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Publicación informal, editada en la
Universidad Francisco de Paula Santander (de Cúcuta, Colombia)
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Director: JAIRO CELY NIÑO l 6 pp
(la edición en papel)
l Martes 30 de Junio del 2009
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EN
ESTA
EDICIÓN
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Æ
A
MODO
DE
«EDITORIAL
(O
DE
ALGO
ASÍ)».
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ENDEMIA,
EPIDEMIA
Y
PANDEMIA.
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DOS
ASESINAS
EN
SERIE.
Æ
RESPIRANDO
POR
LA
HERIDA.
Æ
QUE
ALGUIEN
ME
LO
EXPLIQUE.
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A MODO DE «EDITORIAL» (O DE ALGO ASÍ).
«Les dije que estaba enfermo»
(Epitafio de un hipocondríaco)
El
«Editorial (o algo así)» de la edición Nº 75 de Occidente
Universitario, del martes 13 marzo del año antepasado, se
tituló: ¿Quién responderá por la catorce?
«La catorce»
hacía referencia a la decimocuarta mesada, que creó la ley 100 de
1993, y que se le paga o pagaba a cada pensionado el 30 de junio,
simultáneamente con la mesada correspondiente a dicho mes.
Y la pregunta
¿Quién responderá por la catorce? se hacía en razón de que el
Acto Legislativo Nº 01 de finales de julio del 2005, que promovió el
presidente Álvaro Uribe Vélez y que su aplanadora en el Congreso le
aprobó, le quitó el derecho a tal mesada a quien adquiriera el
derecho a pensionarse después de sancionado dicho Acto.
Lo que motivó el
mencionado «Editorial (o algo así)» fue la situación de algunos (ex)
profesores y (ex) administrativos de la Universidad Francisco de
Paula Santander que devengaban Pensión de Jubilación de esta
Institución, y tal pensión, después de sancionado dicho Acto
Legislativo 01, había sido sustituida por la horrorosamente
denominada Pensión de Vejez, por la cual responde el fondo de
pensiones del Seguro.
De modo que,
como el Seguro Social les reconoció la Pensión de Vejez
después de sancionado dicho Acto, era previsible que a finales de
junio del año antepasado los ex funcionarios mencionados se toparan
con que el Seguro no les respondería por «la catorce», acogiéndose a
la literalidad de dicho Acto: ellos llegaron al Seguro a pensionarse
después de que el Acto Legislativo le había dado entierro de tercera
a «la catorce».
Pero, como hasta
junio del 2006 sí la habían devengado de la Universidad Francisco de
Paula Santander, la pregunta obvia, al menos para «el suscrito»
Director, era la de si, extrapolando aquel principio del derecho
internacional conocido como Utis possidetis, ¿no tenían un
«derecho adquirido» los ex funcionarios mencionados?
Para el
elemental sentido común del «suscrito» Director, y así lo consignó
en el mencionado «Editorial (o algo así)», tal «derecho adquirido»
sí existía, y era la Universidad Francisco de Paula Santander quien
debía responder por «la catorce».
Pues bien: a
finales de junio del año antepasado (y lógicamente, a finales de
junio del pasado), ni la Universidad Francisco de Paula Santander ni
el Seguro Social les respondió por «la catorce», por lo cual algunos
de los «damnificados» demandaron simultáneamente a la Universidad y
al Seguro.
«El suscrito»
Director es amigo de un abogado que representó a algunos
demandantes. Él, quien es laboralista, impetró la demanda en un
juzgado laboral. Cuando a la Universidad se la notificó de la
demanda, no sólo se negó a responder por «la catorce» y también a
conciliar, sino que un abogado de su oficina jurídica objetó la
competencia del juzgado, oponiendo que era la jurisdicción
administrativa la única que podía decidir sobre ese caso.
Ante esto, la
jurisdicción contenciosa tuvo que «terciar» para definir la
competencia, y falló dictaminado que era la jurisdicción laboral y
no la administrativa la que debía conocer de la demanda.
Y hace cuatro
días (el recién pasado viernes 26), el abogado laboralista le
obsequió al «suscrito» Director una copia del fallo del juez primero
laboral, en el cual su señoría: primero, les reconoce a los
demandantes el derecho a que se les pague «la catorce»; segundo,
exime al Seguro Social de dicho pago; y tercero, condena a la
Universidad Francisco de Paula Santander en costas y a pagarles «la
catorce» con el respectivo interés mensual de mora, lo cual resultó
más oneroso que si la hubiesen condenado a indexar las mesadas del
2007 y del 2008 dejadas de pagar.
Las del 2007 y
las del 2008, pues se sobreentiende que hoy, final de junio, la
Universidad les pagará la del 2009. Porque, según información del
abogado a este «suscrito», la rectora se notificó del fallo el
recién pasado jueves 25, y supone «el suscrito» Director que no
incurrirá en la necedad de interponer apelación.
