta e imite el grito y pose de combate de Bruce Lee.
Eso le curará la paranoia, al menos de momento, pues: si es un
detective, suspenderá el seguimiento; y si no, lo matará de un
ataque al corazón.
O la próxima
vez use peluca, y barba y bigote postizos. O disfrácese de
mujer. Lo peor que le puede pasar es que, por el caminado, un
conocido lo descubra y difunda que usted es un marica que “se
atrevió a salir del clóset”.
O corra a lo
desgualetado. Si tras correr 80 cuadras se voltea y no ve que
alguien con la lengua afuera se detiene bruscamente, es porque
nadie lo seguía; o sí, pero se mamó a la cuadra y media. Lo
bueno será que usted estará en el siguiente municipio, donde
nadie o muy pocos lo conocen.
O
arrégleselas para quedar detrás de quien supone que lo sigue. Si
es un detective, se hará el toche y seguirá de largo. Entonces
usted se puede convertir de seguido en seguidor y averiguará
dónde tiene la oficina. ¿Quién le puede garantizar que, por
alguna razón, un día de estos no necesite un detective privado
persistente?
Pero si usted
va en carro por su moza y le parece que el del carro de atrás lo
está siguiendo, acelere. Si éste no acelera, entonces no es un
detective. Pero si sí, cuando el odómetro de su carro marque 120
Km/h frene bruscamente. Si tras eso le queda alguna duda, saldrá
de ella consultando el libro de registro de ingresos a Urgencias
del hospital.
Pero si no
era un carro sino un motociclista quien venía detrás de usted,
merme la velocidad y, cuando lo tenga a un costado de su carro,
dé un volantazo hacia ese lado y luego llame una ambulancia y
déle las coordenadas del lugar. Si la próxima vez lo ve por el
retrovisor siguiéndolo en carro, haga lo recomendado en el
párrafo anterior.n
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FUENTE: El
libro
Manual para hombres infieles, de Marcelo Puglia (uruguayo). Editorial Vergara.
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N O T A S :
u Cualquier nota que no tenga explícitamente autor, debe
ser
atribuida
exclusivamente al director de
Occidente Universitario.
v Por limitaciones pecuniarias, las ediciones «en papel»
de
Occidente Universitario,
que se difunden completamente
gratis, es de 40
ejemplares, en promedio.
? La
edición Nº 86 de
Occidente Universitario
saldrá
(probablemente)
el jueves 20 de diciembre del 2007.
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