Pues suficientes
necedades de la Rectoría fueron la de negarse a responder por «la
catorce» y la de negarse a conciliar. Porque peor necedad, ya por
torpeza o bien por arrogancia, fue la de la oficina jurídica de la
Universidad Francisco de Paula Santander al argüir que un juzgado
laboral carecía de competencia para conocer de una demanda de
carácter laboral.
Luego, ¿fue la
Rectoría la que indujo a su oficina jurídica a actuar
contraevidente, o fue al contrario?
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Endemia, epidemia y
pandemia
GUILLERMO CARRILLO BECERRA,
profesor Asociado emérito de la UFPS.
gecarril60@yahoo.es
Últimamente, el mundo entero está pendiente y preocupado por la
aparición de la fiebre AH1N1 o fiebre porcina, como se le denominó
en un comienzo; pero, ante las protestas de los porcicultores, la
Organización Mundial de la Salud (OMS) optó por escucharles e hizo
el cambio de nombre. De todos modos, el mal está hecho y eso se
refleja en el bajón del consumo de cerdo a nivel mundial. Para
entendernos mejor, hagamos una aclaración de términos:
ENDEMIA. Es una enfermedad que se mantiene a muy bajo nivel dentro
de una población, en una zona específica, y que afecta a unos
cuantos individuos. Digamos que la tuberculosis es un típico caso.
Es muy raro escuchar que alguien sufre de esta enfermedad, pues la
salubridad colectiva impide que se salga de control.
EPIDEMIA. Enfermedad que afecta a una parte significativa de una
población, en un lugar determinado. Un buen ejemplo son las gripas
tradicionales, que se hacen presentes en las épocas lluviosas y
frías.
PANDEMIA. Enfermedad que se propaga por todos los países del mundo.
Es el asunto que nos tiene a la defensiva, pues, si se sale de
control, las consecuencias serán apocalípticas. La mayor pandemia en
toda la historia de la humanidad ocurrió en la Edad Media y se le
conoce como:
LA PESTE NEGRA
Es una
enfermedad producida por una bacteria llamada Yersinia pestis,
que habita en las pulgas de las ratas negras o ratas de campo. Así
que la pulga actúa como agente transmisor cuando pica al ser humano.
Hace casi 700 años ocurrió la peor catástrofe biológica en toda la
historia de la humanidad: la peste negra, dejando un balance de
entre 60 y 70 millones de muertes, que para la época representó un
tercio de la población en toda la Tierra. Es como si hoy habláramos
de 2.000 millones de muertos.
La historia
cuenta que el 14 de enero de 1348 llegaron a la bahía de Génova tres
barcos, cargados con especias de Oriente. Junto con los marineros y
la mercancía bajaron a tierra las ratas, que se mezclaron con sus
pares de la ciudad. Al poco tiempo empezaron a aparecer un montón de
ratas muertas, en diversos sitios. Dadas las condiciones
antihigiénicas prevalentes, el hecho no causó extrañeza, ya que las
vías de la ciudad eran el reservorio de toda la porquería
imaginable. Las casas eran un muladar plagado de insectos y
alimañas. Las personas dormían en un solo cuarto. El baño no era una
costumbre. La ropa se usaba sin lavar hasta que se deshacía por el
uso. Los piojos eran los habitantes naturales del cabello. Las
pulgas, provenientes de las ratas, hacían su festín.
Muy pronto, ante
este panorama asqueroso, los lugareños mostraron un cuadro clínico
aterrador: dolores, escalofríos, hinchazones, convulsiones, vómitos
y muerte. Los médicos se negaban a atender a los enfermos, pues el
contacto directo era una sentencia de muerte. Las personas que
mostraban los síntomas iniciales eran abandonadas a su suerte. No
existía la mínima compasión con ellos. Amigos, padres, hijos,
cónyuges, no importaban. De nada servía el parentesco. Todo conducía
hacia un destino fatal. Cuando la situación se salió de madre, los
entierros individuales dieron paso a las fosas comunes, llegándose
al colmo de enterrar personas que aún manifestaban algún signo
vital.
El bandidaje se
hizo presente, aprovechando el abandono de casas y fincas, debido a
que sus habitantes y dueños salían despavoridos sin importarles sus
bienes terrenales. La gente deambulaba por bosques y pantanos,
contribuyendo, sin percatarse, al contagio, pues esparcían el
pulguero maldito.
¿Cómo comenzó
este flagelo? Se dice que fue en China, después de una hambruna
terrible, ya que la población se vio obligada por las circunstancias
a comer ratas de campo. De ahí pasó a la India, donde el hambre
empujó a un buen número de gentes hacia el Golfo Pérsico,
acompañadas de la bacteria mortal. Atravesó los desiertos y se hizo
presente en Egipto y, de ahí en adelante, continuó su marcha hacia
Europa y el resto de África.
En el apogeo de
su virulencia, debido a las concentraciones de los habitantes de las
grandes ciudades, la peste negra produjo miles de cadáveres
diariamente. Ni siquiera se salvaron los tripulantes y pasajeros de
los navíos. Las ratas hacían con eficiencia maligna su labor. Se
cuentan historias de naves que navegaban sin rumbo, pues todos
habían fallecido por culpa de la enfermedad. Cuando estos navíos
encallaban en alguna playa, los habitantes de estas regiones se
dedicaban al saqueo, sin saber el destino que les esperaba. Fue así
como la muerte viajó a la Gran Bretaña y a los países escandinavos.
Alemania fue la puerta de entrada a Europa del Este, y de aquí pasó
a Rusia. Las grandes ciudades quedaron desiertas, a merced de los
pillos y las alimañas.
Ningún personaje
del mundo científico visualizó la relación
“ratas-pulgas-enfermedad”. La Universidad de París salió con la
ridiculez de que la plaga venía de Oriente por culpa de un
terremoto, lo cual había envenenado el aire que, al ser impulsado
por el viento hacia el Oeste, contaminaba todo a su paso. Dieron la
solución: hacer fogatas para purificar el aire. Otros recomendaban
dietas asquerosas. Hubo eruditos que dijeron que el mejor remedio
era prescindir del baño. En Suiza le echaron la culpa a los judíos,
con el cuento de que era una confabulación entre ellos y el demonio.
La calumnia caló en la población y se produjo una de las matanzas
más horribles que ha visto la humanidad: se acorraló a los judíos en
las sinagogas y se les quemó vivos, sin importar el sufrimiento
terrible de esta decisión macabra. Nadie hizo nada por detener este
horror.
Al segundo año
de la peste negra, el panorama era espantoso: el mundo estaba a
punto de desaparecer, por la sencilla razón de que todas las
actividades estaban paralizadas: la agricultura, el trabajo
artesanal, la crianza de animales, el cuidado de las personas; en
fin, se acercaba el colapso, pues la hambruna y el canibalismo
convirtieron al hombre en un salvaje. Cuando se acercaba la locura
colectiva, desapareció la peste negra. ¿Cómo? Hasta ahora no hay una
explicación razonable.
Las secuelas de
la peste negra condujeron a grandes cambios en la sociedad. Los
sobrevivientes se convencieron de que Dios les había brindado otra
oportunidad para vivir y que, por eso, ellos debían corresponderle
con ser mejores personas. La religión, la economía, la política, la
justicia, se fortalecieron.
Así mismo,
renació el interés por la ciencia y el arte. Entendieron que había
que combatir la ignorancia, incentivando la búsqueda de nuevos
conocimientos. En el siguiente siglo, Europa llegó a uno de sus más
altos puntos de su historia: el Renacimiento, que marcó el paso del
mundo medieval al mundo moderno. Es un fenómeno muy complejo porque
afectó no sólo las artes, sino también las ciencias, las letras y
las formas de pensamiento. Fue una evolución tranquila y sostenida,
con algunos altibajos, que nos ha permitido llegar hasta esta
civilización.
La humanidad,
pues, fue atacada por el golpe más certero en toda su historia. El
género humano fue impotente ante tal desafío y, si no desapareció,
debió ser por un milagro. Hoy, vivimos un mundo con más ciencia
pero, tan complicado, que nos puede conducir a una desgracia mayor.
(Cúcuta, junio de 2009)
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POST-SCRIPTUM.
Para conocer más sobre las grandes tragedias biológicas que ha
padecido la humanidad, consulte la red. Literatura sobre el tema, es
lo que hay.
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Dos asesinas en serie
RICARDO GARCÍA RAMÍREZ,
profesor Titular emérito de la UFPS.
cardingarcia@hotmail.com
A finales del siglo XIX y a comienzo del XX los periódicos
sensacionalistas, en especial los de Noruega y Estados Unidos,
informaron con detalles escabrosos sobre las prácticas macabras de
dos mujeres, llamadas respectivamente MARY ANN COTTON y BELLE GUNNES,
que asesinaban a sus esposos y a sus hijos. Las semblanzas que les
presento de esas dos mujeres las resumí del libro Historias de
mujeres, escrito por Susana Castellanos de Zubiría.
MARY ANN COTTON
Su nombre de pila fue Mary Ann Robson. Nació en 1832 en la actual
ciudad de Sunderland (Inglaterra). Era hija de un minero muy
religioso, y se dice tuvo una infancia desdichada y pobre. Desde
pequeña tenía dificultad para hacer amigos.
Su padre murió siendo ella una niña y, como su madre se volvió a casar
con un hombre que a ella no le gustaba, dejó la casa materna cuando
tenía 16 años y se convirtió en enfermera.
Por esa época
conoció a William Mowbray, con quien se casó
al cumplir 20 años. Vivieron en Plymouth (Inglaterra) y tuvieron 5
hijos, de los cuales 4 murieron de extraños dolores estomacales.
Luego
tuvieron otros 3 hijos, que también fallecieron en extrañas
circunstancias.
William
murió de una infección intestinal, legándole un seguro de
35 libras esterlinas.
Poco después de la muerte de su primer esposo, Mary Ann se trasladó
a Seaham Harbour y tuvo una efímera relación con un hombre
comprometido, durante la cual
murió uno de sus pequeños hijos sobrevivientes, una niña de tres
años y medio de edad. Sólo le quedaba una hija: Isabela.
Aburrida con su vida en Seaham, Mary Ann regresó a Sunderland, donde
se empleó como enfermera y envió a la pequeña Isabela con su abuela.
Uno
de los pacientes del centro hospitalario donde trabajaba era un ingeniero
llamado George Ward, quien fue su segundo esposo. Se casaron en
agosto de 1865. Este hombre también murió de un problema intestinal.
Los
doctores que lo atendían sabían que estaba enfermo, pero se
sorprendieron con una muerte tan precipitada y con las particulares
características que la
acompañaron.
Mary Ann cobró el seguro por la muerte de George y pronto consiguió
un nuevo esposo, James Robinson, habitante de Sunderland y viudo
reciente, de quien quedó embarazada. Pero al poco tiempo
de nacer, el bebé murió en medio de una espantosa agonía.
Consternado
por la muerte de su hijo, Robinson comenzó a sospechar de su esposa,
debido, en parte, a su insistencia en que tomara un seguro de vida a
favor de ella.
Luego, James supo que Mary Ann tenía
deudas que él desconocía. Desencantado y temeroso, abandonó a su
mujer.
Pronto tuvo un nuevo esposo, Frederik Cotton, de Walpole, con
quien se casó en 1870 y de quien
tuvo un hijo en 1871. Frederik murió de un problema gástrico, al
igual que sus hijos de su anterior matrimonio
y que el bebé que tuvo con Mary
Ann. Tras su muerte, Mary Ann volvió a
cobrar un seguro.
Después de esto, Mary Ann tuvo algunos amantes de quienes
también quedó embarazada. Pero los rumores que se tejían sobre ella
hicieron que algunos investigadores decidieran averiguar a fondo.
Algunos cadáveres de los esposos e hijos fueron exhumados,
e incluso encontraron cadáveres en el jardín
de su casa. En todos se encontraron vestigios de arsénico.
Mary Ann fue llevada a juicio y los periódicos de la época, como el
Times,
siguieron detalladamente el proceso. La animosidad popular se exaltó
y toda la
ciudad se enteró de su historia. Los periodistas hicieron más
averiguaciones sobre
el pasado de Mary Ann y las divulgaron para satisfacción pública.
Durante el juicio, dichos aportes fueron utilizados. Finalmente, en
medio de la euforia
general, el jurado deliberó durante 90 minutos y la declaró
culpable.
Mary Ann fue condenada a muerte y colgada el 24 de marzo de 1873. Se
dice
que murió muy lentamente, por un error del verdugo al ejecutarla.
BELLE GUNNES
Esta sugestiva y exuberante rubia noruega de cuerpo fornido,
que llegó a pesar
120 kilos,
nació en Trondhjem en 1859 y se le achacan más de 20
asesinatos, aunque muchos le adjudican más de 42, entre
los que se contaban los de sus hijos y los de sus pretendientes.
Belle vivió en
Trondhjem hasta 1883, año en el cual decidió viajar a Chicago.
Allí
se casó con
un hombre incauto, llamado Max Sorensen, quien murió
“accidentalmente”
en 1900, dejándole
la confortable granja en que residían y
la satisfactoria suma de 100 dólares de un seguro de vida.
Con tal dinero, la exuberante rubia abrió una pensión, que una
fatal noche se incendió, quedándole, además de las cenizas, el
dinero
de la póliza del seguro que había tomado.
Tras “recuperarse del dolor” por dicha pérdida, la mujer se aventuró
en una nueva inversión: abrió una pastelería, que también se
quemó, pero también le dejó el consuelo del seguro contra incendio
que había tomado.
Ante las suspicacias
que produjeron los dos acontecimientos, Belle
se trasladó a Indiana donde se casó con
Peter
Gunnes, un amable ganadero vendedor de carne. Cuando
Belle quedó
embarazada de él, le pidió que tomara un
seguro de vida a favor de ella y, tras tomarlo,
el
señor Gunnes
falleció al poco tiempo en un “casual” y fatal accidente, al
golpearse la
cabeza contra una máquina de hacer embutidos.
Pero Jenny, la
hija mayor de Belle de su matrimonio con Max Sorensen, se dio
cuenta de la participación de su madre en la muerte de Peter y se lo
reclamó.
Belle no dudó en enviar a su hija al otro mundo y a los vecinos les
dijo
que la joven se había
ido
a estudiar a
la ciudad de Los Ángeles.
Tras la muerte de Peter Gunnes y para no despertar sospechas, Belle
probó otra estrategia para conseguir dinero: publicó
un anuncio que decía que una joven viuda, propietaria de una granja,
buscaba un compañero solvente para contraer
matrimonio
y compartir
la vida.
Muchos hombres le escribieron.
Belle les escribió sólo a quienes dijeron no tener parientes,
diciéndole
a
cada uno que se sentía
feliz de haberlo encontrado como padre para sus hijos, y
con conmovedoras palabras le pidió que, como prueba de la buena fe
de sus intenciones,
le girara cierta cantidad de dinero en
cierta fecha, y le fijó otra fecha para entrevistarlo.
Se cree que al menos 15 fueron entrevistados y, en todo caso,
ninguno le sobrevivió a la entrevista.
En una ocasión el hermano de Andrew Holdgreen, uno de los
aspirantes, quiso tener noticias de éste y, al no recibir respuesta
de su hermano, le dirigió una carta a la “prometida”. Belle le
respondió que hacía tiempo no sabía de él y que por ello estaba muy
angustiada.
El 28 de abril de 1908, un incendio acabó su granja. La
policía halló los restos calcinados de sus hijos y más de 20
cadáveres enterrados en el
jardín, pero ni rastro de ella. Sin embargo, el día
del incendio algunos vecinos
vieron a Roy Lamphre, amante de Belle y
trabajador ocasional de la
granja, huyendo del lugar con una botella de keroseno.
Roy fue atrapado por la policía. En su confesión dijo ser el
único hombre al que Belle había amado, pues, sin tener dinero para
ofrecerle,
la rubia lo había aceptado como su amante. Que había
ayudado a Belle a asesinar a sus pretendientes y a desaparecer los
restos. Que la viuda envenenaba a sus víctimas con arsénico,
lo cual se constató examinando los cadáveres encontrados.
Y que, cuando el tóxico no actuaba
en el tiempo esperado, él ultimaba de un golpe a cada víctima.
Roy fue sentenciado a 21 años de prisión. De Belle no se supo nada
durante mucho tiempo. De hecho, algunos investigadores creyeron que
había
muerto en el incendio.
En 1932 una mujer, identificada como Esther Carson, fue acusada de
asesinar a su esposo. Algunos investigadores encontraron semejanzas
entre este crimen y la muerte del primer esposo de Belle, y se
supuso que aquélla y ésta eran la misma persona, por lo que fue
condenada a cadena perpetua.
A la fecha, no se sabe
a ciencia cierta si se trataba de la misma mujer. En todo caso,
Belle Gunnes pasó a la historia como una de
las criminales más temidas de Estados Unidos.
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Respirando por la herida
JUSTO PASTOR CASTELLANOS, ex representante del
ministro de Educación ante el Consejo Superior de la UFPS.
Transcrito de la revista
Magazine de la Frontera,
Nº 19, p. 8.
Dicen que “Cuando Dios quiere perder a los hombres los vuelve
locos”. Y a Patrocinio Ararat debió caerle la porra celestial,
porque el odio y las mezquindades que vomita en sus incoherentes
Memorias de nueve largos años de amargura, contra quienes nos le
atravesamos en el camino para impedir que se convirtiera en rector
vitalicio de la UFPS, sólo puede ser obra de un loco.
Viudo de poder y resentido, Patrocinio la emprende contra “Raimundo
y todo el mundo”. En su desesperado afán de fingirse víctima
inocente de una infame conspiración, no puede ocultar su obsesión de
identificarse con el Alma Mater, presentando los hechos como una
profanación contra el templo y el Sumo Sacerdote.
Sentado en el trono, Júpiter Tronante me lanza rayos y centellas sin
compasión, atribuyéndome atrocidades; excomulga al Consejo Superior
y vocifera de lo lindo contra los estudiantes, los profesores y los
administrativos porque no le fueron solidarios. Pero también injuria
al ex gobernador García Herreros por inepto y ataca en forma
rastrera a Héctor Parra, achacándole haber sido candidato de un
movimiento calculador y politiquero. En suma, las Memorias
son un memorial de agravios contra “el puñado de ciudadanos que lo
obstaculizamos” y no le permitimos continuar de Rector, con la
presunción de que él era el hombre predestinado para el cargo y la
encarnación divina de la Universidad. Por eso me lanza un misil
envenenado, con la temeraria especie de que cuando ingresé al
Consejo Superior fue “el día que se jodió la UFPS”.
¿Fue Patrocinio en verdad una víctima como se autocalifica? ¿Era un
manojo de virtudes manejando la Universidad? ¿Era un académico
cabal? ¿Un científico? Nada de eso, porque en las boticas no venden
esos artículos tan finos y exclusivos. En primer lugar, se había
apoltronado en el poder por nueve años y ya mandaba como patrón de
hacienda sin respeto alguno por sus subalternos. Había montado un
círculo de poder y nadie se podía pasar de la raya que ponía.
Convertido en un déspota, sus allegados eran los únicos
beneficiarios de las gabelas y los contratos. Tenía instalado un
régimen dictatorial y cuando me asomé a sus dominios, ya había
olvidado que la institución era una Universidad pública. Recuerdo
ahora cómo era de fanfarrón y pedante. Tanto, que trató de
declararme persona no grata de la Universidad, sin haber pisado sus
predios. Tuve que encerrarme varios meses a estudiar estrategias
para quitarle los humos y bajarlo del trono, porque era tan poderoso
que nadie osaba desafiarlo. Un ex rector me describió lo engreído
que era de su poder con esta curiosa reflexión: “Patrocinio es como
un avieso cazador, que cuando no tiene presa sobre la cual hacer
blanco, dispara ráfagas al aire para animar a sus contendores”. Por
eso pataleó tanto en la batalla que sostuvo conmigo, en la que le
hice morder el polvo de la derrota.
Pero Patrocinio es además irrespetuoso y atrevido. De mí afirma
abusivamente que el Ministro me nombró sin tener perfil académico,
científico ni social, como si me hubiera examinado sobre esas
materias. Y miren qué ironía: ojalá tuviera en su caletre parte de
los conocimientos que archivo en el mío. Por supuesto que no presumo
de científico. Pero sé diferenciar a un burócrata fantoche como él,
de un científico como Sigmund Freud, que nos codificó los síntomas
de los paranoicos, incluida su angustia existencial. Respecto a mi
perfil social, sólo puedo argumentar que él puede creerse de mejor
ralea que sus progenitores, pero que a mí me encanta ser humilde con
los humildes y arrogante con los que se presumen poderosos.
Un antiguo proverbio enseña que “El pez muere por su boca” y
Patrocinio lo confirma plenamente. Basta con leer unos párrafos de
sus “Memorias”, refiriéndose al proceso en el que lo sustituimos,
donde el impostor se delata con tanta ingenuidad (pág. 234): “Todo
formaba parte de un ejercicio para armar un nuevo equipo. Ni más
faltaba que quisiera eternizarme en el poder. Lástima que se faltó
al respeto institucional y que hubieran dividido a la Universidad”
(sic). Qué sartal de inexactitudes. Primero condena la rebeldía,
porque se consideraba insustituible; segundo, se presentó como
candidato porque quería perpetuarse en el cargo; tercero, no es
ningún irrespeto institucional el que le hubieran disputado la
rectoría; y cuarto, lo que pretendía era tener unificada la
Universidad, pero metida en su bolsillo.
Quieto, Patrocinio. Usted no puede seguir llorando como plañidera
sobre la leche derramada. Deje de respirar por la herida, porque le
va a seguir supurando durante otros diez años y va a contaminar más
el medio ambiente. Además, esa obsesión puede causarle traumatismos
paranormales y más trastornos mentales. Tómelo por el lado amable
para que no le salpique tanta sangre en los ojos.
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Según alguien que conoce al director de
Magazine de la Frontera
y al director de
Occidente Universitario,
aquél dizque no tenía idea de la existencia del libro del ex rector
Patrocinio Ararat, y que se enteró de algunas de las pestes que éste
había escrito sobre él porque, a fines de marzo, un «alma
caritativa» le allegó fotocopia de cuatro páginas (de la 232 a la
235) de tal libro de «tapas» de macabro color.
Tal vez por eso en Respirando por la herida el autor fue
un poco diplomático. Pero a lo mejor no lo habría sido si el «alma
caritativa» le hubiese dado fotocopia de la página 238, en la cual
el ex rector Ararat pone en boca de Justo Pastor Castellanos esta
frase: Me opongo al crédito internacional [de US$10’000.000]
porque el Rector seva [sic] a ganar el 10% del valor del
crédito y no nos a “pasar” [sic] nada a los miembros del
Consejo Superior Universitario.
(NOTA DEL DIRECTOR.)
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Que alguien me lo explique
(Sin cobro de honorarios)
JAIRO CELY NIÑO, profesor de
la Facultad de Ingeniería de la UFPS.
jairocely@hotmail.com
Publio Quito Fonseca, quien en paz descansa desde el quincuagésimo
primer día de haberse jubilado de la Universidad Francisco de Paula
Santander, nació en Boyacá (municipio de Oicatá), y se graduó
ingeniero agrónomo en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de
Colombia («upetecé»).
Siendo profesor aquí de la Escuela de Tecnología Agropecuaria
(adscrita a la desaparecida Facultad de Formación Tecnológica),
estudió de noche en la seccional Cúcuta de la Universidad Libre de
Colombia, de la cual egresó con diploma de abogado.
Cuando yo fui representante profesoral ante el Consejo Superior
Universitario (de diciembre de 1988 hasta junio de 1992), él era el
secretario general de la Universidad Francisco de Paula Santander, y
en la noche de los viernes solíamos ir, con algún que otro «guache»,
a la Tienda Mixta La Campiña (de doña Ángela Pedraza) a
exorcizar el estrés de la semana con unas cinco o seis cervezas
Polar, que se produce en el vecino y hermano país de Venezuela.
En dicha tienda, cuando alguien le decía «Oiga, Publio: ¿le puedo
hacer una pregunta de Derecho?», él respondía jocosamente con una de
las «frases de combate» que utiliza un abogado: «Claro. Pero toda
consulta genera honorarios».
Por razones propias de mi representación profesoral, y ante la
inminencia de una «próxima sesión» del Consejo Superior, más de una
vez fui a su despacho a solicitarle que me aclarara alguna duda del
campo del Derecho. En tales casos, tan pronto lo saludaba le decía
jocosamente:
«Doctor Quito: vengo a interrogarlo. Pero antes, le leo sus
derechos: Le asiste el derecho a guardar silencio. Si
renuncia a tal derecho, no podrá pasarme una cuenta de honorarios».
De esta intrascendencia me acordé hace dos semanas en un lugar
«de mucha altura» (el último piso del edificio Aulas Sur), al
comenzar a hojear y a ojear un ejemplar de Respuestas, la
revista que edita la Vicerrectoría de Investigación y Extensión.
¿Por qué?
Pues sobre todo porque, en la página primera, cuatro de los seis
integrantes del Comité Editorial, los cuatro integrantes del Comité
Científico y el editor de la revista aparecen registrados con el
título de postgrado Ph. D. Y en la página segunda,
catorce de los veintiocho «pares evaluadores año 2008» también
aparecen registrados con el título de postgrado Ph. D.
Y aunque los otros dos integrantes del Comité Editorial y los otros
catorce «pares evaluadores año 2008» aparecen registrados con el
título de postgrado M. Sc., sólo me referiré al título
de postgrado Ph. D.
Pero hago una pausa para reiterar lo que alguna vez consigné en un
escrito: que soy uno de los pocos (¿poquísimos, acaso?) profesores
más baratos de la Universidad Francisco de Paula Santander, como
quiera que esta Institución jamás ha invertido en mí ni siquiera lo
que cuesta un diplomado. ¿Y para qué iría ahora a costearme siquiera
un diplomado, si desde hace dieciséis meses, casi diecisiete, cumplo
con los requisitos de edad y tiempo de servicio para jubilarme
cuando quiera?
Por eso sólo tengo diploma de pregrado, y por eso me declaro
analfabeta en relación con la nomenclatura y el significado o la
esencia de los diplomas de postgrado. Pero, como ningún ser humano
es perfecto, se sobreentiende que no existe un perfecto idiota ni un
perfecto analfabeta, por ejemplo, por lo cual sería factible que un
analfabeta tuviese una idea primitiva, o demasiado primitiva, de lo
que, por ejemplo, es el alfabeto.
De modo que, por lo que entiendo (y si estoy más «herrado» que un
caballo, que me lo aclaren los que saben, sin que me facturen
honorarios), el grado Ph. D. lo otorgan las
universidades de las dos más importantes potencias del planeta:
Estados Unidos e Inglaterra.
Y también por lo que entiendo, el grado de doctor (a secas)
no es «anglosajón». Es más: por lo que entiendo, se asocia al tercer
mundo y no al primero; incluida España en el tercero, aunque
«peleche» en el primero.
La pregunta obvia es, entonces: ¿es lo mismo doctor que Ph.
D? Y la respuesta obvia es que depende del «escenario» (como
diría algún «postmodernista») en que se pongan.
En un «escenario» material, o en cuanto a lo que «San» o «Santa No
Sé Qué» denominó El vil estiércol del diablo, lo uno y lo
otro es lo mismo, como quiera que el decreto 1279 del 2002,
contentivo del régimen salarial y prestacional de los profesores
universitarios estatales, le asigna ochenta puntos de remuneración a
cualesquiera de los dos, lo cual en plata de hoy representa unos
setecientos mil pesos que se adicionan vitaliciamente al salario de
quien detente el título de Ph. D. o el de doctor.
Pero, en cuanto a la semántica académica, valga preguntar: si son lo
mismo doctor y Ph. D., ¿por qué se escriben
diferentes?
Ahora bien: de las nueve personas registradas con el título de
postgrado Ph. D. en la página primera de Respuestas
(edición de diciembre del recién pasado año, aunque me la
obsequiaron a mediados de junio de este año), cinco me son
desconocidas y, de las catorce registradas con dicho título en la
pagina segunda, trece me son desconocidas. Podría ocurrir que
«distingo» a unas cuantas de ellas, pero que no asocio los nombres a
los rostros.
En todo caso, de las nueve personas registradas en la página primera
con el título de postgrado Ph. D., me consta que el
título de una de ellas sí es el Ph. D., pues lo obtuvo
en Norteamérica. Y es, por cierto, la única mujer, asumiendo que
«Wencel» (registrado cuatro renglones más abajo) es nombre de varón.
Y también «en todo caso», de las demás personas que conozco y que
aparecen registradas con el título de postgrado Ph. D.,
sé que su título es doctor, como quiera que lo obtuvieron en
Colombia, o México o España.
Pero vuelvo a la pregunta de cuatro párrafos atrás: si son lo mismo
doctor y Ph. D., ¿por qué se escriben
diferentes?
Si se supone que la Academia demanda rigor semántico y científico, y
si Respuestas es una revista con estatus de académica o
científica, ¿por qué le son indistintos doctor y Ph.
D? ¿No evidencia ello falta de rigor… semántico, al menos?
Claro que, de pronto, debí comenzar con la pregunta: ¿qué significan
doctor y Ph. D? Pues, si se escriben diferentes
y tienen orígenes distintos, el sentido común sugeriría que debe
haber alguna diferencia entre los dos, independiente de si dicha
diferencia es ni más ni menos que cachet. O Distancia y
categoría, como a lo mejor podría decir el veteranísimo
Carbuco, dado que, por lo que entiendo, Ph. D. lo
asocian al primer mundo mientras doctor lo asocian al
tercero.
Cualquiera sea la explicación, deberían proporcionármela los colegas
que tienen grado de Ph. D. o los que lo tienen de
doctor, sin que me facturen honorarios. A fin y al cabo, si no
recuerdo mal las clases de catecismo en mi primer año de primaria,
una de las llamadas «obras de misericordia», de la entonces
autodenominada «santa madre iglesia católica, apostólica y romana»,
ordena enseñarle al ignorante.
Y hablando de ignorantes, como yo (que no tiene claros la
nomenclatura ni el significados de los diploma de postgrado), hay un
refrán que advierte que La ignorancia es atrevida. Y puesto
que «la jalta de inorancia» (como decía Emeterio, el
tolimense) es atrevida, exteriorizaré mi aventurada percepción en
cuanto a por qué Respuestas suplanta doctor por Ph.
D.
Como, por lo que entiendo, Ph. D. lo asocian al primer
mundo mientras doctor lo asocian al tercero, percibo en tal
suplantación un «agüevamiento». Un complejo de inferioridad
tercermundista.
Si ello fuere así, deberían los «damnificados» por tal suplantación
exigir la restitución literal, en la revista, de su título más alto
de postgrado. ¿A quién? Pues al gracioso, sea el rector o algún
vicerrector, que ordenó o promovió la suplantación de doctor
por Ph. D. A fin y al cabo, si Respuestas es
una revista con estatus de académica o científica, está obligada al
rigor semántico y científico.
Y si tal suplantación obedece a un complejo de inferioridad
tercermundista, entonces cabe preguntar: ¿por qué las directivas de
esta Institución envían a los colegas profesores al tercer mundo a
postgraduarse, en vez de enviarlos a Estados Unidos o a Inglaterra?
Y por cierto: si se habla del primer mundo y del tercero, ¿cuáles
países conforman el segundo? Y si se habla de la «tercera edad» del
ser humano, ¿cuál es la segunda?
Quienquiera que conozca las respuestas de todas las preguntas que
aquí se han planteado, debería proporcionármelas. Desde luego, sin
que me pase una cuenta de honorarios.
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Hace tres días (el recién pasado sábado), el Consejo Superior
fue consecuente con la voluntad mayoritaria de los estamentos
académicos, expresada en las urnas el viernes 5 y el sábado 6
de este mes que hoy se acaba.
En consecuencia, designó al ingeniero de sistemas HÉCTOR
PARRA como rector de la Universidad Francisco de Paula
Santander para el trienio 2009-2012; y al también ingeniero
de sistemas NELSON BELTRÁN como decano de la
Facultad de Ingeniería, también para el trienio 2009-2012.
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N O T A S
:
u
Cualquier nota que no tenga explícitamente autor, debe ser
atribuida
exclusivamente al director de
Occidente Universitario.
v
Por limitaciones pecuniarias, las ediciones «en papel» de
Occidente Universitario, que se difunden completamente
gratis, es
de 45 ejemplares.
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La edición Nº 105 de
Occidente Universitario saldrá
(probablemente) el viernes 24 de julio del 2009.
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